Una carta de Arguedas en Puquio

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Dirigida a Demetrio Ramírez, en ella le recomienda a dos franceses que estudiaban despojos de tierras.Campesino la conserva como una joya

María Vargas Tunque.

“No olvido los formidables días que pasamos juntos en esa nuestra santa tierra, cuando me auxiliaste a hacer el estudio de la Sequia”, así comienza la carta que José María Arguedas mandara el 20 de octubre de 1966 a su amigo puquiano Demetrio Ramírez. Un hombre que a sus 90 años tampoco olvida; al contrario, los recuerdos del amauta aparecen tan vívidos en su memoria como los de aquel día en que, por primera vez, un automóvil surgía por la recientemente inaugurada carretera del pueblo ayacuchano de Puquio.

Los indios comuneros puquianos construyeron 150 km de carretera en tan solo 28 días; mientras Arguedas se convertía en testigo clave de esa fuerza desplegada, don Demetrio, a sus cinco años, se escapaba del patio de su casa para ver la maravilla de marca Hudson, color plomo, cuya bocina sonaba como un burro: “¡qué feria ni feria!, ¡qué fiesta ni fiesta!, ¡eso era gente!”. El pueblo entero observaba el automóvil entre empujones.

Conocimos a don Demetrio Ramírez en Puquio, pero nuestro itinerario arguediano comenzó antes. Fuimos tres los sanmarquinos interesados en recoger parte de los pasos de Arguedas por la sierra central: Gustavo Gutiérrez, comunicador social, Sergio Ccencho y quien escribe esta crónica, de Literatura. Puede convertirse en un estimable circuito cultural lo que llegamos a denominar “Ruta Arguedas”. Ya nos habíamos informado que en San Juan, el pueblito donde el amauta vivió de niño, es muy difícil encontrar un hospedaje o transporte; por ello, la parada debía ser en el distrito de Lucanas.

Allí alquilaríamos un taxi, pero ¿dejar nuestras cosas en el auto mientras bajamos a reconocer los escenarios del cuento “Agua”? Nos habían informado, también, que no habría ningún peligro pues en dichos pueblos ayacuchanos, a pesar de la violencia vivida, no hay maldad o, en palabras arguedianas, no hay rabia en los corazones. Contratamos a Virgilio, un excelente taxista-guía que nos llevó en su auto hasta las profundidades infernales del cerro Chitulla. Sí, Virgilio fue nuestra Beatriz.

No es exagerado lo de “profundidades infernales”. Al pie del cerro Chitulla hay socavones de una antigua mina; el cerro, receloso de los tesoros extraídos, ha hecho morir a varios con convulsiones y emanando sangre por la boca. Para acercarnos con respeto, nos aconsejaron ofrecer un tinkachu o pagapu. Fue lo primero que hicimos al llegar a la hacienda de Viseca, ubicada a orillas del río Viseca y al pie del Chitulla. En sus tobillos –es una montaña imponente–, le ofrendamos vino, hojitas de coca y cigarros.

Recorrimos el pueblo minero de Uteq, que Arguedas cariñosamente llama Uteqpampita, antes de subir a San Juan, a la casa de la madrastra. El dueño nos explicó: “Arguedas vivió aquí pero esta no es su casa”. Sin embargo, el patio está adornado con motivos del centenario. El dueño ha recibido visitas hasta de japoneses, y el interés que tiene la casa lo ha impulsado a conservar ese patio aunque no cuente con ningún apoyo municipal.

Antes de despedirse, Virgilio nos dejó en el paraíso: Puquio. Allí conocimos más de Arguedas que muros, patios, ríos o montañas: su gente. Para empezar, la entrañable amabilidad de don Demetrio Ramírez sumada a la de sus hijos Raúl y Serafín, quienes después de contarnos sobre Arguedas y mostrarnos la carta, refrescaron nuestras gargantas con el licor dulce de la cerveza y la amistad. Don Demetrio nos contó que tenía varias cartas y postales de Arguedas, pero que en los años de conflicto las tuvo que quemar para no ser sorprendido con ellas en el “rastreo”. La carta que nos mostró fue la única sobreviviente. En ella, Arguedas solicita a su amigo puquiano albergar a “los doctores franceses Chevallier y Piel, quienes estudiarán los despojos de tierras que los mistis ejecutaron a los comuneros” para conformar las grandes haciendas, a inicios del siglo XX.

Puquio fue el paraíso porque, además, logramos vivir en carne propia la Fiesta del Agua o de la Sequia, la fiesta que Arguedas contempló. El ritual de los auquis, los juegos escénicos de los llamichas con los negritos, la destreza de los danzantes de tijeras, el vigor de los músicos y las melodías del violín y del arpa, el baile de los hombres y mujeres haciendo retumbar el suelo del mundo. Arguedas, ¿el telúrico? No, Arguedas el que conoció el valor de la vida original.*

En Andahuaylas, luego de la Feria de Andahuaylas que abre los domingos y es la más grande del sur del Perú, dos hitos nos esperaban: la tumba y la Casa Arguedas. Aquí hay más interés por establecer el paso arguediano; la tumba yace en un complejo monumental ubicado en el centro de la ciudad y la Casa Arguedas ya se institucionalizó, entre otras dos que dicen también haber albergado al amauta. En aquella casa vivió hasta los dos años de edad, se presume, antes de irse donde la madrastra, en San Juan. Después de un emotivo encuentro con sus restos –y de aseverar con nuestra llegada lo señalado en el epígrafe: Llaqtaypiñam Kachkani–, la Casa Arguedas fue nuestro último lugar de visita; llegar ahí significó el fin de nuestra ruta pero también un retorno a lo que fue su punto de partida, un preciado retorno, cien años después.
 

EL dato

Ruta arguedas. En Ayacucho: Hacienda Viseca, mina de Uteq, pueblo de San Juan, Puquio. En Andahuaylas: tumba y Casa Arguedas. Más detalles en:www.masnose.blogspot.com.