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El interminable Estado ausente

Por culpa de esos complejos de superioridad y esas frustraciones de lo que pudo ser, pero no fue, es que estamos destruyendo un país que apenas cumple 200 años.

Pedro A. Castro Balmaceda.

Cuentan los libros de historia que hace 200 años, un pueblo oprimido, esclavizado, abusado y ninguneado apoyó una gesta de independencia, la cual muchos de sus mismos compatriotas, pero de clases acomodadas y cercanos al poder de turno, decidieron no apoyar. Dos siglos después, seguimos enfrascados en brechas sociales irreconciliables, envueltos en un clasismo y racismo que va dejando traumas y heridas abiertas que intentamos olvidar mirando de soslayo para pensar que no existen. Ese es el Perú del bicentenario.

Pedro Castillo, candidato presidencial del partido “Perú Libre”, acaba de ganar en 16 regiones con porcentajes que superan el 30% en cada una de ellas. El fondo no es preguntarnos porqué alguien con un discurso tan radical ha podido arrasar en votos en muchas regiones del país, la pregunta sería qué han tenido que soportar estos compatriotas para optar por una propuesta que busca romper el establishment que nos gobierna hace décadas. No niego que era un escenario previsible a largo plazo, pero la pandemia aceleró su llegada.

Sin embargo, he tenido el infortunio de leer a muchos conocidos, amigos y familiares burlándose de las raíces serranas del candidato, burlándose de su dejo o su forma de vestir, frases irreproducibles sobre que “una persona de ese tipo” no puede ser presidente del Perú. Y no se refieren a sus estudios o su nivel intelectual o cultural, se refieren -lamentablemente- a sus raíces provincianas y sus rasgos físicos. Los leo, los escucho y no respondo, tal vez por hartazgo o tal vez por la sospecha que no entenderán una postura conciliadora, pero siento por dentro una profunda decepción y desesperanza de una sociedad completamente polarizada y segmentada entre buenos y malos, entre ignorantes y sabios, entre ricos y pobres.

Siempre he creído que las ideas se combaten con argumentos. Y es cierto, nadie estaba preparado para este escenario tan complicado en segunda vuelta electoral, pero si vamos a seguir mirándonos el ombligo, creyéndonos el centro del universo y los dueños de la verdad; si vamos a seguir intentando ganar elecciones en base a insultos y difamaciones, tengan por seguro que estamos perdidos, como país, como sociedad, como estructura social. Discutamos, sí, pero doctrinas, no memes.

Desde esta imperceptible columna los invito a que cada vez que lean o escuchen a alguien insultar por sus rasgos físicos a una persona, decidan aclararle enérgica pero amablemente que su actitud está errada, que por culpa de esos complejos de superioridad y esas frustraciones de lo que pudo ser, pero no fue, es que estamos destruyendo un país que apenas cumple 200 años, pero padece de un largo complejo de sociedad feudalista; que se empecina en llamar “peruano ignorante” al “peruano ignorado” durante décadas por un Estado interminablemente ausente.