Maria Emma Mannarelli

Maria Emma Mannarelli

Por las ramas
Historiadora. Dra. por la Columbia University. Prof. UNMSM y universidades del exterior. Jefa de la Biblioteca Nacional del Perú 2018-2019. Entre otras publicaciones: La domesticación de las mujeres. Género y patriarcado en la historia del Perú (2018). Entre las becas obtenidas: Fulbright, John Simon Guggenheim Foundation, Edward Laroque Tinker.

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Uniones des/concertadas

“El matrimonio arreglado fue piedra de toque en el Perú colonial y continuó así a lo largo de la república”.

En lo que llevamos los humanos en este planeta, hasta hace muy poco, las uniones conyugales han respondido a intereses familiares, a conveniencias políticas, a pactos de clase. La necesidad de una prole que herede, que trabaje y sustente, que cuide ha preferido la pareja heterosexual. Y esto no solo en los interregnos de paz de los que también está hecha la historia.

En lo álgido de la belicosidad masculina, un recurso decisivo fue el “tráfico de mujeres”. Las feministas preferimos llamarlo así desde que Gayle Rubin, en 1975, escribiera al respecto, tomando distancia de Lévi-Strauss, que usó el término “intercambio”. Los 168 servidores de la monarquía católica que en 1532 esperaron en Cajamarca a Atawalpa y lo capturaron eran tributarios de una cultura guerrera donde héroes como el Cid Campeador cedían a sus hijas –Elvira y Sol– a los infantes de Carrión; y donde el código de honor que orientaba sus vidas incluía el rapto de mujeres –tales servidores traían varias con ellos, moriscas, indígenas– que servían de amantes y criadas a la vez; eran botín de guerra.

El inca también disponía de mujeres, las necesitaba para un matizado rango de estrategias, y seguro el Cusco había hecho uso de ellas en su expansión sobre los suyos. Estas, acllas y parientes, si bien gozaban de prestigio, estaban sujetas al sino expansivo del Tawantinsuyo. A Atawalpa lo acompaña un buen número en su primer encuentro con las huestes españolas, y él escoge a las mejores para regalárselas a los guerreros ibéricos; busca demostrar su superioridad y sellar un acuerdo de paz; se sumarían al clan de parientes. Los cristianos aceptan el don, pero no dan muestras de reciprocidad. La negociación no funcionó, sabemos. Años más tarde, el flamante marqués garantizaba la lealtad de sus subordinados entregándoles a sus sucesivas concubinas –Quispe Sisa (que había recibido de las manos del inca), bautizada Inés Huaylas y Angelina Yupanqui–, que parieron a su descendencia mestiza. El matrimonio arreglado fue piedra de toque en el Perú colonial y continuó así a lo largo de la república.

Vanguardistas como Mercedes Cabello, Teresa González y María Jesús Alvarado a fines del XIX y principios del XX atribuyeron al matrimonio por conveniencia la zozobra de la república, su corrupción y el deterioro vital de las mujeres. La educación femenina, nuestra fuente de autonomía, según ellas, pondría fin a esta viciada columna de la nación. Hacia 1980 una adolescente huye de su pueblo, San Pedro de Lircay (Puquio); la acompaña una hermana menor que tampoco quiere un destino como el de la hermana mayor, cuya entrega a un hombre, nunca antes visto y mucho mayor que ella, acababa de pactar su padre. De estas historias se compone también el éxodo rural del Perú, aunque nadie repare en ellas; será una de las razones por las que nos cuesta entendernos.