Lo que calló Adolfo Bioy Casares

7 Mar 2009 | 19:00 h

Edición de una entrevista que pidió que no se publicara. Escritor murió hace diez años. Prohibió la entrevista porque temió ofender con respuestas.

Editado de ADN Cultura,
La Nación.

En 1987, el periodista argentino Jorge Urien Berri entrevistó al escritor Adolfo Bioy Casares. Esa entrevista, en la que el escritor habló de todo, finalmente, pidió que no se publicara. Y así ocurrió. Veintidós años después, el periodista la ha publicado recientemente íntegra en La Nación. Allí, el periodista, explica cuáles habrían sido las razones del recordado escritor para pedir que no se publicara.

Urien Berri cuenta que le llevó un borrador de su edición a Casares. Pero al día siguiente, el presidente del directorio de La Nación lo llamó para decirle que Casares había pedido que no se publique.

Pero con todo, el escritor le había remitido un sobre con su edición de la entrevista. Las 11 carillas las redujo a 7. Según el periodista, en la edición de Casares “faltaban las preguntas sobre la dictadura, la represión y los juicios a los militares que habían originado la rebelión carapintada, y obviamente faltaban sus críticas a los represores y a los guerrilleros. La nota no se publicó. “ ‘No quisiera ofender’, me había dicho en la segunda parte de la charla en la que había volcado reflexiones duras y dolorosas”. En 1994, Urien Berri lo volvió a entrevistar, pero no tocaron el tema.

En las líneas siguientes, una edición de esta entrevista en la que rescatamos también aspectos humanos y literarios de Bioy Casares.

–(...) ¿Cómo se convirtió en escritor?


–Sí, casi es inexplicable para mí también, porque mi actividad y hasta mis ensoñaciones eran deportivas. Pero cuando algo me golpeaba mucho, mi reacción era planear un libro. Estaba enamorado de una chica y no me llevaba el apunte, y entonces, sufriendo, pensaba escribir un libro que se llamaría Corazón de payaso. Por suerte la voluntad no me acompañó. Y llegó un día, no sé por qué, en que escribí una historia fantástica y policial, “Vanidad o Una aventura terrorífica”. (…)

–¿Fue un buen alumno?

–Fui un pésimo estudiante de primer año, bloqueado porque no entendía álgebra ni matemáticas, y llegué a no saber estudiar. Apareció un buen profesor, Felipe Fernández, que me enseñó matemáticas en su casa y así descubrí el método y el orden, descubrí las matemáticas y quise ser matemático. Si él no hubiera muerto, a lo mejor hubiera sido matemático. Sus lecciones permitieron que después escribiera libros de trama bastante complicada, como La invención de Morel y Plan de evasión, que requerían un cierto orden.

(...)
–¿Corrige mucho?

–Hago muchísimas correcciones, y no me gustan mucho los reportajes porque llevan a la publicación de borradores, y mis borradores son malos, lo sé. Alguien dijo alguna vez: “Denme un borrador y podré escribir un buen libro”. Creo en eso.

–¿El estilo le preocupa?

–Muchísimo, pero creo que el argumento es parte de la técnica porque, ¿en qué consiste la técnica? En cómo contar las cosas, ¿en primera o en tercera persona? La técnica es: ¿frases largas o frases cortas? Pensé muchísimo en la técnica del cuento y la novela y creo que ante cada cuento hay que pensar qué técnica le conviene a uno para ese cuento. Casi hay que inventarla. (...)

(...)
–Usted tiene una imaginación muy rica, no tiene el drama de los escritores pobres de ideas.

–Por suerte eso no me falla. Parece una pedantería, pero la compenso diciendo que me cuesta escribir y que tardo muchísimo en escribir un libro más o menos simple. Pero invento con rapidez. Ahora, no siempre me precipito a escribir lo que he inventado. A veces sí, cuando tengo una especie de compulsión y siento una suerte de placer que me dan los personajes, la situación, todo. Pero hay veces en que un argumento me acompaña durante quince años o más. Y veo con alegría y perplejidad que son los que salen mejor, o los que la gente me dice que salen mejor. El perjurio de la nieve se me ocurrió en el 32 y se lo comenté a Borges una tarde caminando frente a La Porteña, en Guido y Junín. Borges me dijo: “Es una buena historia, pero no creo que puedas concluirla”. Pasé muchos años sin poder atar todos los cabos. (...).

Los militares fueron crueles

–Hubo esperanza con las elecciones y el triunfo de Alfonsín. Después la economía empeoró.

–Vivimos una novela de Eça de Queiroz. Somos bastante inteligentes, nos reímos de las cosas y estamos en la decadencia [ríe].

–¿Qué opina de los juicios a los militares?


–Qué lastima que me pida hablar de eso porque es un jardín de odios. Ahí se riega un odio y otro odio. Creo que los militares fueron muy crueles con sus prisioneros. De algún modo, revivieron la Mazorca de Rosas. Ahora, creo que los terroristas son los padres de los militares que han hecho todas esas cosas. Porque sin terrorismo no se hubiera sentido la necesidad, o la aparente necesidad, de estos represores.

–La Justicia sostiene que al tener los militares el poder estatal, tendrían que haber actuado con la ley.

–Desde luego, creo que la Justicia tiene toda la razón, pero no sé cómo vamos a terminar con esto. Ni las víctimas tienen ganas de perdonar, ni los castigados por la Justicia ni sus sucesores van a tener ganas de perdonar. Viviremos en un mundo de odios como en Sicilia: dos bandos de mafia.

Perfil

El escritor. Nació en Buenos Aires, 1914. Murió el 8 de marzo de 1999. En 1932 conoce a Borges y ambos se hicieron amigos. En 1940 publica La invención de Morel. Libros suyos, entre otros, son Un modelo para la muerte, Libro del Cielo y del Infierno y Crónicas de Bustos Domecq.

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