Las mujeres de la Independencia

Mural de Alexandra Torres para la exposición Emancipadas y Emancipadoras (2019), en el Centro Cultural de España.

Casi 200 años después del nacimiento de la República, muchos peruanos todavía desconocen la importancia de la mujer en las luchas por la Independencia. La historiadora Sara Beatriz Guardia explica cómo es que la historia oficial, escrita “por hombres para hombres”, ignoró durante tanto tiempo el verdadero papel de Micaela Bastidas y la existencia de heroínas como Cecilia Túpac Amaru o Tomasa Tito Condemayta.

Óscar Miranda
26 Jul 2020 | 22:26 h

En una de las paredes del Panteón de los Próceres, en la Casona de San Marcos, hay una placa de color negro, con los nombres grabados de 92 mujeres.

Son 75 adultas y 17 niñas. La placa, colocada por el Centro de Estudios Histórico Militares del Perú, las llama “las mártires de la Caravana de la Muerte”. Lo que ocurrió con ellas no aparece en los libros de texto. Durante años, para la historia oficial ellas nunca existieron.

Esas mujeres participaron en la insurrección libertadora de Túpac Amaru y Micaela Bastidas o eran familiares de algunos de sus líderes. Dos años después de que la insurrección fuera aplastada salvajemente, fueron sentenciadas al destierro.

Las obligaron, entonces, a emprender un viaje desde el Cusco hasta el Callao. Un recorrido de 1,400 kilómetros que les tomó tres meses y que tuvieron que hacer a pie. Descalzas. En el Callao debían abordar un buque que las llevaría a México. Pero la mayoría no sobrevivió al viaje. Murió en el camino, de cansancio, hambre, sed o enfermedad. Otras, murieron en la travesía en altamar.

Murieron condenadas por haber luchado tratando de librar al país del yugo español, pero casi nadie sabe de su existencia. Apenas, algunas líneas en algunos de los libros de historia sobre Túpac Amaru. Y la placa de color negro en el Panteón de los Próceres.

MUJERES DESCONOCIDAS

–Lo que les sucedió a estas mujeres fue terrible. Y nadie las recuerda.

Quien habla es la historiadora Sara Beatriz Guardia, una de las mayores investigadoras y difusoras del papel que cumplieron las mujeres peruanas en la historia, incluido el proceso de la Independencia.

–En las conferencias que doy yo a veces pregunto “¿Puede levantar la mano alguien que sepa de la Caravana de la Muerte?”. Y nadie levanta la mano, todos se miran. Nadie conoce la historia de estas mujeres.

Es un ejemplo entre muchos otros. Durante décadas, lo que nos enseñaron en la escuela es que San Martín y Bolívar liberaron al Perú, que la liberación se consolidó en las batallas de Junín y de Ayacucho y que el precursor de esta liberación fue Túpac Amaru.

–La mujer no tiene una presencia en la historia de las luchas por la Independencia– dice Sara Beatriz Guardia. –La historia las omitió.

Y la razón fue –agrega– que durante mucho tiempo la historia oficial de la Independencia fue escrita por hombres de la elite que se dirigían a otros hombres de la elite y en la que lo que importaba eran la política, las batallas, los acuerdos y las pugnas por el poder.

–Es una historia eurocentrista, contada con el sistema de valores de la cultura europea. Y no solo omitió la participación de la mujer. Es una historia que no permitió conocer a las culturas prehispánicas ni todo lo que ocurrió antes de la Conquista.

Durante este tiempo, que se prolongó hasta los años setenta, el rol que cumplieron las mujeres fue reducido, minimizado o directamente ignorado. Apenas se habló de María Parado de Bellido y de Micaela Bastidas, esta última presentada solo como la esposa y colaboradora de Túpac Amaru.

En 1984, Sara Beatriz Guardia publicó Mujeres peruanas. El otro lado de la historia. Gracias a libros como este y otros, los peruanos comenzamos a conocer el verdadero papel que cumplieron figuras como Bastidas o Tomasa Tito Condemayta.

HEROÍNAS DE LA REBELIÓN

Micaela Bastidas no “colaboró” con la insurrección de Túpac Amaru. La colideró. Las investigaciones demuestran que, cuando él partió al altiplano para cortar la ruta de abastecimiento al Cusco, ella quedó al mando de las fuerzas en Tungasuca: daba órdenes, otorgaba salvoconductos, enviaba advertencias a los gobernadores españoles. Los consejeros de su esposo le consultaban sus decisiones y la trataban de “muy señora mía” e inclusive “señora gobernadora”.

En las cartas que cruza con Túpac Amaru se percibe su carácter y su condición de mano derecha: no solo lo aconseja, sino que, cuando es necesario, lo reconviene. En una carta del 6 de diciembre de 1780 le reprocha agriamente haber desoído su consejo de marchar al Cusco. Y en una carta siguiente le anuncia que ha decidido marchar sola. A fines de ese mes, como se sabe, sitian la Ciudad Imperial, pero, repelidos por caciques aliados del gobierno español, deben replegarse.

Tras la captura, durante el juicio, los testigos presentados por los españoles la acusan de comandar personalmente varias expediciones, de incentivar a los indios a que se unieran a la lucha y de impartir órdenes “con más vigor que su propio marido”, según cuenta Sara Beatriz Guardia en Mujeres peruanas...

Junto a ella estuvo Tomasa Tito Condemayta, cacica de Acos, propietaria de casas, fundos, animales y otros bienes, que puso a disposición de la rebelión. Ella lideró una brigada de mujeres que defendió un puente en Paruro de las tropas españolas y comandó a uno de los grupos que llegó hasta el cerro Piccho en el sitio al Cusco. “Su éxito fue de tal envergadura que los españoles lo consideraron como ‘una obra de brujería’”, cuenta Guardia en su libro.

Tito Condemayta fue ejecutada por la pena del garrote. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una picota en el sitio más alto de su pueblo.

A Bastidas le cortaron la lengua y le aplicaron el garrote, “que padeció infinito, porque teniendo el cuello muy delgado, no podía el torno ahogarla, y fue menester que los verdugos (…) dándole patadas en el estómago y pechos, la acabasen de matar”. Su cabeza fue expuesta varios días en el cerro Piccho y sus brazos y piernas enviados a distintas partes del sur del país.

Cecilia Túpac Amaru, prima de José Gabriel Condorcanqui y casada con uno de sus principales capitanes, participó activamente en el sitio del Cusco. Fue condenada a recibir doscientos azotes ya diez años de destierro en un convento en México. No llegó a partir. Murió en la cárcel.

IMÁGENES ACRIOLLADAS

La Independencia tuvo muchas otras heroínas. María Parado de Bellido, la huamanguina que alertó a las fuerza patriotas de una emboscada realista y que murió fusilada negándose a revelar a sus informantes. Su paisana Ventura Ccalamaqui, que arengó a cientos de campesinas de Huamanga para levantarse ante un destacamento español. O las heroínas Toledo, que lideraron a los ciudadanos que derribaron un puente por el que iban entrar los españoles a la ciudad de Concepción. Y muchas otras.

No solo fueron ignoradas o minimizadas. Aquellas a las que con los años se les reconoció históricamente, como Parado de Bellido o Micaela Bastidas, fueron presentadas visualmente de forma que se disimuló sus rasgos indígenas y, en el caso de la heroína cusqueña, probablemente afroperuanos.

–La representación más popular de Micaela es la de una mujer blanqueada con el cuello alargado, una imagen totalmente estilizada– dice Karen Bernedo, curadora de la exposición Emancipadas y Emancipadoras, presentada en marzo del año pasado en Lima. –Este tipo de imágenes, popularizadas en las láminas escolares, alimentan el imaginario de los peruanos sobre las heroínas de la Independencia. Mujeres blanqueadas, aburguesadas, acriolladas. El Bicentenario es un buen momento para problematizar este imaginario y estas imágenes.

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