Hernán Chaparro

Hernán Chaparro

La otra orilla
Profesor e investigador de la Universidad de Lima.

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¿A quién, cómo, dónde?

“Sectores de bajos recursos se han movido en espacios riesgosos por necesidad y por una cultura de sobrevivencia donde su percepción privilegia la economía frente a la salud”.

En estos meses se han publicado diversos artículos académicos vinculados al cambio de comportamiento en el contexto de la actual pandemia. Entre otros, los mismos plantean la necesidad de promover mensajes no solo informativos, sino que faciliten una empatía (afectiva, cultural) entre los comportamientos que se promueven y la situación que se afronta, que sean simples y que estén presentes de manera directa en los espacios donde la gente despliega sus rutinas.

Los hábitos, por definición, son automáticos, hay que romper el automatismo y situar (lo que se quiere cambiar) en los lugares donde es necesario que ese cambio se dé, no en abstracto. Si los mercados y el cobro en bancos son inevitables (al menos, hasta que no se implementen alternativas), tenemos que dar recomendaciones específicas de qué hacer ahí, con comunicación en esos puntos de aglomeración. Además, los estudios muestran que hay que tomar en cuenta que estos mensajes, por más directos, simples y vinculados a la situación que estén, serán mediados por diversas variables psicológicas (sesgos, heurísticos, etc.) y que su efecto también será moderado por las alternativas de acción existentes y las condiciones estructurales (desigualdad socioeconómica, estructura laboral, etc.). Acá quiero destacar el carácter mediador de la percepción de riesgo y su interacción con la estructura socioeconómica y laboral del país. La percepción de riesgo es una variable psicosocial que la literatura sobre comportamiento en situaciones de crisis estudia. En nuestro caso, hay que entenderla como parte de una cultura de sobrevivencia que determinados sectores han tenido que desarrollar para afrontar la escasez de recursos y la ausencia de Estado. Puestos a escoger entre el riesgo por la salud y el económico, no es primera vez que la población de menos recursos opta por darle prioridad a lo segundo.

En la encuesta de abril del IEP, si bien el 80% o más tiene miedo de que la misma persona o alguien de su familia se contagie, cuando se plantea de manera dicotómica “si tiene más miedo al hambre que al coronavirus” un 51% dice que tiene más miedo al hambre. Esta cifra se eleva a 57% entre personas de nivel socioeconómico D/E y lo mismo ocurre con los independientes. Y los miedos no vienen de la nada. Casi la mitad de los independientes menciona que se ha quedado sin trabajo versus una minoría de trabajadores dependientes (solo el 14% en este caso). Los sectores de bajos recursos se han estado moviendo en espacios riesgosos por necesidad y por una cultura de sobrevivencia donde su percepción de riesgo privilegia la economía frente a la salud. Eso hay que incorporarlo en las acciones de prevención.

El anuncio del gobierno de una nueva etapa de “a islamiento inteligente” está acompañado de una serie de medidas orientadas al sector formal y dependiente. Si bien esto es importante, en la actividad informal, donde la mayoría son independientes, tendrá un limitado efecto. El sector formal está más presente en Lima, y se mueve con mayor frecuencia en oficinas, fábricas o tiendas; la actividad informal se desenvuelve más en el interior del país y en la vía pública, en espacios con mayor aglomeración: en los mercados (que ya es alta), en la calle y en el transporte público (paraderos incluidos), entre otros. Estos espacios y personajes son los que hay que tomar en cuenta para la promoción de mensajes y medidas preventivas.