Rafael Roncagliolo

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La sumisión del rebaño

“Las relaciones exteriores carentes de política se traducen en decisiones reactivas, concebidas en un mundo falsamente estático”.

¿Por qué algunos gobiernos latinoamericanos renuncian a su dignidad e intereses, y, por ejemplo, apoyan la candidatura de Mauricio Claver-Carone a la presidencia del BID?

Sin duda, hay varias respuestas. La primera es por el mero intercambio de favores personales. La prensa internacional asevera que, en este caso, se ha ofrecido la vicepresidencia del Banco a un brasileño, y otras altas posiciones a los ministros de economía de Ecuador y Jamaica.

Otra forma de compra de votos sería la efectuada con Colombia: se le otorga un millonario crédito y el Presidente Duque ejerce de jefe de la campaña electoral de Claver-Corona. En todos los países hay este tipo de ofertas, no de la misma cuantía por supuesto. Recurso eficaz, cuando todos están urgidos de créditos para recuperarse de los efectos del COVID-19.

Pero hay más: algunos gobiernos desertan de su condición de latinoamericanos porque se han encandilado, como el avestruz, con la gran ilusión del mundo unipolar imperecedero y el gran hermano inmortal. No se han percatado de que el COVID-19 ha acelerado un proceso que viene de bien atrás. Como decía, ya en 1973, un primer ministro japonés: “Los Estados Unidos ya no son el sol rodeado de planetas. Son un planeta entre los otros”. “Todo imperio perecerá”, había escrito, en 1981, Jean-Baptiste Duroselle.

Por último, puede decirse que hay países latinoamericanos que tienen relaciones exteriores, pero no Política Internacional. ¿Cuál es la diferencia entre ambos conceptos?

Las relaciones exteriores corresponden a un concepto y un espacio administrativos inevitables. Todo país tiene que conectarse con el resto del mundo, establecer acuerdos migratorios o comerciales, atender a los nacionales en el exterior, etc.

Política internacional, en cambio, significa fijar metas a largo, mediano y corto plazo. Y actuar en cumplimiento de ellas. Por ejemplo, si la meta es ser una potencia regional, entonces se privilegia la competencia con los vecinos. Pero si la meta prioriza defenderse e influir en los acontecimientos mundiales, entonces se requiere una acción concertada, de cooperación más que de competencia, con los vecinos.

Las relaciones exteriores carentes de política se traducen en decisiones reactivas, concebidas en un mundo falsamente estático. La Política Internacional inspira gestiones proactivas, proyectadas en un mundo dinámico. Para las primeras, el problema es cómo salimos de cada incidente concreto. Para la segunda, es cómo actuamos en esta coyuntura en función de lo que nos proponemos más allá de ella.

Para la primera todo se reduce a un cálculo de votos, para estar, como Fouché, siempre con la mayoría ocasional. La Política Internacional, en cambio, opera en base al planeamiento estratégico y a la evaluación de escenarios a futuro.

OTROSÍ DIGO: El silencio es otra manera de apoyar. “No actúa quien no arriesga”, decía Carlos García Bedoya. Por desgracia, el temor a arriesgar ha vuelto al Perú uno de los poquísimos países del mundo que no han firmado la Convención del Mar, y nos ha paralizado de modo injustificable frente al Acuerdo de Escazú.