La marinera de los campeones del pueblo

La policía Marianela Díaz y el promotor cultural Fernando Urcia brillaron con su estilo shilico en la final del 58° Concurso Nacional y Mundial de Marinera, en Trujillo. Esta es la historia de la pareja que sin ocupar el primer lugar se convirtió en la preferida del público.

Milagros Berríos

Domingo, 4 de Febrero del 2018

Un bailarín ha caído en la competencia. "¡Ooohhh!", revienta el eco en el coliseo cerrado Gran Chimú, de Trujillo. Fernando está en el suelo, poncho negro en la espalda, sombrero de palma en la cabeza. Marianela, su pareja, congela su sonrisa en plena final de campeonato, le tiende la mano y lo reincorpora al ritmo de la marinera. Fernando se levanta sonriente. Han pasado solo dos segundos y el público ya no sabe si lo que vio fue un resbalón o un paso de baile. Marianela tampoco.

La única pareja de poncho y falda de campo, descalza y ensombrerada, golpea el suelo. Punta, taco y 'zapateo machete'. Mueve sus pañuelos de arriba a abajo como látigos. El público estalla, grita, aplaude. Celebra el baile después de una fugaz caída. Las miles de almas en el Gran Chimú corean la victoria de los dos bailarines sin que la competencia haya concluido.

Pareja 160. Pista 2. El azar bautizó así a la policía Marianela Díaz Gutiérrez y al gestor cultural Fernando Urcia Castañeda en el 58° Concurso Nacional y 8° Mundial de Marinera, realizado hace una semana en Trujillo. Una competencia de siete días, más de 1.200 participantes. El mayor evento de su tipo en el mundo. Allí, la pareja de vida limeña, y sangre cajamarquina, ocupó el tercer lugar en la categoría senior (de 35 a 50 años), pero se convirtió en campeona. En "la campeona del pueblo".

 

Fuerza campesina

La marinera arranca. Marianela, de 42 años, deja su canasta de quesillo y chocolates a un costado, se saca los llanques negros y desentraña su pañuelo del pecho. Comienza el 'zapateo machete' alrededor de Fernando. Sus pies se elevan más arriba de las rodillas y caen rápido como quien corta un arbusto. Marianela levanta su falda campesina. Su pareja acomoda el poncho de su abuelo. Avanzan y retroceden sin despegar sus miradas. De pronto, entrecruzan sus brazos y zapatean. Bailan unidos en una competencia donde el hombre y la mujer no deben tocarse, según explican los entendidos. Pero "¡Vamos, mi chola, vamos!", se jaranea Fernando. "Es que así bailo yo -explica luego la policía-: Muy fuerte. Muy chola".

Esa marinera norteña, de estilo shilico (Celendín, provincia de Cajamarca) sin trajes de garbo virreinal, de trenzas serranas y "pata calata", paralizó el Gran Chimú y, luego, las redes sociales: "Verdaderos campeones", "Me emocioné hasta las lágrimas", "La marinera natural sin malabares", "Campeones del pueblo pareja 160. Hermoso baile, total sentimiento, full zapateo y garbo", dicen los comentarios en Youtube que, incluso, alivian: "Hasta la caída fue hermosa".

–Sí, me caí. Pero me caí hacia ti–. Fernando recuerda su resbalón frente a Marianela.

–Ves, por más "pata calata" que seas, debes ser un caballero. Engalanar, lucir a la mujer, respetarla –responde "Nena".

Aquella era la primera vez que Fernando, un gestor cultural e ingeniero forestal, pisaba el coliseo Gran Chimú en los cinco años que asiste a concursos (donde, generalmente, campeona). Era la primera vez que bailaba en la más grande competencia de marinera en el mundo, y en la que obtenía un tercer puesto con sabor a triunfo absoluto.

La inesperada fama los ha perseguido la última semana. Los reconocen en los buses de transporte público: "Eres la 160, ¿no?", les preguntaban en Trujillo. Aparecen en videos virales, reciben cientos de solicitudes de amistad y mensajes privados en Facebook, las barras de las parejas competidoras los felicitan y hasta han sido invitados a festivales de marinera en Santiago de Chile, Washington y Cajamarca. En esta última ciudad, el alcalde pensaba que eran sus paisanos.

 

Danzantes de barrio

Fernando y Marianela se conocieron antes de que aprendieran a caminar, en el cruce de los jirones Moquegua y Rímac en San Martín de Porres. Allí, en los ochenta, donde los vecinos organizaban actuaciones y fiestas, crearon el equipo de fútbol Racing Club San Martín.

En ese barrio, Fernando creció con su familia materna, la de Celendín (Cajamarca), la de los carnavales, las fiestas patronales y las chacras. La de las marineras con fugas de huaino y los pequeños golpes de cadera en plena yunza. "Todos son shilicos, pero yo soy el más shilico de todos", advierte.

La policía y periodista, Marianela, nació en Celendín, pero la inscribieron en Lima. Fue Fénix, estuvo en Tránsito, Diprove, Zona Sur, Emergencias. "Pero antes de ser policía, yo ya bailaba". Su profesión detuvo su pasión por 18 años. Un grave accidente -con fracturas en las piernas y la cervical- la obligó a ver los concursos de marinera desde su casa. Durante seis meses, la bailarina no podía caminar.

De hecho, el concurso que la convirtió en la "campeona del pueblo" ha sido su retorno a las grandes ligas después de más de veinte años. "Mi rehabilitación ha sido la marinera. Eso hizo que vuelva a caminar", dice Marianela, con los pies hinchados de tanto baile.

 

Por su sangre

Hace una semana, en la pista 2 del Gran Chimú, Fernando llevaba el pañuelo con rayas celestes que le robó a su abuelo, el hacendado cajamarquino Salomón Castañeda. Cerca de su corazón, un pequeño escapulario de la Virgen del Carmen estaba sujeto con un imperdible a su camisa. Adentro, cubiertas, las fotos de sus abuelos de Pacasmayo y Celendín lo acompañaban.

La misma Virgen del Carmen, la patrona de Celendín, estaba en la medalla de Marianela, que le regaló su abuela hace años y que ella guardaba debajo de su blusa en el coliseo.

En sus tres años como pareja de baile, ambos han decidido rendirle un homenaje a los peruanos del campo."La marinera es la mujer peruana en sus diversos trajes. Garbo, salero. Las campesinas también expresan elegancia".

Así, en setiembre y octubre, los bailarines visitaron museos, plazas de armas y festivales en Cajamarca. Investigaron su tierra. Un amigo les prestó un traje de San Miguel, otro le dio el sombrero de palma de su abuelo; y las canastas de quesillo, la rueca y la lana de oveja la compraron en el mercado central de Cajamarca.

En la final del concurso, donde llegaron después de superar a más de 60 parejas senior, usaron el traje de campo de las mujeres de Celendín: chompa de lana fucsia, falda de tela escocesa, y un rebozo para Marianela. Fernando llevó una alforja, una faja, y el poncho de lana de oveja de su abuelo.

"Nuestro estilo es uno del pueblo. No existe una forma de bailar marinera. Debe ser libre -dice Fernando-. Siempre hay que bailar con la verdad".

El día en que se convirtieron en los "Campeones del Pueblo", Marianela y Fernando zapateaban con potencia, se abrazaban como en fiesta patronal. Uno iba detrás del otro. Entrelazaban sus pañuelos y daban vueltas y vueltas. El público festejaba. El papel podía decir que no se toquen, que no debían resbalarse. Pero en el campo, las reglas son otras. Su entrenador Álex Álvarez ya les había lanzado una advertencia antes de salir a la pista de baile: "Aquí, o los aman, o los odian". Ya sabemos lo que pasó.

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