Marilyn Monroe

Un año de felicidad en Manhattan

En 1955, Marilyn Monroe rompió con Hollywood. Estaba en la cima de su carrera pero deseaba algo más. Por ello, llegó a La Gran Manzana, dispuesta a comenzar de cero. Fue el año más feliz de su vida. Este es un homenaje a la diva, 55 años después de su muerte.

Redacción LR

Domingo, 10 de Septiembre del 2017

Helio Ramos

Este aviso clasificado apareció en la prensa neoyorquina los primeros días de enero de 1955: “Mujer sencilla, treinta años, bien en todos los sentidos y hasta ahora muy puesta a prueba sentimentalmente, ingresos medios de quinientos mil dólares anuales, busca señor honesto, incluso calvo, y sensible para fundar un hogar prolífico. Escribir a Marilyn Monroe, Sutton Place, New York”. No hubo respuesta alguna.

La dirección, en el Medio Manhattan, era la del apartamento de Milton Green, un fotógrafo de celebridades, que acogió a Marilyn Monroe cuando ella decidió romper con los mandamases de Hollywood, dejar su estatus de estrella y viajar a Nueva York para empezar de cero, con el secreto deseo de interpretar un papel serio como actriz, tal vez la Grushenka de Los Hermanos Karamazov.

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El clasificado, como una botella arrojada al mar, evidenciaba el grado de soledad que la musa experimentó en vida, no obstante estar rodeada de mucha gente o haber amado a muchos hombres. Muy a pesar del deportista (Joe DiMaggio), el dramaturgo (Arthur Miller), el presidente (John F. Kennedy) y el pintor (Víctor Humareda), Marilyn necesitaba afecto.

Es un hecho, 1955 ofrece claves para entender su vida torturada. Es el punto medio entre la sex symbol –que empezó en cintas de bajo presupuesto, alcanzó el estrellato y luego fue convertida en “mercancía”–, y la que murió en raras circunstancias (¿accidente?, ¿suicidio?, ¿asesinato?), el 5 de agosto de 1962, por sobredosis de Nembutal. En medio de todo ello está el año que pasó en Nueva York.

Por qué Manhattan

En 1950, cinco años antes del decisivo viaje, la diva obtuvo el papel que la hizo despegar. Fue bajo la dirección de John Huston en La jungla de asfalto (1950). Aunque era una más en el reparto, se dio maña para destacar como Angela Phinlay, la chica rubia del abogado-gángster que no se sabía si estaba con los malos o con los buenos. Fue en este tiempo que conoció a Arthur Miller, el dramaturgo que retrataba en sus escritos a la clase media de esa Norteamérica de entreguerras y posdepresión. Antes de eso, figuró en musicales baratos, aunque sus caderas destacaron en Amor en Conserva (1948), con los Hermanos Marx. Luego haría de starlet boba en Eva al Desnudo (1950), de Joseph Mankiewicz, pero ni en esta ni con la de Huston, Marilyn logró afirmarse. Lo hizo un poco con Tempestad de pasiones y Niebla en el alma, las dos de 1952. En la primera logró hacer arder la pantalla con un papel anodino y en la segunda fue una diabólica niñera que no asustaba a nadie.

Esta última, sin embargo, es para la crítica Mónica Delgado, uno de los mejores papeles representados por Marilyn en toda su carrera, pues está lleno de matices, explota su sensualidad desde el suspenso y escapa, además, a los roles de mujer tonta y a las típicas performances de la comedia o el musical. “Sirve para valorar sus virtudes como actriz lejos de su imagen convencional”.

Con Niágara (1953) la Twentieth Century-Fox la reclutó a sus filas. Después vendrían Los caballeros las prefieren rubias y Cómo pescar un millonario, de 1953, o La tentación vive arriba (1954). Con todas, Marilyn se sintió una mercancía que reportaba millones a los grandes estudios. Estaba harta de trabajar en cadena (también estaba cansada de su matrimonio con Joe DiMaggio, un súper astro jubilado del béisbol que se pasaba la vida bebiendo cerveza frente al televisor).

Bajo esas especiales circunstancias conoció a Milton Green, quien fue a Los Ángeles, enviado por la revista Look, para hacerle un reportaje con foto de portada. Con él huyó de las fauces de Hollywood y viajó al planeta Nueva York en una aventura que modificó el curso de su vida.

Con él fundó Marilyn Monroe Productions y consiguió mejores condiciones (pago, escoger guion y director). Así rodó Bus Stop (1956), la primera película de su nueva etapa, donde hizo de una cabaretera sin talento que vegetaba en un bar de carretera en el sur estadounidense. Con él produjo El príncipe y la corista (1957). Contrató para ello a Sir Laurence Olivier.

La felicidad ja, ja

Aquel año neoyorquino, pese al enigmático clasificado que mandó publicar, sería el más feliz de su vida. Marilyn se matriculó en el Actors Studio que dirigía el legendario Lee Strasberg y se casó por civil y religioso con Arthur Miller, ese judío comunista a quien reencontró en La Gran Manzana. Cualquiera pensaría que con Strasberg –quien tuvo de alumnos a dioses del Olimpo como Marlon Brando, James Dean o Paul Newman–, ella sería solo una rubia que no sabía nada de actuación. Falso. Ella compareció ante él con humildad y él vio en ella “un tesoro”, propio de los grandes actores.

El crítico Ricardo Bedoya señala que Marilyn tenía la capacidad de moverse en varios niveles, porque se encarnaba a sí misma y el público la identificaba de inmediato. “Los métodos de actuación para ella sobraban, basaba su carisma en el contrato de amor que tenía con la cámara, que la amaba, dignificaba y la mostraba luminosa”. Marilyn era una artista de nuevo cuño.

Por aquella época, Miller le dio mucha seguridad. Por un rato fueron la combinación perfecta: la estrella más rutilante con el dramaturgo notable, el que incluso le escribió Los inadaptados, que Huston rodó en 1960. Ella lo apoyó cuando fue blanco de la caza de brujas del macartismo, pero posteriormente llegaron días de convivencia difíciles con abortos, depresión y tranquilizantes. Marilyn leía al poeta checo Rainer María Rilke y escribía versos en cuadernos y en hojas sueltas: Me gustaría estar muerta/ Me gustaría no haber existido/ Me gustan los puentes/ especialmente el de Brooklyn/ tan tranquilo a pesar del rugido de los automóviles, escribió una de esas noches insomnes.

En definitiva, el viaje a Nueva York sirvió para exorcisar algunas viñetas de su vida. Por ejemplo, la de la niña nacida en Los Ángeles, en 1926, y bautizada como Norma Jean Baker, hija de una cortadora de negativos en la RKO, que la entregó a orfelinatos y hogares de acogida, donde fue violada a los nueve y a los once años, por allegados de sus protectores, entre ellos fanáticos religiosos.

Pudo exorcisar a la chica de calendario, la ‘pin up’ que quería ser actriz (antes de cambiar su pelo de castaño a rubio platinado) y que se casaría, a los 16, con un mecánico de aviones, del que se divorció cuatro años después, poniendo fin a sus días de correcta ama de casa. También a esa diva de Hollywood, cuyo vestido plisado es levantado por el respiradero del metro, cuando pasaba por Lexington Avenue. O a esa otra que hojea el Ulises de James Joyce, en un parque de Long Island, y la muestra, no como la ‘rubia tonta’ que todos creen sino como una ratona de biblioteca que devora a los clásicos y a autores detentores del establishment tipo Norman Mailer y Jack Keroauc.

Hay una viñeta, no obstante, que jamás pudo exorcisar: la que, según el rigor mortis, tuvo cuando fue encontrada sin vida en su casa de Los Ángeles, con el pelo desteñido, sin sus dientes postizos, con prótesis mamarias, hinchada y con moretones en el cuerpo. Comida nutritiva para los leones del escándalo. Bien dijo Miguel Ríos en una canción: Marilyn Monroe ya está en el depósito y los mercaderes hacen de ella un negocio. (Con la colaboración de Ezzio Ramos).

Es un hecho, 1955 ofrece claves para entender su vida torturada. Es el punto medio entre la sex symbol y la que murió en raras circunstanciasLos métodos de actuación para ella sobraban, basaba su carisma en el contrato de amor que tenía con la cámara".

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