
“A La Molina no voy más
porque echan azote' sin cesá”
La noche pasada y con ocasión del Día de la Canción Criolla, escuché este doloroso estribillo que aún se canta en el Perú. La tortura y las vejaciones sufridas por los esclavos negros son evocadas allí.
No era la primera vez que lo oía, pero en los años ochenta tuve la suerte de conversar con un peruano extraordinario, Nicomedes Santa Cruz (1925-1992), quien me contó la historia que da sentido a ese panalivio.
Según me relató Nicomedes, al hacendado de La Molina, diecisiete esclavos se le habían fugado, pero los recuperó después de un mes en el que los cimarrones no pudieron encontrar un sitio donde esconderse. Entonces, aunque su caporal le había aconsejado que solamente les cortara las orejas, los mandó a ejecutar al sentirse presionado por el pedido general de los otros patrones que se veían amenazados por el mal ejemplo.
“Cuando se sacrifica un toro en la arena, por lo menos se puede aprovechar su carne”, pensó.
Le respondieron: “Es la ley, y usted tiene que cumplirla”.
Pensó que la ley le iba a significar un dispendio considerable, puesto que los diecisiete negros habían sido ejemplares de crianza, robustos y carísimos representantes de su raza, y tal lo fueron que no fue necesario atarlos a una estaca para ser flechados porque preferían la muerte a continuar en La Molina.
“A la Molina no voy más porque echan azote sin cesá”, eso dicen que cantaban antes y después de morir.
-¿Después de morir cantaban?
-¡Claro!, porque dejaron fantasmas.
Cimarrón era llamado por entonces el esclavo que se rebelaba en busca de la libertad. En nuestros días, el poeta Santa Cruz, con su poesía brava y montaraz que es un desafío permanente, puede merecer el mismo nombre: cimarrón.
Me acuerdo de que conocí a Nicomedes en la Casa de la Cultura. Él era poeta, decimista, investigador y promotor cultural. De inmediato nos hicimos amigos y comenzamos a tratarnos de compadres. Más joven que él, me sentía feliz de tener amistad con un hombre que promovía los derechos del pueblo afroperuano e intentaba reconstruir su memoria histórica.
Era un poeta permanente y creaba décimas con todo lo que estuviera frente a sus ojos. Ese es acaso su primer aporte. El segundo es su formidable contribución a la música afroperuana. Y el tercero es su permanente investigación que ayudaría a sistematizar el folklore afroperuano.
Escribiría Nicomedes:
“Del África llegó mi abuela
vestida con caracoles,
la trajeron los españoles
en un barco carabela.
La marcaron con candela,
la carimba fue su cruz.
Y en América del Sur
al golpe de sus dolores
dieron los negros tambores
ritmos de la esclavitud”.
Hay poemas como el que acabo de evocar que dan información sobre la bestial explotación que han sufrido los esclavos y sus herederos en el Perú.
“Por una moneda sola
la revendieron en Lima
y en la hacienda ‘La Molina’
sirvió a la gente española.
Con otros negros de Angola …”.
Las diversas convulsiones y movimientos sociales que han buscado cambios hacia el progreso en nuestra historia intentaron lograr que todos los peruanos ocupen el espacio que les corresponde. Sin embargo, la emergencia abusiva de un pasado criminal ha aplastado mucho de aquello.
Recordar voces como las de Nicomedes significa comenzar a comprender al Perú y tal vez sea algo de lo que debemos hacer en adelante. Nicomedes es uno de los libertadores de nuestra cultura, y debemos recordar todo el tiempo su afán por ubicar al pueblo afrodescendiente en los espacios políticos y sociales que le corresponde.
-Ojalá hubieras nacido en el norte del Perú. Ya tendríamos escrita nuestra historia -le dije una vez.
Nicomedes sonrió y comenzó a recordar unas décimas que había escrito a Chepén, el pueblo de mi nacimiento.
“Antes que el rudo Pizarro
y antes que el Inca también
cuando el cerro era un guijarro
ya Chepén era Chepén.
Diez siglos antes de ahora,
mil años de cien en cien,
cuando era niña la jora
ya Chepén era Chepén”
Un día en que yo caminaba con mi amigo Desiderio Blanco (después rector de la Universidad de Lima), nos topamos con Nicomedes y se me ocurrió presentarlos. A la manera española, Desiderio dijo su apellido y esperó que Nicomedes repitiera el suyo.
-Blanco -dijo y repitió: -Blanco. Blanco -esperando el apellido de su presentado.
Nicomedes se lo quedó mirando y respondió:
-¡No-é’ para tanto!

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