Los otros héroes de la vacunación

Invisibles. Un motorista de la selva, un agente comunitario y una enfermera de la zona más alta de Puno demuestran su valiosa labor en los primeros seis meses de inmunización.

La vacunación en el Perú avanza gracias a la labor de ellos. Foto: composición LR
La vacunación en el Perú avanza gracias a la labor de ellos. Foto: composición LR
Milagros Berríos

—Señorita, estamos varados en una playa.

A las 8:49 p.m. del último miércoles, el motorista Hilter Nolorbe Celis envió este mensaje por WhatsApp desde el río Marañón, a hora y media de la ciudad loretana de Nauta. Las aguas habían disminuido su nivel, la arena se elevó hacia la superficie y su embarcación quedó atascada. Desde las 8 a.m. del lunes trasladaba al equipo del centro de salud hacia las comunidades nativas para jornadas de vacunación que durarían días. Pero esta vez, después de navegar más de 40 horas, su trabajo había sido detenido, en plena oscuridad, por la naturaleza.

Hilter, 43 años, hijo de Nauta, conductor de ambulancias que surcan ríos, no le teme a las aguas. “Si eres conocedor, ya sabes por dónde ir”. De niño empezó a viajar en peque-peques junto a las brigadas de salud y a su padre. Desde junio del 2020, maneja los vehículos que trasladan a infectados por COVID-19, médicos, enfermeras y medicinas. Por la pandemia viajó hasta tres días para devolver cuerpos de víctimas a las familias de la fronteras con Ecuador. Ahora lidera los recorridos que acercan las vacunas a las zonas alejadas de la selva. Hilter ha visto la muerte, pero también la vida.

En este medio año, las 16 millones de dosis aplicadas son el trabajo de miles de brigadas, con dos enfermeras y un médico. En los andes, caminan horas a temperaturas bajo cero. En la selva, solo arriban a las comunidades guiados por un buen motorista. Siete están en la provincia de Loreto. Uno de ellos es Hilter. “Son importantes. Conocen el río como la palma de la mano, pero el Minsa no contempla su contratación”,dice el jefe de la Diresa Loreto, Carlos Calampa. Ellos, incluso, persuaden a la población. “‘Primo, vamos a que te vacunen’, les digo — cuenta Hilter—. Se relacionan con nosotros porque somos de la comunidad y no usamos chalecos. Nos tienen confianza, nos invitan a sus casas”.

Antes infectado de Covid, hoy vacunado con Sinopharm, el motorista tiene dos premisas: no se viaja de noche y duermen solo donde haya refrigeración. Las vacunas no se deben perder.

Puno, brigadas.

Enfermera de altura

19 de junio. Marina Flores Cotrado, la única enfermera del puesto de salud Juncal, en Puno, guarda en su memoria la fecha en la que no inmunizó a ninguna persona. Ese día caminó seis horas por los cerros de la comunidad de Llanqueli, a más de 4.300 msnm, pero la mayoría de sus habitantes había dejado sus cabañas para pastear a las alpacas; y el resto no quiso las dosis. “Los esperamos, pero no llegaron. Regresamos tristes”.

Enfermera, vacunación.

Hace cuatro meses, Marina, de 31 años, viajó desde su natal Juli hasta San Antonio de Esquilache, uno de los distritos más altos de Puno, para liderar la vacunación contra el COVID-19. Desde junio, cuando arrancó el proceso, recoge las dosis de AstraZeneca en la ciudad; reparte comunicados en las radios para informar sobre las jornadas e inmuniza en los cerros cubiertos de nieve. Ella vive en su posta.

En las habitaciones para el personal también se alojan dos técnicos, una odontóloga y una obstetra. No hay médico. Atienden las 24 horas. Los miércoles y domingos salen en su ambulancia —aunque muchas veces falte combustible y tengan que costearlo— y siguen el recorrido a pie para vacunar a los mayores de 55 años entre 1.098 ciudadanos quechuahablantes. Cada casa está a horas de distancia.

“En Juncal toda la vida hace frío”. Más frío que la temperatura que necesitan las dosis. La enfermera trabaja a tiempo completo a -2 °C en las montañas que Lima solo ve por televisión en “épocas” de heladas. Ha tenido que enfrentar el rechazo inicial a las dosis, como lo hacen, al menos, 20 mil vacunadores en el país. También ha tenido que caminar por los pueblos en la oscuridad, a tientas, sobre el piso congelado. Pero no deja de hacerlo. Como el motorista Hilter, siempre vuelve a su posta: ese el refugio de sus vacunas.

Hilter, ríos, medicinas.

Un hombre que convence

El Apu de Puerto Orlando aceptó vacunarse después de escuchar al agente comunitario Fauper La Torre. A inicios de julio, mientras vaciaban el cemento de la cancha de fulbito, La Torre, de 51 años, les juraba a los pobladores que no les colocarían chips en el DNI, no perderían la fertilidad, ni les pondrían el “sello de la bestia” al ser vacunados.

Vacunación, Puerto Orlando.

Lo sabía porque él había sido uno de los primeros en recibir la dosis contra el COVID-19 en el pueblo vecino de Miraflores y, horas después, estaba ahí, de pie, contando su experiencia. “He ido a comprobarlo y todo lo que nos decían era falso. Hay que protegernos”, aseguraba Fauper. Luego les recordaba cuando los vacunaron contra la fiebre amarilla, les mostraba su brazo sin dolor, les pedía que no tengan miedo.”Yo también me vacuno”, dijo entonces el Apu. Al día siguiente fue a la posta por su primera dosis. Decenas de pobladores lo acompañaron. Hace 14 años, este agricultor fue nombrado promotor de la salud por su comunidad, de las pocas con el 70% de la población nativa vacunada en Boca del Río Tigre, Nauta, Loreto. Desde el 2019, como agente comunitario, monitorea la salud de las gestantes dentro de la estrategia Mamás del Río. Ahora, su labor voluntaria, y sin mayor reconocimiento de las autoridades, alcanza a la inmunización. Fauper convence a su pueblo y gestiona la llegada de más vacunas.

En Puerto Orlando, la labor de su único agente impactó en sus 215 pobladores. En el Perú, los más de 30.000 agentes podrían acercar la información a comunidades. La semana pasada, Fauper llamó con insistencia a la posta de Nauta: más personas querían vacunarse.

La embarcación que llevaría sus dosis, probablemente, sería la de Hilter que, cuatro horas después de estar varada, salió a flote para seguir su viaje. A más de 1.300 km, Marina caminaría por la nieve, confiada que no dejaría de vacunar ni un día más.