
(*) Rector de la UNI, vicepresidente de la AUNAP y exdirector del BCRP.
Las élites son determinantes en la vida de los pueblos. Las élites, sin embargo, pueden ser malhechoras o bienhechoras. Si son malhechoras es una desgracia inmensa para el país que las sufre. Si son bienhechoras es una bendición para el país que las cobija, sus efectos positivos se derraman en todas las instituciones y sistemas, se derraman en los sistemas educativos y de salud, en la empresa, en las Fuerzas Armadas, pero sobre todo en la continuidad histórica de la juventud.
No es extraño entonces que Dani Rodrik, economista del Fondo Monetario Internacional (FMI), pondere el rol estratégico de los líderes en los modelos de crecimiento y desarrollo de los pueblos. Rodrik dijo: “Un liderazgo comprometido con el desarrollo… sirve mucho más” que cualquier otra alternativa.
Desde los tiempos bíblicos la importancia estratégica de los líderes ha sido desarrollada en estos términos: lo que le está permitido al soberano le está permitido al súbdito.
Cada canallada, cada vileza ejercida en lo alto del poder, autoriza al pueblo a ejercerla en su propia esfera. Líderes corruptos tendrán seguidores corruptos, líderes abusivos y prepotentes tendrán seguidores abusivos y prepotentes, líderes taimados y antidemocráticos tendrán seguidores taimados y antidemocráticos, pervirtiendo así el alma de una nación.
Ante esta degradación moral ha surgido siempre en la vida de los pueblos un instinto de conservación, de respuesta, de resistencia a los males ocasionados por las élites malhechoras.
Surgen entonces narrativas y proyectos, surge la voluntad de regeneración, lentamente surgen círculos políticos sanos. Un instinto de conservación empieza a hacer que se comprenda que, sin una juventud democráticamente sana, la continuidad histórica del país se ve afectada, que las Fuerzas Armadas, por un conjunto de tejidos y cableados sistémicos, empiezan también a afectar su capacidad de disuasión estratégica, pues el ambiente al que se las obliga es el de la represión en nombre de la ley de los malos, en nombre de leyes hechas para desmoralizar el poderoso potencial creativo de la nación.
Burke, citado por Kissinger, decía que “la sociedad es una asociación, entre los que viven, los que están muertos y los que nacen”. La sociedad es entonces creación del hombre. La sociedad no pertenece al orden de la naturaleza, es producto del contrato voluntario de los hombres, dijimos en el 2000 por eso que “las personas con derechos inalienables son el origen y el fin del Estado”. El orden social no es el simple resultado de una herencia, el hombre puede proyectarlo. Trastocar un orden injusto, construir la sociedad sobre la base de las voluntades democráticamente concertadas: he ahí la perspectiva de una juventud capaz de derrotar a las élites malhechoras.

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