Elogio del resentimiento

José Agüero
3 M08 2019 | 00:53h

Hace muchos años regresaba a casa en la combi. Como no tenía sencillo, el cobrador se molestó, demoró en darme el cambio, me agredió verbalmente, y en alianza con el chofer, me hizo pasar varias cuadras de mi paradero.

Furioso porque el carro seguía avanzando, harto de pelear, decidí pasar la raya. Solté: “Para qué discutir con un ignorante”. La discusión se acabó. Gané, claro. Él callaba, fingiendo contar monedas. Por fin el carro se detuvo. El cobrador susurró: no todos tenemos la suerte de estudiar. De ir, como tú, a la universidad. No me miraba.

Me bajé. Desde que lancé el “ignorante” me había arrepentido. Pero ya estaba dicho. Sí, él me había agredido. Pero yo sabía que estábamos en posiciones diferentes. Uno sabe cuándo tiene el privilegio de su lado.

Resentirse es ser agraviado y no poder responder, guardar el rencor con impotencia. En el Perú se usa la palabra para descalificar a los que, ya siendo subalternos, y habiendo sufrido, además dejan que se les note: indio resentido, serrano rencoroso, chuncho acomplejado. Es una palabra con poder, que sirve para sobre-despreciar a sus portadores. Para agregar a la desventaja un elemento esencialista. “Son así”. “No son confiables”.

Pero nadie se resiente gratis. Sugiero recuperar esa palabra y no convertir en falla el propio sentimiento, como si encima uno tenga que sentirse culpable por ser humillado. Reconocer su lugar en nuestras vidas intentando transformar sus causas agraviantes: la violencia, el abuso, el ninguneo…