Irma Del Águila

Irma Del Águila

Por ahí
Socióloga y narradora. Exdirectora académica del programa “Pueblos Indígenas y Globalización” del SIT. Observadora de derechos humanos por la OEA-ONU en Haití. Observadora electoral por la OEA en Haití, veedora del Plebiscito por la Paz en Colombia. III Premio de Novela Breve de la Cámara Peruana del Libro por “El hombre que hablaba del cielo”.

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Un 11 de septiembre, nuestro 11 de septiembre

“Ayer, 11 de setiembre, murió Abimael Guzmán, otro profeta integrista; desde enunciados de un marxismo estancado en la Guerra Fría, quiso cosechar imponiendo a la sociedad un discurso de intolerancia radical, haciendo del asesinato del disidente su lenguaje “político”. Nunca más”.

Minutos antes de las 9 a.m. del 11 de setiembre, una llamada de mi madre en Lima me informaba que un avión se había estrellado contra una de las torres. En una salita de la International House –residencia de estudiantes, a más de cien cuadras del World Trade Center–, el noticiero reproducía las imágenes impactantes del avión de American Airlines que embestía la fachada de la Torre Norte. A las 9h03, el segundo avión se estrellaba contra la Torre Sur, asentando la convicción de un ataque terrorista.

La isla de Manhattan quedó incomunicada, los teléfonos muertos y también el internet que funcionaba con el cable de teléfono. La estación Cortlandt Street del metro, ubicada debajo del World Trade Center, había colapsado con el peso del desastre, la línea 1 que recorría la isla de norte a sur cerró temporalmente. Las clases en la Universidad de Nueva York, que tiene su campus en el Village, se suspendieron. Al hospital St. Vincent, sobre la calle 11 Oeste, llegaban las víctimas evacuadas de la zona del desastre.

En los días que siguieron, esa calle se mantuvo empapelada con fotos y mensajes que pedían información de familiares desaparecidos en las torres. Saturaban el muro, los postes y buzones aledaños. Semanas después, las fotos y ruegos de auxilio seguían ahí: ya no con la esperanza de encontrar al ser querido; antes bien, esas imágenes eran las cruces o ermitas que se colocan al borde de los caminos, en recuerdo de los muertos. Se cumplía con un ritual, velar a los ausentes.

El 11 de setiembre cambió la vida de miles de personas en Nueva York, y también en el mundo. Estados Unidos invadió Afganistán en octubre de ese año, a la caza de Osama bin Laden y los talibanes que se habían instalado en el poder en los años noventa. Una presencia militar que duró veinte años y concluye en estos días, dejando un país todavía más devastado. Medios de comunicación, redes, incluso la academia intentaron afincar las imágenes del “árabe” y “el musulmán” asociadas al integrismo y al terrorista barbudo.

Un tópico que emerge de tanto en tanto es discutir en Estados Unidos si el islam es una “religión del odio”. En 2014, Reza Aslan, sociólogo de las religiones, señaló en Fox y CNN que son los grupos humanos los que, en sus relaciones conflictivas, producen o acogen los discursos de odio en relación a un “otro” (extranjero, mujer, homosexual, etc.). En consecuencia, no había “religiones del odio”, sino grupos que odiaban. El cristianismo de la Edad Media o el judaísmo de los tiempos de Jesús produjeron los más excelsos y los más bastos discursos religiosos; los había ecuménicos y también zelotas.

Un mes después del ataque terrorista, bajé a la Zona Cero. El humo persistía sobre los escombros, las cenizas; los rastros del odio y el conflicto quedaron penosamente instalados, en Nueva York y en Afganistán, hasta los cimientos.

Ayer, 11 de setiembre, murió Abimael Guzmán, otro profeta integrista; desde enunciados de un marxismo estancado en la Guerra Fría, quiso cosechar imponiendo a la sociedad un discurso de intolerancia radical, haciendo del asesinato del disidente su lenguaje “político”. Nunca más.