Mariano Carranza: El hombre detrás de la cámara

Bancos de cerebros, bailarines de tap con una sola pierna, asesinos redimidos por el arte. Fijaciones de Mariano Carranza, un documentalista peruano afincado en Nueva York. En la diversidad, el gusto.

En La Paz, un grupo de mujeres escala nevados para empoderarse.

Renzo Gómez
25 08 2019 | 17:00h

Un asesino que descuartizó a su hermano, y en la soledad de la cárcel se volvió pintor (LU. CU.MA); un drag queen mexicano, campeón de la lucha libre en uno de los países más machistas del continente (Cassandro, el Exótico); un prisionero de Auschwitz que ha confeccionado los trajes de los presidentes de los Estados Unidos de los últimos sesenta años (Martin Greenfield); el hombre que le da voz a Mario Bros, el gasfitero más famoso de los videojuegos (Charles Martinet); una mexicana que prepara comida haitiana en la ciudad fronteriza de Tijuana para que los inmigrantes haitianos sientan menos desolación (Fausta Rosalía); una española que posee una de las colecciones más monumentales de la música latina (Alejandra Fierro Eleta más conocida como Gladys Palmera); un bailarín de tap que perdió la pierna derecha a causa de un cáncer a los huesos, que no ha parado de bailar (Evan Ruggiero).

Y la lista sigue. En menos de una década contando historias en video, el baúl de personajes de Mariano Carranza es asombroso. Cada cual con sus tragedias, conquistas y complejidades. Pero ¿de quién se trata? ¿Cuáles son sus inquietudes? ¿Por qué hace lo que hace? Esta es la historia de un limeño, de raíces huanuqueñas, que vive en Nueva York desde hace doce años, con los ojos siempre puestos en Latinoamérica.

Desde hace tres años y medio, Mariano produce minidocumentales para Great Big Story, una sección de la cadena CNN que tiene el reto de contar historias con profundidad en menos de cuatro minutos para Internet. Al parecer lo vienen haciendo bien: este año recibieron su tercera nominación a los premios Emmy.

Mientras estudiaba en la Escuela de Cine de la Universidad de Nueva York, Mariano ingresó a Vice —la compañía canadiense de televisión, radio y medios digitales que empezó como una revista—, donde escaló desde practicante hasta productor asociado.

“La idea de Vice es hacer las cosas inteligentes de manera estúpida y las cosas estúpidas de manera inteligente”, dice desde Brooklyn.

La curiosidad, desde luego, le brotó desde mucho antes, en los viajes familiares, y a raíz de su cercanía con Tito Bonicelli, amigo de su hermano y guionista de Días de Santiago (2004). A los 16 años, antes de terminar el colegio, viajó a Iquitos y retrató el exótico mercado de Belén. Le valió para ganar un concurso escolar a nivel nacional. A los 18 años se despidió del Perú, una patria a la que retorna por lo menos una vez al año para abrazar a los suyos, tomarse unas ‘chelas’ con los ‘patas’, pero también para grabar.

Prueba de ello es el documental sobre Los Saicos, esa banda sesentera, nacida en Lince, cuya leyenda les puso el rótulo de ser los creadores del punk. O de The 124-foot Bridge Woven by Hand (El puente de 124 pies tejido a mano) donde filmó la construcción del Q’eswachaka, ese puente de cuerda que se renueva cada año sobre el río Apurímac. Historias conocidas, en menor o mayor medida por aquí, pero que avivan los ojos del público ‘gringo’. De alguna manera, es un embajador audiovisual.

“Sería egoísta de mi parte decir que son mis historias. Les pertenecen a sus personajes. Solo los ayudo a que las cuenten de la mejor manera”.

En efecto, Mariano Carranza es una especie de curador. Sus historias son narradas por sus mismos protagonistas, con cortes muy rápidos, pero con un alto sentido de la estética. Y por qué no, de la innovación.

En el 2013, cuando Uruguay se convirtió en el primer país en legalizar la marihuana, se fumó un ‘bate’ junto a su reportero frente al entonces presidente José Mujica. Años después visitó las instalaciones del Banco de cerebros de Harvard, un centro de investigación dedicado al estudio de las conexiones neuronales y los trastornos cerebrales. Y por aquel tiempo acompañó a un grupo de mujeres bolivianas, en La Paz, que escalan nevados para empoderarse.

“El documental es un arma social muy poderosa. Pone los reflectores en sitios donde normalmente no están, y les da voz a quienes no suelen estar representados”, dice Mariano Carranza, el hombre detrás de la cámara.


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