Huesos con historia

El Perú es un mendigo sentado en un banco rico en fósiles. Hace miles de años habitaron nuestra tierra dinosaurios y criaturas monstruosas. En silencio, los paleontólogos del Museo de Historia Natural de San Marcos siguen descubriendo tesoros. 

20 Feb 2016 | 23:30 h

Hace 13 millones de años, cuando el hombre aún no pisaba la Tierra, un cocodrilo gigante llamado purussaurus habitaba las aguas pantanosas de nuestra selva. Era una criatura inmensa que medía 14 metros de largo y que tenía como plato predilecto a las tortugas de duro caparazón que entraban con facilidad en sus fauces. El purussaurus peleaba por su alimento con otros cocodrilos como el gnatusuchus, un caimán de menor tamaño y de nariz pequeña que en el fondo no representaba ninguna competencia pues se alimentaba de moluscos pequeños. También miraba de reojo al gavial o gavialis gangeticus, otro cocodrilo de hocico muy largo y delgado que tenía una dieta de peces.  Entre todos los cocodrilos, posiblemente, el purussaurus habría sido el rey. 

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Se puede dejar volar la imaginación cuando se ve una réplica suya en uno de los jardines del Museo de Historia Natural de la Universidad San Marcos que este mes cumple 98 años. La muestra de fibra de vidrio es intimidante.  Se ve al purussaurus con el hocico bien abierto (embocadura en la que podría entrar un niño de 5 años) y en posición de ataque. Si cobrara vida, el museo se convertiría en nuestro Jurassic Park.

Rafael Varas-Malca, coordinador del Departamento de Paleontología de Vertebrados (DPV) del museo, precisa que el autor del purussaurus de mentira es el biólogo Rodolfo Salas, uno de los fundadores del departamento que lleva una pasantía en el Museo de Historia Natural de New York.

Saber con exactitud cómo era esta criatura que hoy ya no existe en la Tierra es un trabajo titánico. ¿Cómo logró Salas reconstruir un gemelo del purussaurus?

Con investigación.

Primero, aquel caimán era un fósil, unos huesos atrapados en una roca. Luego, con  paciencia de monje, un equipo de paleontólogos retiró las piezas del sedimento.

Se investiga, se lee, se confronta información, se habla con científicos extranjeros y, finalmente, luego de meses, se sabe que esos fósiles que al comienzo no decían nada, son los restos de una criatura. Como pasó con este cocodrilo, cuya réplica a escala real puede asustar a cualquiera.

Este es un resumen rápido. La labor de nuestros paleontólogos es más que eso.

Huesos en el laboratorio

Para empezar, a pocos les interesa saber qué criaturas vivieron en la Tierra hace millones de años. Sólo los paleontólogos se dedican a eso y en el Perú no llegan ni a diez.

Algunos de ellos trabajan aquí, en el laboratorio del DPV del museo y casi a la sombra nos hacen un gran favor: investigan para saber cómo funcionaron las cosas en el pasado.

- ¿Cómo llegamos a tener la diversidad marina que vemos hoy? -dice Rafael Varas-Malca-. Es la pregunta que los biólogos se plantean a menudo y que los paleontólogos intentamos responder.

El biólogo dice esto mientras sostiene un hueso que parece un pico largo y que le pertenece al Inkayacu paracasensis, un pingüino que vivió en nuestras costas hace 36 millones de años. Este animal era gigante, medía un metro y medio, tenía plumas pardas y el pico muy largo.

Al lado de Varas-Malca, un científico manipula el fósil de un cachalote que existió hace 20 millones de años. En uno de los anaqueles se ve la maqueta de la cabeza de un tigre dientes de sable, un ejemplar peruano que vivió hace 10 mil años y cuyos restos fueron hallados en Huánuco.

En este laboratorio hay fósiles por donde se mire. El departamento tiene una colección de 4 mil piezas, entre mamíferos, reptiles, aves y peces.

- Nuestro país tiene una extraordinaria zona fosilífera y es considerado como la meca sudamericana para el estudio de la evolución de los ecosistemas en especial el marino- continúa Varas-Malca. 

En términos fosilíferos, Perú sería un mendigo sentado en un banco de oro. El desierto de Ocucaje en Ica, el de Sacaco en Arequipa, las laderas de los ríos de Iquitos, las alturas de Espinar en Cusco, son considerados por los investigadores extranjeros tesoros de la paleontología.

En Ocucaje, el 2010, el fósil del Livyatan un cachalote gigante que tenía los dientes enormes, del tamaño de una papaya, demostró por qué fue el terror de nuestros mares hace 13 millones de años. La criatura fue la atracción de la comunidad científica internacional, tanto así que la National Geographic Society y la República Italiana dieron fondos de investigación a un equipo extranjero para entender el mundo en el que vivía aquel mounstro marino.

Desde New York, Rodolfo Salas escribe:

- Somos un país rico en fósiles pero el Estado financia muy pocas investigaciones. Nosotros buscamos fondos en instituciones extranjeras para auspiciar nuestro trabajo. Aunque parezca increíble, nuestro departamento no tiene prespuesto.

A pesar de las limitaciones, nuestros paleontólogos, que son pocos y trabajan en silencio, seguirán vagando por el desierto a la búsqueda de un hallazgo inesperado y afortunado: un fósil. Pero dar con esto es como encontrar una aguja en un pajar. Es el desafío de los amantes de los restos óseos.

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