Javier Darío Restrepo

“El único amo que yo como periodista reconozco es mi lector” [VIDEO]

Periodista colombiano. Experto en ética periodística, catedrático de la Universidad de los Andes y conferencista en temas de comunicación social. Ha sido columnista en El Tiempo, El Espectador, El Colombiano y El Heraldo.

Maritza Espinoza

Domingo, 3 de Septiembre del 2017

Aún le asombra que la gente se interese en las cosas que escribe y anda tan ocupado a sus 85 años que no se da tiempo para entrar al Facebook ni al Twitter. Ha ejercido el periodismo por más de medio siglo, publicado veintitantos libros y respondido miles de preguntas en el Consultorio ético de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano que dirige. Javier Darío Restrepo, uno de los grandes maestros del periodismo de América Latina, estuvo en Lima para dictar una conferencia organizada por la UPC y la Fundación Gustavo Mohme, y aprovechamos para hablar con él de su tema favorito: periodistas y ética.

Ha venido a dar una conferencia sobre el futuro de los medios, ética y fuentes de financiamiento. ¿Por qué cobra relieve el tema de cómo se financia un medio?

Creo que es un tema vital en este momento. El futuro del periodismo está determinado por la cultura digital y la cultura digital, a su vez, ha determinado unos cambios radicales muy grandes en el periodismo, tan radicales que se puede decir que el periodismo que hemos venido haciendo hasta ahora va a desaparecer. Debe desaparecer.

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¿Por qué?

Entre otras razones, porque está erosionando todos los días más la credibilidad del periodismo. Ya la gente se acostumbró a pensar que, cuando tú haces un informe, digamos, sobre petróleo, hay una compañía petrolera por detrás que está pagándote lo que estás escribiendo. Ya es una especie de reflejo condicionado que tiene la gente: “¿a este quién le paga?” Y desde el momento en que la gente comienza a preguntarse eso ya no nos creen, ya nos están mirando como unos mercenarios. Y tal vez la acusación más grave y más ofensiva para un periodista es que se lo piense mercenario.

¿Cómo neutralizar eso?

Para que el calificativo de mercenario desaparezca, tienes que ganarte la confianza de la gente y uno se gana la confianza de la gente descubriendo las raíces de la desconfianza y una de las raíces es que la gente no cree que seamos independientes. Y una de las dependencias más nocivas para el periodista es la dependencia económica.

¿Particularmente la de la publicidad?

Precisamente es la publicidad fuente de la desconfianza, porque el periodista muchas veces se está subordinando a los intereses del que anuncia. A veces, en las redacciones –y tú lo conoces, yo lo conozco también- se impone esto: “Con el anunciante, mucho cuidado”.

Usted ha dicho que el rating es la maldición del periodismo. ¿El periodista no debe preocuparse por cuánto vende o qué audiencia tiene su medio?

No debe preocuparse por eso en absoluto. Debe tener una absoluta independencia respecto de eso. Uno, como periodista, no está para servir a la gerencia, ni servirle al periódico, ni servirle al director. Yo estoy para servirle a toda la sociedad a través de la información. Y lo que yo estoy ofreciendo como producto profesional es una información independiente y, entre las dependencias que limitan la capacidad del periodista para hacer una información, está esa de estarle sirviendo o a una empresa, o a un funcionario, o a un interés propio, o a un interés institucional. El único amo que yo como periodista reconozco es mi lector o mi receptor de información, porque ese es el que me vincula con la sociedad.

Si el anunciante no interfiere con la línea periodística, ¿el periodista debe preocuparse de quién anuncia en su medio? Por ejemplo, si Odebrecht es anunciante de mi medio, ¿me debo sentir incómoda?

Si no interfiere, yo no tengo por qué sentirme ni cómodo ni incómodo, sino absolutamente indiferente a que el señor Odebrecht esté anunciando en mi periódico. Desde el momento en que los intereses de Odebrecht estén interfiriendo con mi información, ahí sí tengo que sentirme incómodo. Y expresarlo. Yo no tengo por qué limitar mi información porque este señor esté dando una pauta, pequeña o gigantesca, al periódico. Ese es asunto de la gerencia. La gerencia tiene que tener, como función, que mi capacidad de informar no esté limitada por asuntos económicos, que viene a ser una posición completamente distinta de la posición que actualmente se tiene.

Hablando de Odebrecht, cuando saltó el escándalo, hubo un debate aquí, porque había financiado unos premios de periodismo del Instituto Peruano de Prensa y Sociedad (Ipys). Hubo quienes decían que debieron rechazar el auspicio y otros que el auspicio no condicionaba para nada los premios. ¿Qué opina?

Es un hábil recurso de publicidad y de relaciones públicas ponerse en el plan de financiar premios de periodismo. Quieras o no, el financiador interviene de alguna manera, así sea de un modo completamente pasivo. ¿Qué tal que el premio de periodismo se le vaya a dar a alguien que hizo una investigación, profundísima y clarísima, sobre la intervención de Odebrecht en las obras públicas de Perú? ¿Le van a dar el premio a esa persona? Y si le dan el premio, ¿el financiador se va a quedar indiferente? Tendríamos que estar hablando de un mundo de robots, aunque tampoco le doy toda la fe a los robots (risas).

Usted ha dicho que lo que hace falta es un concepto de la identidad profesional muy claro y muy sólido del periodista. ¿Qué es un periodista?

Hay una definición a la que yo he llegado, que no es exclusiva mía: el periodista es un servidor de lo público a través de la información. De modo que uno de los aspectos que caracterizan y diferencian a un periodista es que es alguien que conoce cuál es el interés público y que está siempre en plan de detectar cuál es el interés público en cada una de las informaciones que está cubriendo.

El periodismo de entretenimiento, como el de farándula, que es el que tiene la mayor lectoría y audiencia, ¿puede también dar algún tipo de aporte público?

Claro. Se ha dado por hecho que el periodismo de farándula es un periodismo superficial y que no tenemos nada que ver con eso. No. Me ha tocado organizar talleres con periodistas de farándula y lo primero que nos preguntamos es: ¿cuál es la contribución que la farándula está haciendo a lo público?

¿Y cuál es?

Allí se está educando, se está creando una sensibilidad. Y esa sensibilidad puede ser sensibilidad sensiblera o una sensibilidad que tiene algún fundamento en la relación con los demás.

La prensa del corazón, que en todos los países es una industria millonaria y vive al filo de violentar la privacidad de las celebridades, ¿también es un aporte?

Es un aporte en el sentido de que te enseña, primero, el valor de la intimidad…

¿Y si no la respeta?

Y si no la respeta, habrá quien señale ese gran defecto que tiene. Desde luego que allí viene a ser una contribución involuntaria del periodista del corazón que está acostumbrado a invadir la intimidad, y ya ese periodista no está haciendo ninguna contribución. Por el contrario: está haciendo daño.

Hay un fenómeno en países de empleo precario, que es el pase del periodista a la prensa institucional. ¿Un periodista que pasa a la prensa institucional y regresa al periodismo puede mantener su credibilidad?

Es bien importante eso. Cuando yo entro a servir en la esfera de lo público o de lo oficial, tengo que resolver de entrada un dilema: la información oficial o es propaganda o es información. Y tales como son los funcionarios, aman más la propaganda que la información… Y la propaganda es una verdad a medias: sólo lo que le conviene al producto y a la persona que te está pagando. En cambio, la información mira todos los aspectos.

¿Qué pasa con ese periodista cuando vuelve al ejercicio del periodismo?

Vuelve cojeando. La cojera se debe a que su credibilidad ha sido lesionada. Regresa: “Ah, es el que hacía la información del ministerio tal o del político tal”. Y cuando hacen esa reflexión los lectores o receptores de información caen en la cuenta y dicen: “Este estuvo haciendo propaganda un tiempo. ¿La seguirá haciendo?” Esa es la cojera. Y entonces a este periodista le toca comenzar a reconstruir su credibilidad casi que a partir de cero.

¿Puede el militante de un partido político ser un periodista independiente y con credibilidad?

Cada periodista, y es lo deseable, debe tener convicciones políticas, pero las tiene para él. No debe utilizar la información como un instrumento de lo que son sus decisiones personales. Esa es una forma deshonesta, tramposa, de utilizar la información.

¿Pero consciente o inconscientemente no se genera un sesgo si hay una militancia en un partido político?

Yo no lo llamaría sesgo, sino una decisión. Mi decisión es que mi información no esté a mi servicio. O puede ser aún mejor: mi decisión es que toda información tenga, como objetivo, ser útil para todos. Y ese es el gran ideal de uno como periodista.

No hablemos de partidos políticos, sino de religiones. ¿Un periodista muy católico puede ser totalmente objetivo cuando se trata de tocar temas que comprometen a la iglesia?

Tocas un punto en el que creo tener autoridad, porque yo dirijo una revista de tipo religioso…

Y ha sido sacerdote muchos años…

Eso. Sin embargo, hay algo a lo que una fe madura llega y es que ama la verdad por sobre cualquier institución. Entonces distingue muy bien entre lo que es la fe religiosa y lo que es la institución religiosa. La institución es un medio, no un fin. En cambio, el fin sí es que tú entiendas que la verdadera fe se manifiesta en el amor por los otros. Punto.

Pero, por ejemplo, en los casos de los sacerdotes pederastas, muchos periodistas han preferido negarlos, tal vez movidos por su fe religiosa.

Eso es muy demostrativo, porque, ¿qué le pasa a ese periodista? Que está creyendo más en la institución que en los objetivos de la institución. Se ha dado, incluso en el mismo Vaticano, el caso de sacerdotes y monseñores pederastas. Yo no tengo por qué ocultar eso. ¿Por qué tendría que defender a una institución de sus propias debilidades? La institución está para algo.

Oyéndolo hablar con esa seguridad sobre ética, me pregunto cuál ha sido el dilema más duro que se le ha presentado en el Consultorio Ético de la Fundación por el Nuevo Periodismo.

Hay un dilema duro, que se ha repetido varias veces, y es cuando está de por medio la vida de una persona. Lo acabo de tener. Me dice un periodista mexicano: “Yo cubro temas de narcotráfico y me han llegado muchas amenazas. Mi señora se ha dado cuenta y un día se cansó y me lo planteó: o dejas eso o me voy con los niños. ¿Qué hago?” Y yo le digo: No sé qué puedes hacer. Eres tú quien tiene que decidir lo que hay que hacer. Y cualquier cosa que decidas es respetable.

¿Y qué haría el periodista Javier Darío Restrepo si se le presenta ese dilema?

Pues a mí se me presentó ese dilema. Una hija mía, que era la que me estaba alfabetizando –y continúa haciéndolo- en materia de internet, veía mi computador y un día baja pálida y me dice: “¡Papi, mira lo que te está llegando!” Y eran mensajes de amenaza. El tema de convirtió en un problema de familia. Entonces, mi señora, Gloria, que aún vivía, me dijo: “Resuelve lo que tú creas conveniente”. Le agradecí profundamente y, naturalmente, seguí, pero tomando medidas de prudencia. Esa es una solución, pero hay otra: “Yo no voy a poner mi familia, ni mi tranquilidad, así que, señor jefe de redacción, cámbieme de fuentes”.

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