Pueblos originarios

Ellas también juegan al fútbol

Muchas no conocían Lima ni el mar, y nunca habían jugado con chimpunes. Una crónica del primer torneo de fútbol femenino de pueblos originarios, en 25 años de los Juegos Deportivos Escolares Nacionales.

Redacción LR

Domingo, 8 de Octubre del 2017

Las manos de Rosmery Ayala (17), arquera y capitana de las chankas, de Ayacucho, son salvadoras: no solo evitan goles cantados, además cultivan maíz, frejol, alverja, lentejas y trigo. Ásperas, impiden y a la vez producen.

Viernes nublado en el Campo de Marte, en Jesús María. El heroico empate ante Argentina, en La Bombonera, es el preámbulo perfecto para la final del primer torneo de fútbol femenino de pueblos originarios de los Juegos Deportivos Escolares Nacionales.

PUEDES VER Equipos de pueblos originarios en final de los Juegos Deportivos Escolares Nacionales 2017

El partido más esperado enfrentará dos equipos invictos con arcos invictos, además. Los más goleadores e imbatibles. Ayacucho versus Ucayali. Chankas versus shipibas-conibas. Sierra versus Selva.

Metáfora de la tenacidad, ambas escuadras representan la disparidad con precisión. Mientras las chankas cuentan con una sola suplente y apenas a su entrenador en la banca; las shipibas lucen a cinco jugadoras de recambio y un asistente.

Las chankas provienen de cuatro colegios de cuatro distritos de Huanta. A diferencia de las shipibas que pertenecen todas al colegio bilingüe San Francisco, en la provincia de Coronel Portillo.

Asistir a los entrenamientos fue un entrenamiento en sí mismo. Rosmery, cuarta de seis hermanos, caminaba cuatro horas, ida y vuelta, por una trocha, desde el centro poblado de Llactapata hasta Huallhua. Y aun así le alcanzaba para cortar centros.

"En la cosmovisión andina creemos que hay seres tocados. Y Rosmery lo está. Nunca hemos perdido un campeonato con ella como capitana", asegura el entrenador Renán Cuba, huamanguino él, sobre su arquera menuda, de metro cincuenta y mejillas chaposas.

En el otro extremo del campo, las shipibas, achinadas y pequeñas, se hacen las trenzas. Kiara Amasifuen mastica chicle moviendo toda la boca.

El número 7 en su espalda advierte sus virtudes: habilidad y velocidad. En otras palabras, letal, sobre todo en una categoría donde el trámite de los encuentros es muy similar al de una partida de ping-pong.

Ambidiestra, Kiara se pega a la punta izquierda desde donde engancha con igual destreza hacia adentro y hacia afuera, apilando rivales, y quebrando cinturas. Tira diagonales como los mejores punteros. Y falla goles clamorosos como los mejores punteros también.

Admiradora de Messi, de padre pescador y mamá artesana, arma collares, aunque su máximo deseo es usar sus manos para sanar enfermos.

Suena el pitazo del resistido Henry Gambetta. Ambas oncenas pisan el sintético césped del Campo de Marte a ritmo de electrónica. Chankas versus shipibas-conibas en breve.

Llanto de campeona

Una niña, baja y maciza, llora. Se soba, primero con el antebrazo, y luego con los dedos pero el llanto es incontenible.

Las awajún de Amazonas acaban de caer a manos de las shipibas-conibas de Ucayali. El último partido del grupo A acaba de decretar el pase de Ucayali a las semifinales, y la eliminación de Amazonas.

La niña de la tristeza honda es la capitana y central Yanua Adelvina Agkuash. Primeriza en Lima le prometió a sus padres que regresaría con el título.

Rato después es llamada al centro del campo, donde aún llorosa recibe un cartón de Susana Córdova, la directora de Educación Física y Deporte del Ministerio de Educación.

Es Yupaychay, la distinción que premia la vergüenza deportiva y los valores dentro de la cancha.

No hay quien lo merezca más que ella: Yanua significa mujer empeñosa.

Quinta de siete hermanos, patea balones en honor a Edgardo, su hermano fallecido "por un daño", exprofesor de educación física de su colegio, y causante de su afición pelotera.

"Cuando acabe el colegio estudiaré educación física como mi hermano. Él me enseñó todo".

Una sonrisa tibia evapora la humedad de sus mejillas.

Las chankas

Parejo como un choque eliminatorio, chankas y shipibas disputan cada pelota con toda su humanidad.

El rectángulo sintético es un estratégio y sonoro campo de batalla: a pesar de hablar un aceptable español, ambas se gritan y dan indicaciones en su lengua nativa. Es un deleite incomprensible.

Kiara Amasifuen y Rosmery Bardales, la dupla shipiba de atacantes, ambas con cuatro goles, se han estampado contra Yuly Águila, recia defensora chanka que las ha neutralizado con la técnica más indigna y eficiente: puntazo a la tribuna.

La malla protege al respetable, por fortuna.

Entre el público se encuentra Leider Amasifuen, primo de Kiara y Martha (volante), quien ha pedido permiso para ver a sus primas después de diez años, tras mudarse a Lima.

Junto a un par de shipibos que trabajan para el Ministerio de Educación conforman una reducida pero bullera barra, cortesía de las cornetas y matracas.

Las chankas han inclinado ligeramente la cancha a punta de rechazos. Rony del Águila, entrenador shipibo, se impacienta y les grita que salgan, pero el consejo es tardío: mal rechazo de la arquera y Ana Flor Huerta (16), delgada delantera ayacuchana, coge el rebote, larga el balón y define en el preciso instante en que una defensora la choca en el estómago.

Gol chanka. Las chicas gritan. El técnico salta. La única suplente se levanta.

Ana Flor cae, incapaz de festejar. Gambetta corre. Ingresan los camilleros. Renán Cuba mira su banco de reojo, y mueve su cabeza de lado a lado. Ana Flor será atendida por más de cinco minutos afuera del campo, y volverá con sus chimpunes naranjas.

Chimpunes que le regaló una tía, consciente de que sus padres no podrían comprárselos. Sus pies, acostumbrados a besar la tierra, se han adaptado con el correr de las fechas al caucho y la goma.

Otras chicas que no corrieron con la misma suerte están jugando la final con zapatillas prestadas. Las chankas se envalentonan. Concluyen los treinta minutos del primer tiempo.

El sol aparece tímido para ayudar a los selváticos. Se reanuda el juego. Las chankas se repliegan y traban cualquier avance. Siempre habrá un pie salvador.

Los minutos transcurren como una escena repetida: finalmente Lidia, la otra delantera chanka choca con la arquera shipiba, y Gambetta lanza el silbatazo final.

Las chankas de Ayacucho son las flamantes campeonas del torneo femenino de pueblos originarios de los Juegos Deportivos Escolares.

Lidia queda tumbada sobre el césped. Todos corren a socorrerla. La jovencita se levanta y acaba con el susto.

¡Llalliniku! ¡Llalliniku! (les hemos ganado a todas) gritan. Gargantas, silenciadas históricamente, que hoy han sido escuchadas. Fútbol al fin y al cabo.

• Sierra y selva

Participaron 96 adolescentes entre 15 y 17 años de las regiones de Junín, Ayacucho, Puno, Cusco, Amazonas y Ucayali.

• Puño en alto

Alrededor de 50 mil mujeres se inscribieron en fútbol femenino. Un número más que significativo.

• Bodas de plata

Los Juegos Deportivos Escolares Nacionales, organizados por el Ministerio de Educación, cumplieron 25 años.

Hoy somos más conscientes de que el deporte facilita la inclusión educativa". Susana Córdova, directora de E.Física,Minedu.

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