Nelson Manrique

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La insurrección guerrillera del Valle del Mantaro (I)

“Andrés Avelino Cáceres dejó agentes con la consigna de organizar fuerzas guerrilleras en base al campesinado. En decenas de comunidades dieron un apoyo masivo”.

Luego de la exitosa emboscada de Sierra-Lumi, en la que el 2 de marzo de 1882 guerrilleros de la comunidad de Comas aniquilaron un escuadrón de 35 jinetes del escuadrón Yungay, la élite de la caballería chilena, la resistencia campesina se multiplicó en la región central. Andrés Avelino Cáceres se había replegado a Ayacucho para reorganizar sus fuerzas y no había ninguna fuerza militar que pudiera respaldar al campesinado del Valle del Mantaro, que actuó con sus propias fuerzas. 3600 soldados chilenos se distribuían por el valle; para comparar, la ciudad de Huancayo, la más importante, tenía 4053 habitantes, según el censo de 1876.

Inicialmente, hubo acciones inorgánicas, como respuesta a los abusos del invasor. Se atacó destacamentos chilenos en Tahualpuquio y Huarochirí, al norte del valle, y en Pazos, al sur, el 3 de abril. El 8 varias comunidades de la margen derecha de Jauja se negaron a pagar los cupos, lo cual fue informado al comando chileno por el colaboracionista alcalde de la ciudad, el cura Pedro Teodoro Reyes. Al otro extremo del valle, en Ñahuinpuquio y Acostambo, fuerzas guerrilleras hostigaron a una columna dirigida por el comandante Barahona.

Al replegarse hacia Ayacucho Andrés Avelino Cáceres dejó agentes con la consigna de organizar fuerzas guerrilleras en base al campesinado de la región. Éstos tuvieron una notable acogida. En decenas de comunidades se realizaron cabildos abiertos que dieron un apoyo masivo a la iniciativa. Jugaron un destacado rol soldados y clases sobrevivientes de las acciones de San Juan y Miraflores.

La incertidumbre reinaba en el alto mando chileno, que observaba con preocupación los acontecimientos. Destacamentos de reconocimiento no pudieron averiguar gran cosa, debido al repudio popular que provocaban

Las fuerzas guerrilleras se conformaron en torno a los notables de la localidad, algunos de los cuales ostentaban grados militares, como oficiales de milicia. Los nombramientos eran enviados después a Cáceres para su ratificación, a su cuartel de Ayacucho. En Sicaya se organizaron tres grupos, bajo el comando de Felipe Santiago Esponda, gobernador y coronel de la Guardia Nacional. En la comunidad de Sincos se realizó una reunión el día 11, designando como jefe de las fuerzas militares del distrito al capitán José María Béjar: “Atendiendo a las circunstancias actuales -dice el acta de la reunión- en que atrabiesa el País embadida por las fuerzas chilenas, todos los hijos del pueblo unánime y voluntariamente ofrecieron a tomar las armas en defensa de la honra Nacional (…) en cuya virtud ofrecemos rechasar al invasor enemigo y cuadyu bar a todos los pueblos aliados del tránsito” (se ha respetado la ortografía del original). Se enumeraba a continuación las sanciones reservadas para quienes incumplieran el compromiso asumido, que incluían la confiscación de sus terrenos y declararlos traidores de lesa patria. Un cabildo abierto convocado el 12 de abril en Chupaca eligió como jefe al gobernador del distrito, Manuel María Flores. Acudieron voluntarios de Pilcomayo, Huamancaca, Ahuac, Huáchac, se reunió un contingente de 900 guerrilleros.

Los comuneros no se hacían ilusiones acerca de lo que se avecinaba. Chupaca tenía, al otro lado del río Mantaro, al grueso de las fuerzas de ocupación, acantonadas en Huancayo. A una distancia aún menor, las fuerzas guerrilleras de Sincos, Mito, Orcotuna y Huaripampa tenían al frente importantes guarniciones militares chilenas, con base en las ciudades de Concepción y Jauja.

Estanislao del Canto, el jefe de las fuerzas de ocupación, debía hacer la próxima jugada, y la hizo.

Continuaremos.