30 de Junio de 2014 | 13:00 h

El cambio climático: ¿problema ambiental o ético?

COLUMNISTA INVITADO. Julio Alegría Galarreta, Ingeniero Agrónomo

Las bibliotecas del mundo se llenan de estudios. Cada año hay tantos foros mundiales y el Perú será anfitrión de uno de ellos. El discurso de los líderes que toman decisiones se repite: el cambio climático es un problema mundial a solucionar. Sin embargo, la situación medioambiental mundial va aceleradamente de mal en peor. El último informe tetra-anual del Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC) es contundente: el contenido de gases de efecto invernadero en la atmósfera está en su nivel más alto de los últimos 800,000 años, que el calentamiento global se debe a la acción del hombre y que los impactos que se producen sobre los recursos hídricos, sobre la flora y fauna de los ecosistemas, sobre la salud y vida humana y sobre las economías de las regiones del mundo, se están haciendo cada vez más agudos, catastróficos e irreversibles.

Pero, ¿se solucionarán los graves problemas derivados del calentamiento global, la crisis ambiental que la humanidad debe afrontar, reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero?, ¿La mitigación del cambio climático y la implementación de medidas de adaptación son solución al problema? Se parte del hecho que el Cambio Climático configurado mundialmente tiene causas antrópicas y no naturales. El problema medular no es la alta tasa de emisiones de gases de efecto invernadero. El problema de fondo no es tampoco la creciente vulnerabilidad del hombre y la sociedad frente al cambio climático, lo que se solucionaría desarrollando capacidades de adaptación.

El patrón, paradigma o modelo de desarrollo vigente, que se viene imponiendo desde el siglo pasado, no tiene respuestas frente a la crisis ambiental. Más bien la generó. El modelo busca un crecimiento económico continuo. La expansión de la economía está basada en el consumismo. Necesita de una “sociedad de consumo” y materialista donde el afán de lucro y el individualismo es su combustible. Inevitable e inexorablemente, el modelo conlleva a agudizar las diferencias entre ricos y pobres. Es decir, entre quienes están dentro y fuera del sistema. Según el mismo Banco Mundial, en los últimos 40 años se han duplicado las diferencias entre los 20 países más ricos y los 20 más pobres del planeta.

No debe esperarse que el cambio climático nos lleve hasta un umbral irreversible. Mejor dicho: no debemos llevar al cambio climático a un umbral irreversible. Aunque las vidas humanas, y las especies extinguidas ya no podrán recuperarse, revertir la situación está aún en manos del hombre, de la humanidad. Pero mientras más se postergue, el costo a pagar será mayor. Ojalá que este cambio lo emprenda sin ser motivado por un razonamiento pecuniario. Es decir, no solo porque no hacerlo es más caro, sino porque hacerlo es lo justo. Ojalá se perfeccione aquel refrán: “Donde termina el amor, empieza la ley”, por uno nuevo que proponga: “Solo donde existe el amor la ley tiene sentido”. Es decir, no por interés o conveniencia, no por temor a la sanción, no por miedo a la represión, sino por convicción.

Por ello, la solución no será un eventual acuerdo internacional como se pensó en el Protocolo de Kioto hace 18 años para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y financiar proyectos de adaptación al cambio climático. En el mejor de los casos, si el acuerdo se cumple, será solo un paliativo. Lo peligroso es que esto podría funcionar como bomba de tiempo postergando el desenlace fatal. La solución radical y duradera, la verdadera solución será la reeducación del hombre, que conlleve al cambio del modelo de desarrollo de la humanidad. Esto es tarea de todos.

 

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