Marco Avilés

“El racismo es un sistema donde todos nos jodemos juntos”

Periodista y escritor.

 

Gabriela Wiener

Domingo, 13 de Agosto del 2017

Cuando Marco ve que un montón de cholas y cholos jóvenes le mandan selfies con su libro y le agradecen por haber escrito No soy tu cholo (Penguin Random House), recuerda qué tipo de cholo era él a fines de los noventa. Entonces nadie hablaba del tema y menos en un tono reivindicativo. “Fui un cholo solitario. Ocurre lo contrario con los cholos jóvenes de hoy: están reconociéndose, mirándose, sintiéndose acompañados”. Su manifiesto de la choledad rabiosa y orgullosa es una bomba, un artefacto de alta peligrosidad para el racismo. Que no nos sorprenda que se produzca un efecto cadena y le sigan “No soy tu serrano”, “No soy tu negro”, “No soy tu chino”. Que las páginas de sociales se llenen de cholos. Que la gente reaccione y denuncie cada vez que vea a gente “pagando condena por no ser blancos”. Soñar no cuesta nada, se necesita empezar a contestar preguntas como las que propone Avilés en este libro: “¿Es el racismo nuestro verdadero subdesarrollo?”

El libro empieza cuando te discriminan en una discoteca de Miraflores. Desde ese momento decides ser cholo. Sin embargo, ¿no ha sido ser cholo también no querer ser cholo?

Antes de ese episodio yo era un cholo que iba por el mundo pasando piola. Cuando ocurrió lo de la discoteca, entendí que ser cholo era algo que jamás iba a poder ocultar en un país donde serlo contrae un estigma. Yo era el editor de Etiqueta Negra pero, para muchos, importaba más mi color de piel, mi origen marginal. ¿Qué podía hacer? Volví a escuchar la música que escuchaba mi padre, viajé a Abancay con curiosidad de hijo pródigo y conversé con mis parientes sobre nuestros antepasados. Esto no ocurrió de inmediato, fue un proceso lento y solitario. Siempre fui cholo, lo que había cambiado era la manera de vivir la choledad. La choledad tiene ahora un sentido mucho más amplio, para mí, es un fenómeno universal, es el mestizaje, el mundo que estamos por conocer.

PUEDES VER Katya Adaui: “Estamos atravesando la culpa del sobreviviente”

"Acomplejado”, “racismo al revés”, “te dije cholito con cariño”, “todos somos cholos”, “te quieres blanquear”, ¿por qué hemos vivido tanto tiempo bajo esta cantidad de falacias? ¿Nos han estado haciendo cholitos todo este tiempo?

Me encantan esas frases porque ayudan a identificar a los negacionistas, esos que preferirían que te calles. ¿De qué te quejas si los cholos también discriminan?, dicen. El racismo no es el cholo que escupe al blanco o el blanco que le tira un puñete al cholo. El racismo es un sistema donde todos nos jodemos juntos. El habitante de ese centro (macho-blanco-urbano) a veces se vuelve un troll contra lo que amenaza su comodidad. Te llama acomplejado cuando denuncias el racismo. Caviar cuando hablas de ciudadanía. Feminazi cuando encaras el machismo. No es un centro político sino tribal. ¿Somos todos cholos? Tampoco. Los cholos solo somos un ingrediente de este país diverso. Uno de muchos. Y ni siquiera somos los más proscritos.

El otro día un grupo de gente comentaba que si eres tan reivindicativo con lo cholo por qué no te casaste con una chola y más bien lo hiciste con una gringa. ¿Es otra manera de cholearte?

Me preguntó lo mismo un conductor de RPP. ¿Por qué no te casaste con una cholita local?, me dijo. Es una visión bien tribal, ¿no? Tan tribal como la fantasía de las revistas de sociales, donde los blancos se casan entre blancos, tienen padrinos blancos, hijos blancos y vacacionan en balnearios llenos de blancos. Parecen tan obsesionados por la endogamia y el pedigrí como los Lanister de Game of Thrones. Lo cholo es todo lo contrario a esa cárcel mental: es la celebración de la mezcla, del encuentro, de la desobediencia y el amor libre de cojudeces criollas. Mis abuelos fueron una pareja que rompió esas barreras. Él era blanco. Ella, indígena. Los unió lo mismo que nos une a mi esposa y a mí: el amor. ¿De verdad estamos discutiendo de esto? Qué más prueba de que el racismo existe, ¿no?

Me interesa tu opinión sobre el papel de las redes sociales en la denuncia del racismo. ¿Cuál debe ser el protocolo cuando vemos un caso de choleo en lugares públicos o privados?

Me encantaría que quienes atestiguan esos episodios reaccionen de manera más diligente. Que en lugar de pararse a mirar con la boca abierta, tomen partido por la persona afectada y la defiendan y llamen a la policía. Esa solidaridad nos hará un mejor país. Sin embargo, en ninguno de los casos que vemos en las redes los testigos actúan, salvo quien saca el celular para elevar el hecho al tribunal de las redes. Con todo su salvajismo «callejero», las redes sociales han facilitado la difusión de la evidencia del racismo y de la consiguiente indignación, pero no han resuelto nada porque su papel no es ese. La solución de un problema tan terrible solo puede ser política.

Tu libro da herramientas al cholo. ¿Te interesa hacer ese tipo de pedagogía con el choleador? ¿Es el discriminado quien debe enseñar al discriminador?

La escuela y los medios nos enseñan a los cholos a asumir la culpa de los males del país: somos informales, marginales, ignorantes. Terrible. ¿Por qué, además de liberarnos de esta mentalidad, los discriminados tenemos que ilustrar al que nos discrimina? La respuesta la han encontrado las mujeres en su lucha: el macho no admitirá su privilegio porque negarlo (o no verlo) es la base de su reinado. Educar al discriminador (así sea a cocachos) es quitarle poder.

Una gran elección poner en la portada a la chola de Claudia Coca. ¿Qué puede hacer un cholo por las cholas?

Claudia Coca es lo máximo. Está trabajando sobre el tema desde mucho antes y con una claridad que ya quisiéramos muchos escritores. Como todo varón, el cholo tiene que empezar reconociendo su propio machismo. No hay posición más falsa que la del macho que proclama no ser machista. Esa es la actitud perfecta para, enseguida, decir que se trata de un problema que le corresponde resolver a otros o a otras. Me cuesta muchísimo –a diario– darme cuenta de cuán machista soy. Pero esto tampoco resuelve mucho. Lo difícil es construir la igualdad en casa. Al monstruo del machismo –como al del racismo– hay que comenzar matándolo en casa. Duele.

Te puede interesar

Nuestras portadas