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Entre males menores y saltos de fe

Solo me queda claro que, sin cambios en el modelo económico, sin decencia de los grupos de poder y sin un Estado empoderado y sancionador, seguiremos siendo un país inviable, gane quien gane.

Pedro A. Castro Balmaceda.

No pienso votar por Keiko. Lo he pensado, meditado, lo he intentado, pero no puedo. He querido votar por ella, escucharla, verla, creerle y poder convencerme de que es el “mal menor”, pero no he podido. Su pasado la condena, y no hablo de los delitos del padre sino de los hechos, obstrucciones, copamiento y vendettas que nacieron en ese Congreso mayoritario que vacó el vacado M. Vizcarra.

Las primeras dudas que me asaltan son ¿cómo podría Keiko luchar contra la concertación de precios, contra los monopolios y contra los abusos de los grupos de poder, si ella misma recibió aportes económicos de esos grupos? ¿Cómo podría luchar contra la corrupción si tiene una acusación fiscal por los presuntos delitos de crimen organizado, lavado de activos, obstrucción a la justicia y falsa declaración en procedimiento administrativo? Y, por último, ¿Qué pasaría con los fiscales que han investigado su caso, con el juez que le dio prisión preventiva o con el acuerdo de Colaboración Eficaz entre Odebrecht y la Fiscalía peruana? Les pregunto: qué muestras ha dado la Sra. K de que respetará la democracia, de que no intentará obstruir las investigaciones que existen contra ella, de que no terminará copando los estamentos del Estado como lo hizo Fuerza Popular en el Congreso pasado. Ha dado alguna señal o es que nos están pidiendo un cheque en blanco, azuzado por el miedo al comunismo y chavismo que representaría Cerrón y compañía.

No pienso votar por Castillo. Lo vengo pensando por semanas, algunas veces la campaña poco sensata del “¿Khe me Keda?” y los paneles anticomunistas que inundan Lima me convencen de votar por él. Otras, los casos cercanos del chavismo abusivo y la migración venezolana padeciendo en cada semáforo me llenan de miedos, dudas y temores. Ni el acuerdo firmado con Verónika Mendoza, ni el supuesto alejamiento de Vladimir Cerrón, me dan la seguridad que Castillo no pueda patear el tablero una vez juramentado como presidente. Su voto, por mi parte, sería un salto de fe; y la fe la perdí hace lustros.

Entonces, a la derecha tenemos a Keiko Fujimori y su collera defensora del “Modelo Económico” que se cae a pedazos y que la pandemia desnudó sin piedad. Por el otro lado, a la izquierda, tenemos a Pedro Castillo que siembra dudas en cada debate, en cada entrevista y que su dependencia política hacia un comunista -puro y duro- como Cerrón es su mayor debilidad y menor credibilidad. Y en el medio de los dos, tenemos un Perú sin vacunas, sin oxígeno, sin trabajo, sin dinero, que busca cambios a gritos, que exige que seamos un país de verdad, que los empresarios no se enriquezcan en situaciones de desastre empobreciendo a los más necesitados, que el famoso “goteo económico” llegue a todos y no a unos pocos.

Solo me queda claro que, sin cambios en el modelo económico, sin decencia de los grupos de poder y sin un Estado empoderado y sancionador, seguiremos siendo un país inviable, gane quien gane.