Diálogos con Toni Morrison

Rescate. La crónica recuerda el amigable encuentro del crítico literario con la escritora estadounidense, Nobel de Literatura 1993, que acaba de fallecer.

La República
8 M08 2019 | 05:30h

Por: Julio Ortega

Por fin, luego de una larga cena, pude hacerle la pregunta que tenía para ella:

Toni, ¿los negros que en tus novelas vuelan de vuelta al África, vienen del libro de García Márquez?

– No –respondió ella de inmediato–, vienen de Ohio.

Reímos.

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– Cuando yo era estudiante graduada en Ohio –contó de buena gana– , decidí hacer un trabajo de campo en las afueras de la ciudad, donde la comunidad negra sobrevivía de la pequeña agricultura. Un día una muchacha me dijo que su padre había regresado, volando, al África.

¡Un evidente mecanismo de control social!

— También en América Latina se cuenta del padre que dice “voy a comprar cigarrillos,” y no vuelve nunca, dije.

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¿Era un mito local o una leyenda proveniente del África? Concluí que se podía asumir como una protesta contra la esclavitud, pero que en el siglo XX se repita una hipérbole colonial es inquietante. Luego, Toni encontró que conforme la ciudad se expandía sobre los márgenes rurales, la leyenda del vuelo de regreso iba desapareciendo. En la ciudad, los dramas familiares de dominación patriarcal se negocian en los juzgados.

Cotejando relatos resultó evidente que la historia del vuelo era otra estrategia de control de la humillación social. Cuando la figura paterna desaparecía, la familia solo tenía los recursos de su cultura para suturar el desamparo.

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Remedios la bella, en Cien años de soledad, es una epifanía del mismo linaje popular. En este caso es la historia de una muchacha que desaparece con un vendedor ambulante, y el padre anuncia al pueblo que Remedios ha subido al cielo en cuerpo y alma.

Por eso, imaginé que el personaje de Toni es el ángel de la historia que contempla las ruinas coloniales de su cultura, sin bienes que repartir a los suyos. Y Remedios, la bella, es el ángel del relato que huye más allá de los pájaros de la memoria, hacia el mito popular, donde ya no hay penuria social. Ambos, quiero creer, se cruzan en el cielo luminoso del Caribe y se hacen adiosito. Aunque, en verdad, se avistan en el horizonte de la novela, sin culpa ni pena, recuperados por la iluminación de la lectura.

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El Premio Nobel de Literatura de 1993 fue para Toni Morrison. De Ruth Simmons, presidenta de Brown entre 2001 y 2012, tuve buenas y malas noticias de Toni. Celebramos, claro, su premio; y me contó con detalle la destrucción de sus archivos en el incendio de la casa. Ruth, que entonces era Provost de Princeton, se mudó a la casa quemada para supervisar la tarea restauradora. Puedo verla entre el grupo de estudiantes y el equipo técnico, comprometida en los detalles de su misión. No ha habido, hasta donde sé, dos mujeres de semejante talento disputando palabras a la ceniza.

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Me encontré con Toni Morrison y Juan Rulfo en un congreso literario en la Universidad Iberoamericana de Puerto Rico, y caigo en la cuenta, ahora, que el relato de ambos es, frente a toda fuerza destructiva contraria, la intermediación que resuelve los extremos de la violencia dominante. Ambos mundos se refractan, distintos pero paralelos. El espacio de Rulfo es de economía inversa: una resta que solo puede terminar en el desierto. Pero la cultura popular que asoma en el lenguaje empírico brilla en las costuras del desierto como breve huella del huerto perdido en las manos del padre errático. En pocos libros brillan las palabras del pueblo con su peso empírico. Por lo demás, la mascarada de la muerte tiene e incluye la perspectiva indígena, si no carnavalesca por lo menos guiñolesca. Justamente, la cultura popular permite a la novela abrir leves espacios donde asoma el horizonte. Y es en un carnaval donde Pedro Páramo es asesinado por su hijo Abundio. De modo que en el esquema de dos espacios confrontados (huerto/desierto; comunidad/infierno; padre/ hijo), el relato, sin embargo, es disputado por el principio barroco de las sumas de la hipérbole. No hay solo un discurso en la novela, sino el espacio virtual de un despliegue dialógico, capaz de regenerar la economía de la destrucción. Dada la tradición narrativa estadounidense en torno a la experiencia afroamericana, Toni Morrison no requiere resolver la discordia fundacional de la violencia, sino confrontar las consecuencias de la vulnerabilidad familiar y, en su caso, la demanda de alguna justicia reparadora que hacen los fantasmas del discurso patriarcal. Pero lo decisivo es que su instrumental analítico proviene del realismo mágico, y aunque ella se ha tomado menos libertades que Rushdie en la representación, ha asimilado la lección de García Márquez para demostrar la capacidad resolutiva de la cultura popular, hecha de varias fuentes y agonías. De modo que el peso del pasado no impone el trauma sino la tarea de exorcisarlo en el lenguaje.

Ahora ella sobrevuela el horizonte de nuestra lectura.

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