Hallazgo

Muay Thai, escape para niños del Callao

Los niños del barrio Castilla del Callao canalizan su rabia golpeando sacos de arena. Han cambiado el aburrimiento por la disciplina y la pandilla por el gimnasio. Reciben clases gratuitas de muay thai en la Casa Fugaz. En febrero tendrán su primera competencia.

Juana Gallegos

Domingo, 7 de Enero del 2018

–El 31 de diciembre mataron a un niño de 13 años de La Siberia. En cualquier momento van a venir a meter bala.

La señora Cristina Flores (74), nacida en el corazón del jirón Castilla, en el puerto del Callao, advierte sobre una probable venganza de los pandilleros de La Siberia. Corre el rumor de que en la víspera del Año Nuevo, los pandilleros de Castilla asesinaron a un menor del barrio rival y la ley en ese barrio es que si matan a uno de los suyos probablemente maten a dos de acá.

–Porque se quedan picones, y si matan dos acá, allá matan tres y así –dice un niño del barrio comentando lo dicho por Flores, y lo dice con total naturalidad como si hablara de un juego de PlayStation.

A la señora Cristina le mataron dos nietos. A una la balearon en el jirón Tiwinza, mientras dejaba a sus hijos en el colegio, al otro lo mataron en el jirón Atahualpa. "Pasaron dos cacerinas por el cuerpo de mi nieto", dice la señora Flores.

En esta parte del puerto contabilizar las muertes que deja el enfrentamiento entre las pandillas está tan normalizado que un niño puede perder la inocencia muy temprano si es que no pierde la vida antes por una bala perdida.

La muerte está presente en cada calle. A los caídos se les rinde homenaje pintarrajeando sus retratos en las esquinas, como la del cruce de San Martín y Putumayo, donde han sido inmortalizados "Cesitar" (el nieto de la señora Flores), "Jordy" y "Bolita", asesinados todos a quemarropa por pistoleros de los barrios rivales.

Castilla es un largo jirón cercano a la Fortaleza del Real Felipe, regentado por los "Malditos de Castilla", pandilla cuyo cabecilla Wilson Pedro Masías, alias "Pedrito", fue acribillado el 2008 en una camioneta cuando salía de una discoteca de La Victoria.

Hoy los adultos no quieren seguir alimentando la mala fama del barrio y hablan en pasado. Dicen que el barrio era movido, que era zona roja, que era conocido como "Castilla terror". Sin embargo, los niños dicen lo contrario.

Tienen muy presente que sus rivales son las pandillas de los jirones Atahualpa, Marcopolo y La Siberia y que no pueden cruzar el límite porque allá corren peligro.

Los chicos miran a los grandes drogarse en las calles y enfrentarse a balazos por las noches en la Plaza Gálvez, son ellos sus modelos y los imitan formando sus propias pandillas y tirando piedras a los camiones que circulan por el puerto. Ser perseguidos por la policía les da cierto placer.

–¿Por qué lo haces?– le pregunto a un niño que frecuenta la pandilla.

–Porque en mi casa me aburro. No hay nada que hacer –responde.

En Castilla no hay parques con juegos para niños, ni piscinas públicas ni bibliotecas, el único entretenimiento es pichanguear, pero ni canchita de fútbol tienen.

Sin embargo, desde mediados del 2016 a estos niños se les ha abierto otra opción, una que promete canalizar la violencia que ven, acumulan y necesitan desfogar: el muay thai.

Un motivo para Castilla

En el segundo nivel de la Casa Ronald, una edificación de estilo inglés, refugio de prostitutas, drogadictos y gente sin hogar hasta hace unos años, el sonido sordo del golpe de unos puños sobre el saco de arena domina la atención de un grupo de niños.

El peleador es el siete veces campeón nacional , cuatro veces campeón sudamericano y campeón panamericano 2016, Renato Mansilla (26), que desde hace un año es el maestro de muay thai de un grupo de niños y adolescentes del barrio Castilla.

Ellos lo miran y admiran sus patadas que poderosas caen sobre el saco de arena. Hay fuerza y furia en sus movimientos.

–A través de un deporte como este los niños canalizan su agresividad y la desfogan acá y no peleándose en la calle –comenta a unos metros Gino Pezzia (36), un luchador amateur de muay thai, que por pura pasión por esta disciplina montó este gimnasio para dar clases gratuitas a los chicos del barrio.

Pezzia llegó a Castilla por Fugaz, un proyecto de arte y recuperación de la parte histórica del Callao que reflotó la Casa Ronald y la convirtió en un enclave de galerías de arte, cafés y oficinas.

Cuando este publicista miraflorino trasladó su oficina a este edificio y se chocó con la realidad de Castilla: con los niños que de grandes quieren ser sicarios, que tienen a sus papás en la cárcel o que han perdido a algún primo en la pugna de las pandillas, se involucró de forma inevitable, mitad para hacer amigos y hermanarse con el barrio, mitad para mantener ocupados a los chicos.

Empezó entrenando a dos, a Justin y a Ítalo al aire libre, en la Plaza Matriz.

–Investigué luego cómo podía hacer para que el proyecto mejore la vida de los chicos en vez de entrenarlos solo para que se peleen en la calle –dice.

En vista de ello, Fugaz le cedió un ambiente para dar clases de manera profesional ya no a dos sino a veinte chicos.

Son los que ahora miran y escuchan con atención a Renato Mansilla hablar de sus viajes a Laos, Tailandia y a Los Ángeles, Estados Unidos, donde compitió hace poco.

–Quién sabe si Rodrigo, con dos o tres años más de entrenamiento, se convierte en campeón nacional –dice el entrenador y le da a Rodrigo (11), un vivaracho de metro cincuenta de estatura, un sueño.

Además de Fugaz, Gino Pezzia recibe el apoyo de la Fundación Oli y de marcas como Everlast que ha donado guantes, sacos de arena, cintas y pesas para el gimnasio. Pronto, gracias a un convenio con el Colegio Roosevelt de La Molina, recibirán, además, clases gratuitas de inglés.

Por el momento, el compromiso con los pequeños aspirantes a luchadores es que las clases serán gratuitas si no faltan al colegio.

Desde enero del 2016, cuando se implantó esta regla, los más afanosos como Rodrigo han cumplido. Hay otros, sin embargo, que abandonaron las clases ya sea por el desgaste físico que implica el entrenamiento de alto rendimiento que reciben (dos horas diarias de lunes a sábado)o por la pandilla.

No desviar el camino

–El muay thai te hace fuerte mentalmente. Al ser un deporte de contacto, entrenas a conciencia para defenderte y pelear en el ring, te entrenas para ganar sí o sí, no hay momento para la distracción, un momento de desconcentración y estás noqueado –dice el entrenador.

Minutos después, como repitiendo la lección del maestro, Gabriel (13) dice, mientras caminamos por el jirón Miller:

–El muay thai me mantiene concentrado, cuando te dicen que metas patadas y puñetazos, tienes que memorizar: uno, dos, tres, uno, dos, tres, yo ya lo tengo mentalizado.

Gabriel es un púber que no tiene mucho que hacer en casa después del colegio (ahora por las vacaciones tendrá más tiempo muerto), sus padres trabajan todo el día, y él en los únicos que encuentra compañía es en sus amigos.

–Yo los quiero, están en las pandillas, pero yo los quiero –agrega, y se acerca a un grupo de chicos que juegan en la esquina de San Martín y Putumayo, la de los grafitis de los muchachos muertos. Uno de ellos le apunta con un arma de juguete.

Según el INEI, el 2015, el 33% de los chalacos fallecidos en algún hecho delictivo fueron jóvenes de entre 15 a 29 años.

–Hay chicos talentosos en el barrio –dice el entrenador mirando a sus alumnos– pero, a veces, el mismo barrio los lleva por otro camino. O los mata.

En febrero, los chicos del muay thai participarán en su primer campeonato nacional juvenil. "Quiero ser famoso y que me reconozcan por hacer algo bueno, no algo malo", dice Gabriel de cara a la Plaza Gálvez, lugar de enfrentamiento de pandillas cuando cae la noche.

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