Rafael Roncagliolo

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Soñar no cuesta nada

“Entre la monótona ensalada de candidatos, se puede distinguir a unos pocos que representan una indispensable renovación política y también generacional”.

Termina este 2020 tenebroso, último año de un lustro nefasto. Uno de los más lamentables trances de toda nuestra vida republicana. Construido por la misma derecha que, con diferentes rostros, ganó las elecciones presidenciales y legislativas del 2016: Kuczynski y Keiko.

Al cabo de este lapsus, uno no sabe si esperar el bicentenario con optimismo (nada puede ser peor) o con pesimismo (¿será posible evitar que tengamos más de lo mismo?).

Es inevitable proyectar este dilema y angustia a las próximas elecciones. Sin duda, la sobreabundancia de candidaturas insignificantes provoca pavor. El viejo sueño de la casa propia se trasladó al partido propio y se expresa ahora en la nimia ambición de inscribir en las tarjetas de visita, “Fulano de Tal, ex candidato a la Presidencia del Perú”. En mi larga vida, más de una vez he visto tarjetas así, aunque usted no lo crea.

Las cifras tragicómicas de las elecciones internas presentaron el diagnóstico, o mejor dicho la autopsia, de lo que son nuestros partidos. Lo que acaba de hacer el APRA, un suicidio que replica el de su último precario líder, dice más que cualquier análisis sociológico. Si uno se atiene a esta imagen, pues “¡que Dios nos proteja!”, como imploró Juan Carlos Hurtado Miller al propinarnos el primer paquetazo de Fujimori, en 1990.

Pero, al mismo tiempo, el año que termina nos regaló el testimonio de miles y miles de peruanos exigiendo democracia en las calles. Ha surgido una nueva generación, llamada del Bicentenario, que anuncia preocupación y compromiso democrático preñados de esperanzas.

Entre la monótona ensalada de candidatos, se puede distinguir a unos pocos que representan una indispensable renovación política y también generacional. Juntos podrían contribuir a limpiar el paisaje político peruano. Soñar no cuesta nada.

Por cierto, muy otra sería la situación si tuviéramos “una derecha inteligente y mesurada”, como ha demandado Gonzalo Zegarra; una izquierda con plena vocación de Estado más que de tribu, como la pensó Alfonso Barrantes; y un centro articulado y propositivo, que fuera algo más que “ni esto ni aquello”.

No es exactamente el caso. Pero existen, y es crucial reconocerlo, esfuerzos renovadores que deben destacarse. La bancada del Partido Morado ha demostrado una consecuencia y una coherencia poco frecuentes. Tiene un 12% de aceptación, lo que es bastante decir para un grupo parlamentario. Verónika Mendoza se esfuerza en elaborar iniciativas viables y abandonar rituales anacrónicos. A estas alturas, Guzmán o ella debían tener el 20 o 30% de intención de voto.

Habrá, además, probablemente, parlamentarios como Martín Vizcarra, Jorge Nieto, Patricia Arévalo, Alberto Otárola, los de Acción Popular, el Partido Nacionalista y otros, que, de ser electos, podrían actuar como resortes para afirmar la estabilidad en el Congreso y la salud del país. Y seguramente me olvido de (o ignoro) muchos nombres más.

Por último: el año termina sin certeza de vacunas. Peor aún con nuevas variantes del virus que parecen ser el presagio de una historia de nunca acabar. ¿Se acordarán hoy del Consejo Sudamericano de Salud, los gobernantes que decidieron, para demostrar docilidad, desahuciar a UNASUR? Si no lo hubieran hecho, tendríamos ahora cómo coordinar, sin irresponsables competencias, la política sudamericana de adquisición de vacunas; y, quizás, no estaríamos jugando al Gran Bonetón en un asunto de tanta gravedad.