Viejos Juguetes de tiempos de carestía

Patricia Saavedra tuvo una muñeca importada, pero ama los chumbeques. Fotografía: Jorge Cerdán.

Antes del liberalismo, con el mercado cerrado a las importaciones, Papá Noel las pasaba negras para complacer los pedidos de los niños peruanos. A pesar de todo, lo lograba. Algunos de esos niños, hoy nostálgicos cincuentones, nos hablan de aquellos juguetes que soñaron, los que les dieron y los que nunca tuvieron.

Maritza Espinoza
22 Dic 2019 | 7:56 h

Y usted, ¿ya pidió por Amazon el muñequito Funko del personaje de Fornite favorito de su cachorro? ¿O acaso compró ya su muñeca L.O.L. Surprise! para la niña de sus ojos? Es que, en estos tiempos de libre mercado, el único límite a los deseos de un niño en materia de regalos es la billetera o la tarjeta de crédito de papá. Y, por cierto, el sanguijuelón de Papá Noel es experto en exprimir ambas.

Pero hubo una generación entera que pasó su infancia sin Barbies, sin muñecos de Marvel, sin Legos de cientos de piezas ni otras maravillas de las que hablaban, como de leyendas urbanas, los escasos viajeros que traspasaban las fronteras de este pequeño mercado cerrado a las importaciones, ese que, recién en los 90, se abrió a los juguetes chinos y, luego, a los del mundo entero, tras el cambio de modelo económico.

Es esa misma generación que hoy se desquita saqueando jugueterías con el pretexto de encontrar el regalo ideal para sus hijos o la que, caleta nomás, se compra ese juguete que nunca tuvo de niño o, al revés, vuelve a comprarse ese que sí tuvo y que sucumbió al olvido en medio de la avalancha de los años y el consumismo desenfrenado.

Un escritor, un dramaturgo, una periodista de investigación y una relacionista pública que vivieron la experiencia de ser niños en los años de carestía (desde el golpe del 68 hasta el fin del primer alanismo) hablan con nostalgia de los juguetes que les dieron y que, para ellos, eran el summum de la diversión.

Armando mundos

“Nosotros somos los niños Sinamos”, bromea el dramaturgo y guionista de telenovelas Eduardo Adrianzén, quien, de niño –“entre 1968, el año del golpe de Velasco, y 1979, el año en que ingresó a San Marcos”-, solo pedía que le compren juegos de armar, miniaturas de animales, personajes de plástico y rompecabezas.

Con ellos, premonitoriamente, construía ciudades, calles, plazas, y ponía a vivir a los personajes en miniatura. “Me inventaba telenovelones y se los contaba a mi hermana menor, que no podía moverse hasta que terminara”, narra. Tal vez por eso, a sus siete, los adultos optaron por darle dinero en vez de juguetes, para que él mismo comprara lo que quisiera.

Eduardo cuenta que todavía conserva siete mil piezas de su colección de juegos de armar Kawada. Todos. Los personajes, los animalitos y los montones de rompecabezas. “No los tengo donde vivo ahora, donde sólo están los mejores muñequitos”, aclara con el aire de quien todavía sigue jugando con ellos cuando nadie lo mira.

Casa de muñecas

La reconocida periodista de investigación Paola Ugaz no tuvo la suerte de cumplir su sueño. “Yo pedí una casa gigante de muñecas, pero nunca me la dieron”, dice. Igual, fue feliz con un triciclo -con el que se escapaba a todos los rincones de su barrio en el Rímac-, su Chichobello y sus innumerables Barbies, pero, desafiando para variar el determinismo heteropatriarcal, también se enredaba en competencias de bolitas, trompos, bolos, arcos y flechas con sus hermanos y primos.

Pero lo que más disfrutaba -recuerda- era jugar con sus amigas y amigos al divorcio de Barbie y Ken. “Sin ser psicoanalista, supongo que era la manera de expresar la separación de mis padres y del pinchaglobismo que me acompaña hasta hoy”.

El niño realista

Por su parte, el novelista Javier Arévalo le entrababa al catch as can. “Yo quería una máscara de Blue Demon -un popular catchascanista- y la tuve”. Sin embargo, era un niño raro que no pedía juguetes: “No los pedía, porque lo que quería era el batiscafo (como el del Capitán Nemo) o una escafandra autónoma. Una vez quise un arco y flechas, pero me dieron unos de juguete. Los odié”, recuerda y acota: "yo quería cosas de verdad, no juguetes, porque mis juguetes me servían para enfrentar ejércitos y, de niño, los soldaditos de plástico eran caros, así que mis guerras se escenificaban con ejércitos representados por chapas: Inkacolas contra Cocacolas. Las Pepsicolas y Fantas eran oficiales. Las cajas de zapatos, tanques y las cajas de fósforos, carros”.

En cambio sí tuvo un tren de metal parecido a los auténticos. “Hacía uhhhh y botaba humo (había que ponerle agua). Yo ponía a mis soldados al frente para que escapen cuando ya los iba arrollar. Eso sí, tenía soldados y vaqueros. Era lo único que me compraban, pero, como mis batallas eran de cientos de soldados, no alcanzaban. Por eso usaba chapas. Cientos”.

El único juguete que aún conserva es un perro de plástico (en la foto) que le regalaron cuando nació y que lo ha acompañado toda su vida, en sus muchas mudanzas.

Se pide chumbeques

La pequeña Patricia Saavedra -hoy prestigiosa periodista y relacionista pública- pidió, y consiguió, un triciclo con el que andaba en los pasillos del edificio donde vivía, llevando de pasajera a su muñeca “Alemana”, llamada así porque se la trajo su padre de un viaje a ese país.

“Era rubia, grande, con un vestido azul. Le jalabas una pitita y una voz grabada hablaba en alemán. Yo se la mostraba a todo el mundo. Al poco tiempo, enmudeció porque, de tanto y tanto jalar, la pita se rompió".

Lo que nunca le regalaron fue un Chumbeque, curioso muñeco conocido en Inglaterra como Kewpie (fue diseñado por la ilustradora Rose O’Neill que, así, los emparentaba con Cupido) y que un empresario japonés llevó a su país como imagen de una marca de mayonesa, causando tanto furor que hoy son muñecos de culto.

Y de culto son para Patricia, que los colecciona hace 25 años. De niña, no lo tenía en su lista de los deseos. “No me había fijado en ellos antes. Ya, de grande, me empecé a sentir atraída por sus ojitos redondos y vivaces, su copetito, sus bracitos abiertos en señal de saludo, y comencé a coleccionarlos”.

Buenos con B

Una marca resuena en los oídos de quienes añoran esa infancia menos abundante, pero rica en experiencias: Basa. Era la fábrica de juguetes que abastecía los sueños infantiles. Toda una generación creció con sus Pepes, Chichobellos, Peloncitas, piezas de Playgo y el inmortal rascaplaya, entre otros.

Este año, Basa -que aún subsiste- organizó una exhibición de sus muñecas estrella. “Existe la idea de relanzar los juguetes que tanto éxito tuvieron”, cuenta Jannina Caballero, jefa de marketing de la compañía.

Las estrellas de la colección son la Peloncita -que traía partida de nacimiento-,el Chichobello, la Bomboncita y la muñeca Alicia, que caminaba con un sistema de ligas. El único que no figura es Pepe, el muñecón de durísimo plástico que simulaba un bebé de tamaño real y que miles de niñas solían vestir con las ropas que acababan de dejar.

“Todos eran diseños peruanos, porque las licencias extranjeras y los impuestos a las importaciones eran altísimos”, señala Jannina, agregando que esos juguetes no eran baratos, pero igual se agotaban.

Por eso, en la exhibición (Azángaro 387 - Lima), es usual ver a madres acompañadas de sus hijas que, disimuladamente, se quedan mirando a la que fue la muñeca de sus sueños y preguntan si está en venta. Cuando les dicen que no, se marchan decepcionadas, mientras en sus ojos todavía brilla la niña que un día fueron.

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