Los gays que vos matasteis

¿Y qué decir de aquellos padres que se avergonzaron de sus hijos gays como si fueran ladrones o asesinos? ¿Qué de aquellos que intentaron “curarlos” o forzarlos a vivir dobles vidas en aras de la opinión ajena?

Maritza Espinoza
30 06 2019 | 08:46h

Así como, en su momento, la iglesia católica tuvo que pedir perdón a los judíos por el holocausto, se me hace que un día –ojalá no tan tarde como las siempre demoronas disculpas clericales que, en el caso de Galileo, por ejemplo, tardaron 359 años, cuatro meses y nueve días– todos nosotros, como género humano, tendremos que disculparnos con los homosexuales del planeta.

Sí, porque un día entenderemos -así como entendieron los blancos europeos, hace poco más de un siglo, que los negros no eran animales de compra y venta, sino seres humanos exactamente iguales a ellos- que no hay nada que distinga a un homosexual de un heterosexual o que, por último, lo que los distingue no es algo que deba importarle a nadie.

Y entonces sentiremos vergüenza de haberlos tratado como apestados, de haber querido legislar en sus intimidades y de haber querido imponerles nuestros reducidos conceptos del amor y la pareja. Y más vergüenza sentiremos si, en el momento de las responsabilidades, alguien rescata del olvido todo lo que se ha dicho en estos días en redes sociales y en más de un medio periodístico: insultos infames, prejuicios asquerosos, sofismas ruines. Todo para descalificar sus justas demandas que se resumen en una sola y contundente aspiración: el derecho a ser felices. Como usted, como yo.

Cuando ese día llegue, nos preguntaremos espantados qué derecho teníamos de opinar sobre lo que ellos hacían en su mundo privado. Quiénes nos creíamos para pensar que había una manera correcta y otra incorrecta de amar. Qué oscura soberbia nos llevaba a asumir que lo que nosotros hacíamos, en el bando de los heterosexuales intransigentes, era lo “normal”, como si lo normal fuese -en este mundo donde los seres excepcionales son quienes hacen historia- algo digno de elogiar.

Entonces entenderemos cuánta mezquindad mostramos al privarles del derecho a la adopción y al matrimonio, algo que pueden hacer con total libertad delincuentes, sicópatas y hasta pederastas, solo por el hecho de ser -o creerse- miembros de ese club irrelevante llamado “heterosexualismo”. Y entenderemos también lo ridículos que sonábamos al pedirles que se escondan o que asomen a medias, a la medida de nuestra conveniencia y de nuestra ignorancia. Siempre poniendo por delante, eso sí, el fariseo argumento del “interés de la infancia” o la “respetabilidad de la familia”, pretextos que han esgrimido dictadores, fascistas y sociópatas de todo cuño.

¿Y qué decir de aquellos padres que se avergonzaron de sus hijos gays como si fueran ladrones o asesinos? ¿Qué de aquellos que intentaron “curarlos” o forzarlos a vivir dobles vidas en aras de la opinión ajena? ¿Qué de los señores de Con mis hijos no te metas, tratando de regresarnos, a punta de carteles, al siglo diecinueve? ¿Qué de los políticos escabulléndose de su responsabilidad de hacer leyes que consagren la igualdad entre todos los géneros? ¿Qué de los becerriles aceptando, sin rubor, ser unos cretinos discriminadores en un país donde discriminar, por lo menos en la letra, es delito?

Sí, es verdad, todos ellos habrán sido desechados por la baja policía de la historia, pero quedará en la conciencia de la especie humana esa deuda impagable. Y quedará la memoria de los miles de miles de gays -especialmente los trans, ese entrañable grupo de humanos que nacieron en el cuerpo equivocado- que fueron humillados y asesinados mientras nosotros nos preocupábamos de vestir a las niñas de rosado y a los niños de celeste. ¡Qué imbéciles nos veremos en ese futuro!

Pero, probablemente, quienes queden sentenciados al último círculo de la vergüenza, serán aquellos que, medio en broma y medio en serio -como se dicen las cosas más crueles- se dedicaban a preguntar que por qué había un día del orgullo gay y no uno del orgullo heterosexual, como si no fuera evidente para sus minúsculos cerebros que un heterosexual, por el hecho de serlo, nunca fue negado por su familia, nunca tuvo que ocultar sus preferencias sexuales, nunca fue víctima de una humillación, nunca tuvo que pasar por el dolor de ver a su pareja morir y no poder decidir ni siquiera lo que se iba a hacer con su cuerpo.

Ese día comprenderemos con horror que, al negar el derecho a la felicidad a otro ser humano, no nos distinguimos demasiado del nazi que torturaba judíos, del blanco que azotaba a su esclavo negro, del inquisidor que quemaba a los herejes. Ojalá entonces podamos, más allá de pedir perdón, perdonarnos a nosotros mismos. Ojalá.

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