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¿Cínico yo?

“No preguntó nunca sobre las andanzas por el continente de Odebrecht, empresa sobornadora en masa, de la cual él era su principal promotor, además del elegido para dar conferencias”.

Por Danilo Arbilla

Lula da Silva acaba de censurar al régimen de Daniel Ortega. No con el entusiasmo con que condenó hace unos días al “bloqueo” para justificar la represión en Cuba, pero algo es algo. Le aconsejó al dictador nicaragüense que no “abandone la democracia y la libertad de expresión”.

Dijo que hace diez años que no tiene contactos con Nicaragua: “No sé muy bien lo que está sucediendo, pero tengo informaciones de que las cosas no están nada bien ahí”.

Cómo, ¿no leyó los diarios en tantos años? ¿No se enteró de los 328 muertos de abril de 1918, de los cientos de detenidos y exiliados y de que lleva encarcelado a 32 opositores, entre ellos 7 candidatos presidenciales para las elecciones del 7 de noviembre, las que Ortega se apresta a “ganar”, dada su efectiva “campaña” electoral?

Lo de Lula se entiende, es algo distraído. Recordemos que pegado a su despacho en Planalto estaba el de José Dirceu, su jefe de gabinete, amigo personal, mano derecha, fundador del PT. De entrada nomás una serie de diputados de la oposición empezaron a apoyarlo. La razón: fueron comprados por Dirceu; lo que se conoció como “el mensalao”. A Lula el hecho nunca le llamó la atención, aparentemente. No le despertó la curiosidad. Podría haber golpeado a la puerta de al lado y preguntar:

-Che Dirceu, viste lo de los diputados estos, qué bicho les picó.

-No te preocupes, les di una gran mesada. Los compré con dinero de unas coimas por licitaciones.

Dirceu fue preso. Lula ausente. Cuando dejó la presidencia pasó a vivir en dúplex de lujo que no era de él, ni se sabía de quién era, pero él se instaló. Un okupa de luxe. Tampoco tuvo curiosidad. Sencillamente un milagro. Vivía sin escarbar mucho.

Idéntica distracción tuvo con respecto a una casa de campo, de la que tenía pleno uso y abuso. No preguntó nunca sobre las andanzas por el continente de Odebrecht, empresa sobornadora en masa, de la cual él era su principal promotor, además del elegido para dar conferencias muy bien pagadas.

Hace unas semanas unos 150 intelectuales y dirigentes de “izquierda y progresistas” de todos lados - entre ellos el uruguayo José “Pepe” Mujica- censuraron a Ortega, el que, afirmaron, “se ha transformado en un presidente autócrata y autoritario aliado, hasta hace poco, a las grandes fortunas (...) y capaz de reprimir sin piedad a su pueblo”. Fueron más concretos que Lula. Los firmantes sostienen que Ortega y sus seguidores “fueron transitando un largo proceso de deterioro que registra episodios de corrupción, abandono de principios, enriquecimiento ilícito, maniobras y acomodos junto con la peor derecha destinados a amasar fortunas y a perpetuarse en el poder”. Recuerdan allí el “enorme enriquecimiento (de Ortega) a partir de 1990…” y sus pactos electorales “con el empresario y dirigente derechista Arnoldo Alemán (...) para conquistar la presidencia y obtener la reelección presidencial, que ahora se transformó en indefinida”.

Podrían enviarle a Lula esa información.

Los firmantes por lo menos hacen una autocrítica y señalan que, tras la represión y los hechos de abril del 2018, “una parte de quienes militamos por la democracia, los derechos humanos, el progresismo y/o la izquierda nos solidarizamos con las víctimas y exigimos al Gobierno nicaragüense que cesara la represión; otra prefirió dar por buena la ‘explicación’ orteguista que atribuía todo a una desestabilización golpista orquestada por Estados Unidos y se plantó en un cómodo ‘antiimperialismo’; otro sector directamente no le prestó atención y actuó como si no pasara nada”. Confiesan en el propio documento que “no es digno ni decente defenderlos (a dictadores y a quienes violan los DD. HH.) cuando, por ‘razones políticas’, nos conviene y callar cuando no”.

¿En cuál categoría ubicarían a Lula da Silva?