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La China ha vuelto

“Vale la pena recordar estos datos para desvanecer nuestras conciencias (y subconscientes) racistas, la ilusión de la supremacía blanca y occidental”.

En 1967, cuando China parecía muy lejana, el entonces joven director italiano Marco Bellocchio estrenó su película “La Cina è vicina”. La vi, de paso por Roma, en ese mismo año.

El título no aludía a China como país, sino a la militancia maoísta de su personaje fílmico, Camilo, un joven exseminarista católico y aristócrata, que se vuelve maoísta. Por entonces, China apenas aparecía en el imaginario occidental por el extremismo radical que recorría el mundo. El mismo extremismo que se dio entre nosotros y que Abimael Guzmán asumió y proclamó sanguinario.

Hoy, China habita entre nosotros de una manera mucho más directa y menos partidaria. Es ya la primera economía del mundo y compite por la hegemonía global con los Estados Unidos. No en una Guerra Fría política e ideológica (como la que enfrentó a EE. UU. y la URSS), sino en una competencia comercial, económica y tecnológica.

No debería sorprendernos. China fue la primera economía del mundo hasta 1820. Años después, fue derrotada y devastada en las Guerras del Opio, por las grandes potencias imperiales: Gran Bretaña y Francia, con el apoyo de EE. UU. y Rusia.

Mucho tiempo antes, los inventos chinos habían servido al despegue europeo de los siglos XV y XVI: el papel, la imprenta, la tinta, la brújula, la pólvora. Los chinos fueron pioneros en la navegación de los océanos. Un autor británico, Gavin Menzies, ha sostenido que los chinos descubrieron América, en 1434, y pasaron la información al papa.

Así, en la emergencia actual de China hay un desplazamiento y regreso hacia el original predominio de las naciones no occidentales. Las proyecciones existentes anuncian que las primeras diez economías del mundo dentro de una década, en el 2030, serán (en este orden): China, India, Estados Unidos, Indonesia, Turquía, Brasil, Egipto, Rusia, Japón y Alemania. O sea, mínima presencia de Occidente y resurgimiento de las cunas de varias civilizaciones primigenias.

De hecho, Europa es, geográficamente, una península del Asia, como la India o Escandinavia. Basta ver el mapamundi. Su propio nombre mítico, Europa, es el de una princesa asiática, raptada, violada y trasladada a la isla de Creta por el dios Zeus.

La mitología grecorromana trae otras referencias al origen asiático de Europa: en la Eneida, el héroe Eneas huye de Troya, y sus descendientes, Rómulo y Remo, fundan Roma. El cristianismo, la religión del Occidente, es también de origen asiático. Hegel decía que Europa era “el centro y el fin de la historia”, pero la historia había comenzado en Asia. O, antes aún, en África, como hoy sabemos.

Vale la pena recordar estos datos para desvanecer nuestras conciencias (y subconscientes) racistas, la ilusión de la supremacía blanca y occidental. Y para entender que, contra Malthus y contra la política antinatalista de Fujimori, cada boca son dos manos. Por lo que hoy asistimos al auge de las naciones con más población y territorio. Quizás, en su momento veremos la pugna por la hegemonía entre China y la India.

En los años de la Guerra Fría se decía que los estadounidenses optimistas aprendían ruso, y los pesimistas, chino. Hoy quizás los optimistas opten por el hindi y los pesimistas sigan con la lengua de los mandarines.

Por último, no se crea que la preponderancia china acabará con los estragos de la dependencia. Como se creyó con el reemplazo de España por Gran Bretaña o a la llegada de los estadounidenses. Los trabajadores mineros peruanos ya son testigos y víctimas de empresas chinas que no son para nada mejores a sus antecesoras occidentales.

Los chinos también practican la prepotencia. Por eso, no cabe alinearse con ellos ni con ninguna otra potencia. Hoy, más que nunca, el no alineamiento es indispensable para subsistir como naciones.