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No hay que jugar con la tormenta

“La reforma constitucional puede volverse un gran enredo si se vuelve la obsesión constitucional, un monotema que deberá resolver todos los males del Perú”.

Por: Julio Schiappa

La conformación del primer gabinete, las primeras medidas políticas y económicas del nuevo gobierno, y la ruta para tener una nueva Constitución son los temas que debe comunicar al país el presidente entre hoy y el 28 de julio. Varios sudan frío y otros se sienten entusiasmados porque la tortilla puede volverse. Aquí un memo con respetuosas sugerencias.

Un nuevo gabinete es como la ropa bonita que se ponen los novios para casarse, debe mostrar la mejor cara de un gobierno entrante.

Como es lógico, cambiar el elenco neoconservador del Estado peruano está resultando difícil para el nuevo presidente y su partido. Se trata de poner un chip nuevo en el CPU de cada integrante de la burocracia, en cada ministro y director de línea, en la inmensa maquinaria de un Estado sumido en una crisis muy profunda.

“No robes a los ciudadanos y al Estado, no mientas con la información que brindas, no seas vago, sirve a la gente que te paga el sueldo con sus impuestos”, resumen los famosos preceptos de los incas que habría que imponer para iniciar el cambio. Parece muy simplón, pero se trata de iniciar una suerte de revolución cultural que cambie los principios con los cuales la burocracia actúa en la gestión pública.

Esto empieza con la selección del primer gabinete ministerial del gobierno de Pedro Castillo que debe reflejar honestidad y servicio al público, así como capacidad en la gestión del Estado con las herramientas de las más avanzadas tecnologías y métodos del buen gobierno.

La reforma constitucional puede volverse un gran enredo si se vuelve la obsesión constitucional, un monotema que deberá resolver todos los males del Perú. Cuando una herramienta de cambio se vuelve un dogma, las revoluciones se paran o son dominadas por el burocratismo. Por eso, es lógico que el cronograma del proceso constituyente permita tres cosas: que el pueblo asuma los cambios, que se debatan los contenidos de manera extensiva y que haya un consenso democrático de base.

Una herramienta de cambio, eso es una Asamblea o Convención Constituyente, debe buscar convencer y ganar mayoría. No puede convertirse en un factor de división porque su objetivo es llegar a un nuevo pacto social. Eso deben tenerlo muy claro el presidente y sus aliados. Nada de saltos de garrocha que debiliten al gobierno y empeoren la crisis.

Si algo han aprendido las izquierdas en todo el mundo es que “no importa el color del gato con tal de que coma ratones”, no importan las diferencias culturales y políticas para hacer funcionar la economía y las buenas relaciones de negocio. Y si uno quiere mejorar la vida de la gente “no hay que jugar con la tormenta”, hay que respetar el buen orden de la macroeconomía. Solo con un sano progreso económico es posible mejorar las condiciones sociales y hacerle justicia a los olvidados. Estos sanos criterios del líder Teng Siao Ping hicieron triunfar a China, frente a los desmadres económicos de Mao Tse Tung, y los socialismos sin buena contabilidad. Jugar con la tormenta es una ruta segura al fracaso, jueguen con las lecciones que dejan los éxitos de la historia.

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