César Azabache

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Ustedes no nos representan

Las agresiones del negacionismo se registran como lo que son, ataques que han sido repetidos, pero no serán replicados por un colectivo que encuentra su propio sentido en ser encuentro.

Los bicentenario. Un colectivo que no delimita su existencia por proclamas de panfleto reivindica sin embargo la muerte de dos manifestantes desarmados, Inti y Bryan, usando grafitis, murales y altares. Estos homenajes no se organizan sobre un texto que busque hegemonía, sino sobre el rostro de las víctimas a las que se recuerda, por las que se demanda justicia. Se organiza en el ejercicio de un duelo compartido que permite sentir la ausencia de los que fueron arrancados violentamente de la calle. La expresión urbana convierte el duelo en un proceso vivo, fundacional. Dos ausencias que confrontan la inhabilidad del Gobierno, que se constituyó sobre el peso de esas ausencias, para hacer algo tan sencillo como reconocer la evidente responsabilidad del Estado en ambas muertes y reparar a quienes recibieron disparos, sin someterles a lo que representa esperar debates judiciales que aún resultan lejanos en el tiempo. Dos ausencias que nos impiden olvidar que tuvimos delante un plan autoritario que fue tan absurdo como puede ser absurdo intentar ponerse de pie tirándose desde el suelo por los cabellos.

Los grafitis, los murales y al menos uno de los altares han sido atacados más de una vez. La provocación intenta, sin éxito, producir una resaca, una respuesta violenta que de alguna manera iguale al colectivo agredido con el colectivo agresor. La violencia perfecta necesita siempre igualar a quien elige como víctima, retarle hasta convertirle en bestia. No admite que la víctima se mantenga al margen de la agresión que le impone. Pero quienes salieron a las calles en noviembre no se han impregnado de esa violencia que por además les resulta ajena. No han salido a cazar retaliaciones. Los movilizados de noviembre restauraron los altares, volvieron a pintar los murales, han vuelto al grafiti y a las calles a demandar justicia para los caídos y para quienes fueron heridos o heridas en las manifestaciones.

El lenguaje más bien actual que verbal que explotó en noviembre no ha generado un “anti” que confirme y alimente el mensaje ensayado a gritos por los agresores. No le ha concedido espacio para ensamblar una perversa danza binaria de legitimaciones mutuamente agresivas. La narrativa de quienes se movilizaron en noviembre ha ignorado el mensaje del atacante y se ha alojado en la reconstitución de su recuerdo fundacional; la épica de la protesta. El recuerdo se mantiene aquí intacto en su función de ser recuerdo. Las agresiones del negacionismo se registran como lo que son, ataques que han sido repetidos, pero no serán replicados por un colectivo que encuentra su propio sentido en ser encuentro.

No deja de llamar mi atención que una sociedad que ha renunciado o ha olvidado cómo ser verbal, como usar el lenguaje como espacio de encuentro, se tope de pronto con un impulso colectivo que muestra tal vocación de ser en el gesto. Noviembre nos ha dejado una expresión de lo que representa decir “no” sin reclamar protagonismos personales.

El gesto convertido en expresión importa. Pero también importa notar que toda esa inteligencia emocional agregada debe enfrentarse ahora a un proceso electoral que ha sido escrito en otros códigos de referencia. No quiero faltar el respeto a nadie, pero en estas elecciones no tenemos ante nosotros una sola expresión política que corresponda a lo que hemos visto en noviembre. Desencaje casual sin duda. Y es que a veces los relojes no coinciden. Entonces el azar nos impone el desafío de elegir entre discursos que ahora resultan, en mucho, anacrónicos, alejados del tiempo presente.

¿Podrá alguna de las candidaturas ofrecer a los electores una opción que supere el reto expresado en la consigna que convocó las movilizaciones de noviembre?: “Ustedes no nos representan”.