VACUNAFEST - Todo sobre la jornada de inmunización para jóvenes de 25 años a más

Régulo Franco Jordán: “Si no movemos un cántaro, no habríamos descubierto a la Dama de Cao”

Hace 15 años, el arqueólogo cusqueño realizó uno de los más grandes hallazgos de la arqueología peruana. Aquí narra sobre su carrera y cómo descubrió a la gobernante moche.

Las buenas voluntades y también el azar lo llevaron a descubrir el 2006 la Dama de Cao, en el complejo El Brujo. Foto: Ricardo Moreno / La República
Las buenas voluntades y también el azar lo llevaron a descubrir el 2006 la Dama de Cao, en el complejo El Brujo. Foto: Ricardo Moreno / La República
Pedro  Escribano

Entonces era un niño. Solía ir a jugar a la pelota, solo, en la pampa de la fortaleza de Sacsayhuamán. Cuando regresaba, detenía sus pasos para mirar por largos minutos las esculpidas piedra Quenqo o la figura de Kusilluchayoc, el mono de piedra decapitado en tiempos de la extirpación de la idolatría. Ese es el recuerdo más remoto que tiene Régulo Franco Jordán en relación con la arqueología, la disciplina que lo llevó a realizar, hace quince años, el gran descubrimiento de la Dama de Cao, en Moche, Trujillo.

Su disciplina y pasión por la arqueología, las buenas voluntades y también el azar lo llevaron a descubrir el 2006 la Dama de Cao, en el complejo El Brujo, uno de los grandes hallazgos que la arqueología peruana ha ofrecido al mundo. Además, el único caso que demuestra que la mujer en el antiguo Perú también tuvo poder político.

Régulo Franco se hizo arqueólogo, como se dice, a pie. Conocí a Régulo en los años 80, cuando ambos compaginábamos en un cuarto de estudiante un libro sobre Jorge Basadre y casi todos los días almorzábamos galletas, gaseosas y atún. Noé Jave, compañero de Régulo, había encargado a Esteban Quiroz, que se iniciaba en Lluvia Editores, a trabajar el libro.

“Eso es la marca de estudiante de San Marcos, a pesar de la precariedad, no deja de soñar y remar por un futuro”, dice Régulo Franco.

Norteña. La Dama de Cao fue descubierta en el 2006. Foto: difusión

¿Cómo decides estudiar arqueología? No es una profesión de expectativas...

Así es. Yo provengo de una familia humilde. Mi padre era carpintero y mi madre de la casa, analfabeta, quechuahablante, pero llena de sabiduría. Yo crecí en medio de las ruinas, y me iba a Sacsayhuamán, no a ver la fortaleza, sino a jugar pelota. Pero después, cuando crecí un poco, a mi regreso, me quedaba a mirar las piedras Quenqo. Me preguntaba quiénes las habían hecho. En el colegio destacaba en historia y los huacos retrato mochicas siempre me inquietaron.

Eso era un llamado...

Sí, aunque al principio postulaba a medicina, pero no ingresaba. Un día desistí y postulé a arqueología sin que sepa mi familia. Mi hermana Amalia, con quien vivía en Lima y me apoyaba, casi me bota. Me dijo: “Esa es una carrera para ricos”. Hoy en día mi hermana vive orgullosa de mí y yo de ella. Así decidí mi vocación.

¿Y cómo un cusqueño llegó a trabajar en Trujillo?

Nunca imaginé trabajar en Trujillo. Ocurrió que en 1985, como estudiante de arqueología, conocí al doctor Guillermo “Pancho” Wiese de Osma, presidente del Banco Wiese, me contrató como arqueólogo y después formé parte de la Fundación Wiese. Empecé a trabajar con ellos en el Templo Viejo de Pachacámac, pero don pancho, que siempre iba a visitar a Walter Alva en sus excavaciones del Señor de Sipán, un día me invitó a que lo acompañe. Fuimos en avioneta.

Aterrizaste en tierra moche y te quedaste...

Eso fue mágico. Llegamos a ver cómo Walter Alva excavaba en la tumba del viejo Señor de Sipán y allí, in situ, ante mis ojos, Walter, abriendo la tierra, levantó un collar del Señor de Sipán, con esferas de oro y diseños de felinos. Lo puso en las manos de Pancho Wiese y después en las mías. Eso era tocar el pasado con mis propias manos. Esa experiencia me conectó definitivamente con el norte del Perú. Después de eso, nos interesó más el norte.

¿Y cómo hallaste el rastro de la Dama de Cao?

Para don Pancho, su vida era pura huaca, para mí también. Por eso, en busca de huacas, a principio de 1990, fuimos a Huaca Prieta. Allí, el profesor Segundo Vásquez nos dijo que los huaqueros de Magdalena de Cao habían encontrado un mural en la huaca de El Brujo. Buscamos al huaquero, quien, al principio, se negó a darnos información, pero al final lo convencimos y él y su gente trabajó con nosotros. Allí comenzó nuestro encuentro con la Dama de Cao.

¿Cómo fue el momento que descubres la tumba?

Mira, limpiamos un pequeño espacio y hallamos un mural en el que se veía una red de pescadores, además dos zorros, uno que bajaba y el otro que subía. Allí, con el doctor Wiese, decidimos dejar Pachacámac y trabajar en Trujillo. Me vine Lima y me instalé en una carpita en El Brujo. Era agosto de 1990. Con el equipo, el 2005 hallamos, en medio del recinto del mural, un cántaro con rostro de búho. Pedí que no lo movieran porque era parte del contexto. Pero felizmente al cántaro se le desprendió un trozo y lo sacamos para restaurarlo y descubrimos que bajo había una fosa. Allí estaba la tumba, con el fardo de la dama de más de cien kilos. Si no hubiéramos movido el cántaro, jamás la hubiéramos descubierto. Hoy la gente iría solo a ver los murales.

Era dama, no era señor...

Sí. Antes de descubrir a la Dama de Cao, el doctor Wiese aún vivía –ya no llegó a ver a la Dama–, trabajamos meses y ubicamos una gran tumba. Estábamos seguros de que se trataba de un gran señor, pues junto a él había una mujer con joyas. Ese día cantábamos el Himno Nacional, hicimos un rito y nuestras expectativas eran grandes. Pero cuando abrimos la tumba, estaba vacía. Fue un gran fiasco. Después concluimos que los moches lo habían sacado para calmar el fenómeno de El Niño y lo enterraron en lugar desconocido.

Tampoco era sacerdotisa, era mujer con poder político.

Los vestigios lo dicen. Hay manchas de quemas en el piso, que son pruebas de ritos. Tiene un mausoleo, y a diferencia del Señor de Sipán, que está sepultado fuera del templo, ella está dentro. Además, tiene sus coronas, diademas y dos báculos. La Dama de Cao era una gobernante, cuyo cuerpo tatuado era un oráculo vivo.