Abimael Guzmán y el inicio del mal

Raíces. Sanguinario cabecilla terrorista nació en Arequipa, provincia de Islay. Tuvo una infancia llena de conflictos que fue fraguando su identidad de resentido social. Fue fugaz su paso por la docencia en la UNSA. Se marchó a Ayacucho y ahí cambió la historia del Perú para mal.

Abimael Guzmán y el inicio del mal. Foto: La República
Abimael Guzmán y el inicio del mal. Foto: La República
Juan Carlos Soto

Arequipa. Abimael Guzmán Silva fue un comerciante entrenado en el affaire ocasional. Uno de sus diez hijos, Rubén Manuel Abimael Guzmán Reinoso, nació el 3 de diciembre de 1934, fruto de la relación furtiva con Berenice Reinoso Cervantes.

El cabecilla terrorista tuvo una niñez inestable. Vivió sus primeros años en El Arenal en un modesto inmueble de quincha, madera y adobe. El Arenal es uno de los centros poblados del valle de Tambo-Arequipa. El diseño original de esa casa se mantuvo en pie hasta 2014, los propietarios actuales la derrumbaron y construyeron una moderna edificación de dos pisos.

Ser hijo bastardo a Guzmán Reinoso le abrió sus primeras grietas internas. En su autobiografía de Puño y Letra, el líder terrorista causante de miles de muertes relata que desde temprana edad tuvo varios desplazamientos por el país: Cusco, Ancash y El Callao. El terrorista reveló que ese cambio de hogares, ambiente y relaciones lo ayudaron a desarrollar una tendencia a vivir volcado al mundo y sus problemas y no centrado en hurgar los entresijos del alma. Umberto Jara, en su libro el Sendero del terror, sostiene que Guzmán desarrolló una reserva de emociones y silencio sobre su vida personal. Jara en resumen dice: no hurgar en los entresijos del alma significa clausurar la revisión de sentimientos para evitar el asedio de las heridas propias. Y Guzmán las tuvo y muchas.

Con su madre se mudaron a Sicuani-Cusco. Según Jara, la madre se deshizo de él para mantener una relación con un comerciante palestino. Entonces lo llevó a Chimbote y lo dejó al cuidado del abuelo. “Hijo mío cuida al hijo de tu madre, eres quien mejor puede hacerlo”, se despidió de él. Guzmán tenía 8 años. Mientras los niños iban al colegio, en esa ciudad portuaria, él aprendía a arreglar relojes. Hubo más viajes y nuevos familiares que lo acogieron. Llegó a El Callao.

En ese hogar fue víctima de trata. El hombre que iba a desatar un baño sangre en el país lavaba los platos, fregaba pisos y otros deberes domésticos a cambio de comida y educación.

Jara precisa que una apendicitis originó que su padre biológico lo acogiera en su casa de la calle Álvarez Thomas, en la ciudad de Arequipa.

Una de sus hermanas, Susana Guzmán, citada por el escritor Santiago Roncagliolo, sostiene que Abimael era un tipo huidizo que escondía sus sentimientos. Nunca lloraba en público. Lo matricularon en el colegio La Salle. Terminó la secundaria e ingresó a la facultad de Letras de la Universidad Nacional de San Agustín.

En la casa de Álvarez Thomas Abimael encontró afecto maternal en Laura Jorquera, la esposa de su padre. Con él no tenía un trato directo, viajaba mucho. Guzmán siempre tuvo presente a su madrastra, una chilena también huérfana de muy niña. En los tiempos en que Sendero ya había desatado el terror, no olvidaba el día de su cumpleaños. Timbraba el teléfono. Laura decía: ¡Aló!, y en la otra línea contestaba el silencio. Ella sabía que era su hijastro. No se identificaba. La Policía Nacional estaba tras sus pasos.

Sus años universitarios fueron decisivos para que eligiera el terror como método para tomar el poder. El catedrático Miguel Ángel Rodríguez Rivas fue su mentor. La tesis de filosofía está dedicada a él. El periodista Jorge Turpo en una crónica da cuenta que en épocas universitarias el cabecilla de Sendero Luminoso tenía un bar favorito en el centro de Arequipa donde celebraba las graduaciones de sus amigos. “Brindaban con champaña y después del brindis rompían las copas en el piso, era como un rito”, le contó Domitila Rivera, dueña de ese bar.

Tuvo un breve paso en la docencia en la UNSA. Lo despidieron. Corría la década del sesenta. Un día Guzmán leyó en un diario que necesitaban profesores para la universidad de Huamanga-Ayacucho. A partir de entonces la vida del país cambiaría y para mal.