Enrique Planas: "Nuestra generación llega a la paternidad sabiendo qué errores no quiere cometer"

En treinta microrelatos, Planas recorre los ángulos de la paternidad. No dando lecciones de cómo ser padre, sino de cómo ir haciéndonos preguntas.

18 Jun 2017 | 14:15 h

Ser papá es difícil. Tu vida ya no es la misma. Todo te preocupa, hasta la capa de ozono. El centro de todo ya no eres tú. Dejas ciertos vicios, y hasta puede que el humor te cambie. Abrazas la responsabilidad más importante de tu existencia. Y en el camino vas cometiendo los más grandes errores. Ser papá, en teoría y realidad, es vivir para tus hijos. Y de eso hablamos hoy con el escritor y periodista Enrique Planas
 
 
Antes de ser padre, muchas veces se cae en el egocentrismo. Pero cuando ya lo eres la perspectiva cambia. ¿Cómo fue en tu caso?
 
Ser padre es la línea que nos separa de la adolescencia. Básicamente, en la medida que has venido pensando en ti. Luego, ese pensamiento no vuelve a pasar nunca más. Siento que los cambios no son dramáticos. Ese conservadurismo que aparece como padre porque tú no quieres perder lo que se convierte en tu mayor tesoro. Tienes que evitar que esos miedos te dominen o te hagan tomar decisiones. Creo que la peor decisión es la que se toma con miedo. En ese sentido, se debe tomar distancia de eso. Mirar tu paternidad con distancia y ser capaz de evaluarte a ti mismo. Ahí están Los Simpson para enseñarnos que los padres somos los seres más tontos sobre la Tierra. Todos nuestros miedos al cambio se lo proyectamos a los niños. Creemos que por defenderlos el statu quo debe mantenerse. 
 
¿Qué cambios produjo en ti Monserrat? 
 
Y Joaquín. No he llegado a hacer un cuadro sinóptico de los cambios que he hecho. Primero, enfrentarte a lo complicado que es la vida. Uno está en la edad en el que crees que todo lo puedes resolver. Y de pronto está en tus manos una criatura tan delicada, que se enferma, que se golpea, que no puede caminar por sí misma. Eso es una cosa que te cambia fundamentalmente. 
 
Para los escritores, al menos de los que he leído,  el campo semántico era saberlo todo. A través de sus experiencias, de esa capacidad de meterse en sus protagonistas. Pero cuando están en la realidad, cometen los más grandes errores. Es algo que cuentas en el libro. Te encuentras frente a la pantalla de la computadora, sabes qué escribir, pero al estar con un niño eres fatal. 
 
Creo que nuestra generación, a diferencia de nuestros padres, llega a la paternidad sin saber muchas cosas, pero por lo menos sabe qué errores no quiere cometer. Uno de esos errores que no quiere cometer, en el caso mío, es la idea de papá lo sabe todo, que es el título de una serie terrible que daban en canal 4 en los años setenta. 
 
 
O tu papá, que fue de la generación de la posguerra. 
 
Así es. Mi padre decía “yo no me equivoco”. Podría estar profundamente equivocado, pero él no se equivocó. A él lo jalaron de año en quinto de secundaria. Nunca me lo dijo. ¿Por qué? Porque quería conservar ese poder. En nuestra generación sería ingenuo optar por el rol de decir que nuestro poder es inquebrantable. Lo que tratamos de hacer es comparar nuestras dudas. Comparar apuntes con nuestra pareja y tratar de resolver los problemas en común. Claro, siempre hay conflictos, debates, miedos. Otra cosa que le pasa a nuestra generación es que podemos asumir la inmadurez. Podemos compartir con nuestros hijos los mismos gustos por los superhéroes, por los dibujos animados. Mi padre escuchaba a Los Panchos y yo sufría. Escuchábamos otro tipo de música. 
 
Los Beatles.
 
Claro. Escuchábamos la música disco. Había un enorme abismo. Hoy sigue habiendo diferencias, pero hay más puentes. 
 
La palabra que más sacude en todas estas historias es miedo. ¿Qué virtud se construye a partir de ser padre? 
 
Creo que la única virtud es reconocer ese miedo. El miedo es una presencia permanente. En mis novelas siempre he trabajado el tema del miedo.
 
Por eso necesitas un superhéroe. 
 
Superhéroes que nos protegan de nosotros mismos. 
 
Esa escena de las dos niñas viendo al perro ladrar detrás de las rejas. Es claro que a nuestros padres les cuesta entender y asumen roles como si fuéramos adultos. Pienso que nacemos sin miedos, que son ellos quienes nos educan en ese ambiente. 
 
O en todo caso son los años los que han hecho que perdamos muchas batallas contra el miedo. Los niños y nuestras acciones nos recuerdan las percepciones del miedo, de nuestra conducta, de cómo enfrentarnos a los demás. Y esas dos niñas representan dos actitudes de cómo enfrentar al miedo: o atacando aquello que lo produce o quedándonos inmóviles. Esa imagen la convertí en un símbolo de todo lo que he escrito. 
 
Alguien me dijo que tenía temor de convertirse en el suyo. ¿Cómo lo desterramos? 
 
No lo vas a poder desterrar nunca. Siempre vas a terminar convertido en ese señor. Mientras más envejecemos, más nos parecemos. 
 
Pienso en la fragilidad de la palabra responsabilidad. Un padre puede educar bien a su hijo, pero éste puede cometer luego muchos errores. No se crece portándose bien. Muchas veces es más en rebeldía. 
 
Una de las cosas que más me dolía de la relación con mi padre es que nunca recordara cuando fue niño. Era como si los adultos llegaran así al mundo. Veía sus viejas fotos de niño y era lo más alejado.

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