Columnista invitado

Columnista invitado

La República

Más columnas

Columnista invitado

Educación: terrorismo y reforma magisterial21 Set 2021 | 7:23 h

Columnista invitado

Los verdaderos “….dignos”17 Set 2021 | 0:18 h

Columnista invitado

Ante la muerte de Abimael Guzmán13 Set 2021 | 14:01 h

La polarización socava la democracia

“La política es una actividad desarrollada por ciudadanos que se reúnen para deliberar y para contrastar argumentos con el objetivo de tomar medidas que sean compatibles con el bien común”.

Por: Gonzalo Gamio Gehri, docente de Filosofía en la UARM y PUCP

Los actores de nuestra escena política han creado un clima de polarización que no solo debilita severamente al Gobierno y a los partidos, sino que perjudica a todos los peruanos. Nuestra legítima aspiración a la libertad, el bienestar y a la tranquilidad –convulsionada ya por la crisis sanitaria y económica– se ve seriamente lesionada por la irresponsabilidad de una “clase política” que no tiene mejor idea que desatar un enfrentamiento entre el poder Ejecutivo y el Legislativo.

Se ha puesto en práctica una estrategia de colisión. Uno de los bandos considera que el Gobierno ha conformado –salvo notables excepciones– un “gabinete de choque” preparado para obligar al adversario a denegar el voto de confianza y así propiciar el cierre del Congreso. El otro afirma que la oposición pretende que el Ejecutivo acepte sus condiciones ante la amenaza de una vacancia presidencial. No ha pasado siquiera veinte días del cambio de mando, y tanto el Gobierno como sus adversarios están advirtiendo que no les temblará la mano para hacer uso de mecanismos como esos, a sabiendas de que con esa actitud se está socavando la democracia.

Es preciso señalar que lo que nuestros “políticos de oficio” están haciendo no es política en sentido estricto. La política es una actividad desarrollada por ciudadanos que se reúnen para deliberar y para contrastar argumentos con el objetivo de tomar medidas que sean compatibles con el bien común. Es también un espacio para la contraposición de programas de acción e ideas sobre el desarrollo de nuestras vidas e instituciones, pero no se la puede confundir con la mera colisión de intereses de facción que pugnan por hacerse con el poder. Resulta lamentable constatar que muchos políticos de uno y otro lado nos hacen saber que detrás de sus acciones existiría un genuino “trasfondo ideológico”, pero hacen gala de un profundo desconocimiento de las ideas políticas que dicen defender. Es decir, juegan a la “guerra fría” sin manejar las categorías que invocan en el discurso público.

Tras dos décadas de vida democrática, los ciudadanos estamos convencidos de que la validez de ciertos principios, valores comunitarios y herramientas sociales tendría que ser materia de un consenso público que trascienda el ideario de cada partido político. El Estado de derecho, las libertades individuales, la vigencia de los derechos humanos, una economía social de mercado y el pluralismo son más que elementos de una teoría política; son el horizonte ético sobre el que se erige la democracia como sistema político y como forma de vida.

La preservación de estas dimensiones de la vida pública no es negociable. No es difícil darse cuenta de que el proceso electoral puso de manifiesto que los peruanos queremos un cambio que no altere las condiciones del régimen democrático. Sorprende que nuestros políticos no tengan la lucidez y el sentido común que les permita interpretar de manera realista y juiciosa el desenlace de la segunda vuelta. Votamos por fortalecer un proceso democrático, no para alentar un “proceso revolucionario”. Asimismo, elegimos autoridades para gobernar por un período de cinco años, no para que sean destituidas al mes de asumir sus cargos. Exigimos a nuestros representantes hacer política, no brindarnos el triste espectáculo de esta lucha de intereses partidarios que solo mina las bases de nuestra democracia. No olvidemos que se firmó una proclama ciudadana. Los ciudadanos no estamos dispuestos a perder nuestra libertad: nos costó mucho recuperar el Estado de derecho constitucional. Si nuestros derechos vuelven a ponerse en peligro ante un proyecto autoritario –sea de izquierda o de derecha–, no dudaremos en movilizarnos nuevamente en defensa de la legalidad.