Payaso general

Maritza Espinoza
05 May 2019 | 3:22 h

A Edwin Donayre, ese personajillo caricaturesco y xenófobo que se hizo tan familiar por sus patochadas y bravuconerías, los peruanos no lo necesitamos para nada más que para verlo entrando a la cárcel.

No lo echaremos de menos en el Congreso, donde, en tres años, no produjo ninguna ley que valiera medianamente la pena. Tampoco lo echaremos de menos como figura castrense, porque perdió toda dignidad cuando firmó la nefasta acta de sujeción a Vladimiro Montesinos, hace ya más de dos décadas. No lo extrañaremos narrando, con ese su estilo compadrito y gritón, el próximo desfile de fiestas patrias. Ni siquiera se le echará en falta como personaje cómico, porque definitivamente la imitación que le hace Carlos Álvarez le gana en autenticidad y simpatía.

A Edwin Donayre, ese personajillo caricaturesco y xenófobo que se hizo tan familiar por sus patochadas y bravuconerías, los peruanos no lo necesitamos para nada más que para verlo entrando a la cárcel, donde debería estar desde el jueves pasado, cuando el Congreso le retiró la inmunidad parlamentaria, rompiendo el blindaje que lo acompañó durante todo su olvidable paso por ese poder del Estado.

Y no es que de pronto el aprofujimorismo, la fuerza que lo sostuvo durante todos estos años a cambio de su incondicionalidad de topo desfachatado -un estudio reveló que el 92% de todos sus votos siguieron las consignas de Fuerza Popular-, haya visto la luz de la decencia, sino que, tras muchas escaramuzas y leguleyadas, la Corte Suprema determinó el lunes pasado que, sí pues, el susodicho era culpable de haberse birlado ochenta mil galones de gasolina cuando era responsable de la Región militar sur (poco después, ya hecha la denuncia, se convertiría en Comandante General del Ejército, por fina cortesía del gobierno de Alan García).

Aunque robarse la gasolina del Ejército sea, para muchos militares corruptos, un deporte que practican desde el inicio mismo de sus carreras, uno puede percibir la dimensión de la felonía si se toma en cuenta lo obvio: que ese combustible es para abastecer a los vehículos destinados a la defensa del país. Es decir, es tan grave como sobrevalorar las compras de armas. Un delito que, si se perpetrara en tiempos de guerra, se consideraría traición a la patria, causal de aplicación de la pena de muerte.

Pero gasolinazo más o gasolinazo menos, las barbaridades cometidas por el general-payaso son incontables. Todos recordamos sus frecuentes expresiones xenofóbicas contra chilenos y argentinos, como cuando, en una ceremonia castrense, nos puso al borde de un conflicto diplomático al decir: "acá, chileno que entra ya no sale. O sale en cajón. Y si no hay suficientes cajones, saldrán en bolsas plásticas." O cuando, en un desfile militar, sentenció: “Estos son caballos argentinos, la escolta del presidente debe ser con caballos peruanos”.

Y más reciente, e igualmente repudiable, fue su incursión, disfrazado de “turista mudo”, en el Lugar de la memoria, con el fin de “terruquear” el trabajo de esa institución -dejando, en el camino, a una joven guía sin empleo-, mientras, por otro lado, confesaba, en abierta contradicción con su propio discurso, que había conciliado con “subversivos y terroristas, al punto que uno de ellos, excompañero de colegio, era un empresario que le hacía donaciones de campaña.

Pero, ¿toda la culpa de tener a un tipo como Donayre de congresista es suya? Seamos francos, si bien es culpable del gasolinazo y de los otros desmadres, la responsabilidad debe ser plenamente compartida por los dirigentes del partido Alianza para el Progreso, que no tuvieron ningún empacho en llevarlo en su lista al Congreso el 2016 y que ahora silban mirando al techo, a pesar de que entonces ya se conocía la mayor parte de denuncias en su contra. Y, por supuesto, por la alianza aprofujimorista, que dilató interesadamente el levantamiento de su inmunidad parlamentaria, circunstancia que fue aprovechada por el exgeneral para hacerse humo, al mejor estilo Hinostroza.

Finalmente, es hora de que reflexionen también sus votantes que, sabiendo perfectamente quién era, lo pusieron en el Congreso de la República. ¿En serio pensaban que podía hacer un buen papel alguien que, también narrando un desfile, confundió el virus AH1N1 con el VIH? Y hay que darnos golpes de pecho de que no haya intentado la presidencia, como era su confesa intención. Porque Donayre, a la luz de su trayectoria, de sus delitos y de su cobarde huida, justifica plenamente aquello de que “cada país tiene los políticos que se merece”.

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