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Política de barra brava

Lo que es una locura, es que cada cinco años empecemos una batalla entre peruanos para defender o justificar a políticos que desconocen o poco les interesa nuestra existencia.

Pedro A. Castro Balmaceda.

La época electoral siempre se ha caracterizado por sacar a flote lo peor de algunas personas, las conocemos, hemos conversado con ellas en algún momento, nos parecen buenos tipos, normales, comunes y corrientes. De pronto, como si se tratará de posesiones demoniacas, se transforman en fábricas de “fake news”, en megáfonos humanos de noticias falaces cargadas de odio, resentimiento, temores, complejos y prejuicios.

Sin razón alguna pasan a formar parte de un ejército “ad honoren” de troles cibernéticos que comparten todo tipo de información degradante y difamatoria, solo teniendo como argumento un meme, una foto trucada o una idea distorsionada de la realidad.

Sin embargo, esta campaña electoral ha incluido un grupo, que hasta las elecciones generales del 2016 se mantenían, llamémoslo de alguna forma, solapadamente sin mostrar el fustán. Hoy, uno de los candidatos, conocido por su vocabulario procaz y sus sacramentos diarios, ha convertido a esos profesionales respetados y líderes de opinión en simples fanáticos de barra brava, que no se sonrojan en compartir noticias falsas o difamar en redes, con tal de ganar discusiones absurdas o justificar faltas injustificables de un candidato con tratamiento de beato.

Por otro lado, es misérrimo que muchos se hayan acostumbrado a “terruquear” a todo pensamiento que escapa de su esquema mental, a todo lo contrario a sus opiniones o todo lo que para ellos se muestre ajeno a su entendimiento. El Perú sufrió durante décadas el azote del terrorismo, muchos compatriotas murieron salvajemente en manos de esta locura asesina. No hablo de ideologías políticas, mucho menos de colores, hablo de personas, de peruanos que terminaron muertos o mutilados por estos grupos extremistas; nadie debería pronunciar la palabra “terrorista” sin conocer todo el dolor que hay detrás de esas cuatro sílabas.

Es comprensible que las elecciones polaricen y fomenten discusiones, todo ejercicio democrático necesita un esfuerzo para sobrellevarlo. Lo que es una locura, es que cada cinco años empecemos una batalla entre peruanos para defender o justificar a políticos que desconocen o poco les interesa nuestra existencia. La mayoría de los partidos políticos, en las pasadas elecciones, nos demostraron que operan como simples intermediarios entre los grupos de poder y la población; sirviendo a intereses subalternos y legislando a favor de sus mecenas.

Y de pronto llega un candidato que te promete acabar con la corrupción, que te asegura que expulsará a las empresas corruptas, que las multará y expropiará sus activos, y todo eso el mismo día que juramente. Entonces la gente, que está cansada de más de 40 años de lo mismo, le cree el cuento y lo convierte en el nuevo “candidato de lujo”, el que le pondrá un pare a toda la miasma que nos engulle; sin tomar en cuenta que las elecciones se han convertido en una función de teatro donde se le hace creer al pueblo que ellos son los que deciden el destino del Perú, cuando lo único que cambiamos es al títere y no al titiritero.