Sergio Llusera: “En el Perú es como si el espacio de reflexión que abre la creación artística diera miedo”

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10 Oct 2015 | 4:07 h

Máster en Artes Escénicas por la Universidad de Alcalá de Henares. Se ha formado con Roberto Ángeles, Alberto Ísola y Edgar Saba. Como director ha puesto en escena Flechas del Ángel del Olvido, Chau Misterix, entre otras obras.

¿Cuándo nació el director dentro del actor? Sergio Llusera tiene una teoría. Fue en el año 2004, cuando partió a Barcelona “a cerrar una serie de procesos personales” y, de repente, el hecho de estar en una ciudad donde no tenía los referentes cotidianos disparó “su necesidad de decir cosas a través del teatro”. "Ya la actuación sola no era suficiente, necesitaba organizar yo las historias, dar mi punto de vista. Había trabajado en Lima con diferentes directores. Y una de las cosas que aprendí es que el director es un creador de universos. Yo añoraba en Lima montajes teatrales cercanos a mi mirada, a mi sensibilidad. Veía trabajos que me encantaban, pero sentía que faltaba algo. Y regresé a Lima el 2006 para dirigir un proyecto y ver qué tal". Y funcionó, confiesa hoy, cuando acaba de reestrenar ¿Quieres estar conmigo? en el teatro de la Universidad del Pacífico, la obra que escribieran en el 1978 Ángeles y Cabada, y que se montara en el 88, luego en el 94, y que en pleno 2015 sigue recogiendo el espíritu de una época y los sueños de cambio de un país en crisis.
 

¿Por qué el teatro y por qué no otra cosa?

Por la necesidad de contar historias que de no salir me atormentarían, por decirlo de manera dramática.
 
Quieres estar conmigo fue, de alguna manera, una obra emblemática para un incipiente público juvenil de teatro en Lima. ¿A qué crees que se debe que se haya mantenido en la memoria de tanta gente de nuestra generación?
 
A que sigue vigente. Más allá de los conflictos específicos, la problemática que toca la obra subsiste. Ahora todo es más políticamente correcto y hay algunas brechas que quizás se han acortado, pero queda muchísimo por recorrer. Es una obra que habla sobre la necesidad de construir un país más justo, desde la mirada de unos jóvenes privilegiados. También permanece la voluntad, aparentemente ingenua de los protagonistas de la obra, de hacer algo porque el Perú sea un país más justo.
 
¿Cuál dirías que es el principal cambio con respecto a la versión del 78?
 
La inclusión de videos con testimonios de personas que vivieron los años que retrata la obra (del 78 al 88), así como pequeños vídeos documentales de la época. Mi intención con ello es generar un diálogo con el presente, recordar que eso que vemos fue vivido por personas de carne y hueso, para huir del riesgo de caer en la mirada nostálgica de una época que se fue. 
 
La obra sigue estando ambientada a principios de los ochenta, cuando salíamos de la dictadura… ¿se te cruzó por la cabeza hacer una versión más actualizada del guion, buscar ciertas equivalencias con el posfujimorismo por ejemplo?
 
No, quería hacerla tal cual. Porque más allá del contexto y las circunstancias anecdóticas propias de los años en que está situada la obra, está hablándose de un país no resuelto, como sigue siendo hoy el Perú. Quizás un poco menos, pero hay conflictos sociales siempre, en todo el país, desde que tengo uso de razón. Entonces, creo que las asociaciones con cualquier otra época de nuestra historia reciente, son bastante obvias y las hará el espectador. En todo caso, mi intención principal al remontar la obra 27 años después de su primer estreno es preguntarme qué ha cambiado en nuestro país desde entonces, qué no ha cambiado y por qué.
 
Hay en el guion de Ángeles y Cabada, con todo lo naif que pueda parecer a veces, una vocación política de toma de conciencia del entorno. Algo que es hoy en día igual de necesario que en el 78...
 
Totalmente de acuerdo. Sigue siendo muy necesario. La gran diferencia es que, como bien dices, hay un toque naif –desde nuestra mirada actual– en las formas y discursos en que se pretendía generar esa toma de conciencia. Hoy en día todo es un poco más cínico. Ya no existen utopías de querer cambiar el mundo. Pero surgen otras, quizás más pragmáticas. Pero no por ello menos válidas. La lucha por los derechos de minorías, o la conciencia medioambiental, son ejemplos de ello. Ahora que lo pienso, quizás si falta algo de ese espíritu en el Perú contemporáneo.
 
Primero Javier Valdés, Marisol Palacios, y luego Miguel Iza, Mariana de Althaus… la obra se ha convertido en algo así como nuestro Grupo Timbiriche. ¿Qué evocan para ti esos nombres y cuánto marcaron tus nuevas elecciones?
 
Sí pues, algo así. Javier y Marisol eran como derroteros que seguir cuando comencé a hacer teatro. Miguel y Mariana son más de mi generación, aunque comenzaron antes. Supongo que eran el modelo de actor/actriz joven de mis épocas. Luego he trabajado con todos en diferentes espacios y roles y cada vez que lo hacía, iba a mi casa a marcar una equis grande en las fotos que tengo de cada uno de ellos en la pared de mi cuarto... Jajajajaja. Mentira.
 
Tu trabajo al frente de una sala importante como la de la Universidad del Pacífico te ha hecho partícipe directo de este nuevo auge del teatro que se hace y se ve en Lima, ¿Crees que estamos en un punto de no retorno como industria?
 
No creo que exista industria aún. Hay una mirada muy pobre y cortoplacista de parte del gobierno. Todo lo vinculado con cultura es percibido como gasto y no como inversión. Sin embargo, gracias a instituciones como la Universidad del Pacífico y otras privadas pero sin fines de lucro se está logrando cada vez más un teatro de calidad, que comienza a llamar la atención de festivales internacionales. Pero falta y mucho. Fondos para procesos más largos de creación, apoyo para grupos independientes y para giras y festivales, descentralización de los circuitos, entre otras labores que corresponden al Estado.
 
¿Se ha reconocido el trabajo de un autor y maestro como Roberto Ángeles? 
 
Por supuesto que no. Como no lo ha sido el de Alberto Ísola, Jorge Guerra, Coco Chiarella, Miguel Rubio, Sara Joffré en su momento, y un largo etcétera. Creo que somos muy, pero muy ingratos con nuestros creadores. Me pregunto por qué somos el único país –por lo menos entre las economías más grandes de América Latina– que sigue teniendo una política cultural tan descuidada desde el Estado. Es como si el espacio de reflexión que abre la creación artística diera miedo.