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Sociedad

Carnavales en Lima: ¿por qué se dijo adiós a esta celebración de febrero?

Los carnavales de verano eran una fiesta que nadie se resistía a perderse. La música, los bailes y los juegos que se compartían los hacían llamativos. Sin embargo, ahora, estas celebraciones están prohibidas. ¿Por qué? Conoce aquí las razones.

En un inicio, los carnavales duraban tres días seguidos, pero luego fueron reducidos a dos: sábados y domingos. Foto: difusión/La República
En un inicio, los carnavales duraban tres días seguidos, pero luego fueron reducidos a dos: sábados y domingos. Foto: difusión/La República
Yaritza Diaz

Gente disfrazada dejando toda su voz en los cánticos, bailando y compartiendo con extraños que se sentían cercanos. Así se vivían los carnavales en Lima. Esta festividad era una de las más esperadas de todo el año, ya que llenaba de algarabía y diversión los distritos más populares de la capital. En su versión más moderna, los globos de agua y baños de pintura eran los protagonistas cada domingo de febrero.

En fechas de antaño, durante tres días seguidos de febrero, las personas se ponían sus mejores trajes para subirse a los carros alegóricos junto a las reinas de belleza. Mientras tanto, otros se posaban en las calles, o desde sus balcones, y sorprendían a los transeúntes con cáscaras de huevo, baldes de agua, harina o pintura. Las edificaciones y carros de transporte público tampoco se salvaban de la explosión de colores, que en su mayoría provenía de jóvenes entusiastas que empezaban a vivir estas fiestas.

La costumbre empezó a tomar forma en las últimas décadas del siglo XIX y rápidamente ganó popularidad entre los ciudadanos, ya que invitaba a la diversión y, para muchos, significaba un escape de la realidad.

Sin embargo, no siempre las sonrisas y los festejos caracterizaron esta iniciativa, que en 1822 sufrió un recorte por parte del Marqués de Torre Tagle, que en ese entonces ejercía el mando del país. Mediante un decreto, la autoridad prohibió que arrojen agua y “demás juegos impropios”.

Esta medida fue establecida debido a que muchas personas aseguraron haber sufrido acoso y agresiones por parte de otros residentes, quienes les exigían dinero a cambio de no arrojarlos a una de las sequias de la zona. Muchos hicieron caso omiso a la advertencia, por lo que terminaron lesionados y afectados.

Pero poco o nada caló el mensaje en la población, que siguió impulsando estos juegos que, para muchos, ya resultaban incómodos. La siguiente festividad luego de este comunicado se vivió mucho más fuerte y los ferrocarriles, estaciones y demás volvían a ser pintados con colores que se alejaban de su identidad.

Ciudadanos se vestían y caracterizaban durante las actividades de febrero. Foto: La República

Para 1859, los carnavales de verano habían logrado juntar a todas las clases sociales en un mismo lugar. La música, bailes típicos, personas disfrazadas y carteles coloridos acompañaban este momento.

No obstante, en 1887, los juegos con agua fueron relegados por un show interrumpido que tuvo como protagonistas a personas disfrazadas. La preparación de las comparsas de ese entonces hizo que la atención se centre en ellos. Poco a poco, esta figura se replicó y para 1910 los juegos con harina, agua o pinturas solo se llevaban a cabo en pocos distritos.

Años más adelante, específicamente en 1955, las celebraciones se separaron y cada jurisdicción ya preparaba su fiesta de verano. El Rímac, La Victoria, Magdalena del Mar y Pueblo Libre fueron los distritos donde la tradición de los chisguetes y serpentinas permanecieron.

Tres años más adelante, el presidente Manuel Prado Ugarteche emitió un decreto con el que eliminaba por completo la festividad del carnaval en el ámbito nacional. Para esto, los lunes y martes pasaron a ser días laborables para los sectores público y privado.

Ante la nueva disposición, las celebraciones pasaron a los días sábado y domingo de febrero. Sin embargo, un nuevo altercado en 1967 paralizó la iniciativa, ya que dejó 600 heridos y más de 1.000 detenidos solo en Lima.

No pasó mucho tiempo para que los carnavales solo se repliquen en La Victoria, Barrios Altos, Surquillo, San Martín de Porres, Lince, y luego, poco a poco, desaparecieran. A esto se sumaron las campañas de varias entidades estatales que recordaban que el recurso del agua debe usarse con responsabilidad.

En los últimos 15 años, las celebraciones como se conocían no se volvieron a repetir en Lima. En algunos veranos hubo intensiones de algunas familias, en especial en el primer puerto, pero no perduraron en el tiempo, ya que agentes de la Policía Nacional del Perú (PNP) y autoridades locales lo impedían.

Esta fiesta empezó en la capital con un solo objetivo: esparcir diversión; sin embargo, con los años este propósito se distorsionó al punto de que civiles se sentían acosados o acosadas por desconocidos que querían echarles agua.

La inseguridad también resultó ser un problema, ya que muchos recurrían a los juegos con agua como una distracción para luego apoderarse de las pertenencias ajenas.

Otro factor para dejar esta iniciativa es que, durante la temporada de verano, se gastaba alrededor de 120 millones de litros de agua en Lima Metropolitana, cantidad que sirve para abastecer a un total de 4.800 familias en un mes, precisó la Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento (Sunass).

¿Qué dicen los especialistas?

El dermatólogo del Hospital Dos de Mayo, el doctor Carlos Galarza Manyari, recordó que el agua almacenada, así como las pinturas, betún o barro, pueden ocasionar daños en la piel, ojos, oídos y más. En el peor de los casos, podrían ser transmisores del parásito ameba, el cual llega al cerebro y puede causar la muerte del paciente.

El especialista también explicó que la manipulación de estos implementos puede generar mareos, convulsiones y pérdida de la visión. En lo que respecta a los problemas dérmicos, estos pueden ser manchas en la piel, ampollas, sarpullido, entre otros.