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Bicentenario del Perú: Educación e interculturalidad

El historiador Jorge Basadre definió al Perú como un país lleno de oportunidades perdidas en el pasado pero con grandes posibilidades en el porvenir. Una idea que está vigente tras 200 años de historia.

DESAFÍO. Pese a los esfuerzos de las autoridades aún nuestro país tiene que remontar indicadores competitivos en todo el sistema educativo. Foto: Suplemento LR Bicentenario
DESAFÍO. Pese a los esfuerzos de las autoridades aún nuestro país tiene que remontar indicadores competitivos en todo el sistema educativo. Foto: Suplemento LR Bicentenario
La República

Autor: Joseph Dager Alva

Jorge Basadre explicó el Perú con los conceptos “problema” y “posibilidad”: un país de oportunidades perdidas en su pasado, pero con las posibilidades abiertas en el porvenir. Basadre bebió de los historiadores decimonónicos que imaginaron la nación, pero con sus propias reflexiones completó esta definición magistral del Perú, al punto que hoy tiene plena vigencia.

En efecto, hemos llegado al bicentenario habiendo perdido la oportunidad de mostrar que como país interiorizamos claramente los cánones de la república. Por ejemplo, nos equivocamos al elegir a los dos últimos congresos, pues dimos mandato a representantes que no respetaron las reglas de juego básicas de la vida republicana, desestabilizando solo para ostentar poder. Ojalá nos vaya mejor con el actual.

También hemos desaprovechado la posibilidad de iniciar nuestro bicentenario con un gobierno que cuente con un amplio respaldo y legitimidad. Por el contrario, un grupo de políticos, reducido pero con capacidad de hacer ruido, se empeñó en sembrar dudas sobre un proceso electoral que, a decir de la opinión internacional, se desarrolló ejemplarmente. Como a muchos no les gustó el resultado, pretendían desconocerlo, creyendo que sus votos eran los que más valían.

Y, sin embargo, pese a este problema de larga data surge la posibilidad de haber elegido como presidente a un integrante de los sectores no dominantes. Ojalá sepamos (y lo sepa también él) aprovechar la oportunidad que significa que el presidente del bicentenario sea un maestro rural. Quizás, entonces, reducir las brechas debería ser el norte de esta administración. O sentar las bases para minimizarlas: brechas sociales, económicas, educativas, digitales, en salud, en acceso a servicios.

En educación, el Perú muestra sin duda oportunidades logradas, claros avances en las décadas anteriores, por ejemplo, en tasa de escolaridad y acceso a la educación inicial, que ronda el 70%. En estos últimos años, se inició un esfuerzo sostenido por fomentar políticas para este servicio público, que es también un derecho. En ese diseño, el Estado fue recuperando su rol rector y regulador. No hay países con buenos sistemas educativos en los que el Estado no tenga un rol fundamental, no solo de promotor, sino en asegurar la igualdad de oportunidades.

Pero están también los problemas, las brechas aún existen, es imposible no verlas. Hemos llegado al bicentenario con un 56% de niños de 10 años que no comprende cabalmente un texto simple. Si vemos el ámbito rural, el panorama es mucho más grave: en 2° de primaria solo el 16.7% de estudiantes alcanza el nivel satisfactorio en comunicación y el 11.1% en matemática. (IEP: 2019). La brecha en conectividad, que ya conocíamos, ha cobrado un lamentable protagonismo a propósito de la pandemia lo que explica que la estrategia “Aprendo en casa” no puede exhibir los resultados con los que se ideó.

Aún estamos dimensionando el impacto de la pandemia en educación básica, pero es claro que la educación remota no logra reemplazar a la presencial. No todo es tablet, y menos si están desactualizadas y falla la distribución. La información que se cuenta para países europeos con buenos sistemas educativos, sugiere reducciones en los aprendizajes.

En Brasil, un ejemplo más cercano al Perú, se estima que los chicos en educación no presencial han aprendido solo un 27% de lo que hubieran aprendido en formato tradicional, según Jaime Saavedra. Y esos países cerraron sus escuelas un tiempo infinitamente menor a los casi ya dos años que tenemos nosotros. Urge el retorno progresivo, gradual y atento a las condiciones epidemiológicas; para recuperar en términos de contenidos, pero también en términos del proceso de socialización y salud mental de nuestros muchachos.

Una clara posibilidad, al ser un maestro el jefe de Estado, es que se aumente la inversión. Ahí está la clave para combatir las brechas y fomentar la equidad. Quizás no podamos llegar en este quinquenio a los 7000 dólares por alumno de educación básica que invierte un país de la OCDE, pero debemos incrementar significativamente los 1000 de hoy.

Y, en educación superior, la oportunidad está en continuar los esfuerzos de la reforma universitaria, una política pública que ha dado resultados. Los países con buenos sistemas universitarios tienen universidades públicas de excelencia. La DIGESU del MINEDU debería interiorizarlo, y apoyar que la regulación incremente el nivel de las condiciones básicas de calidad para la renovación del licenciamiento. Igualmente, tenemos que seguir avanzando en entender como un todo a la educación superior; la técnica y la tecnológica tan importantes como la universitaria.

Las dos últimas gestiones ministeriales han exhibido los buenos efectos que puede tener el tránsito de la academia al servicio público. Una posibilidad aprovechada. Pero la política tiene que estar menos presente. Hagamos el firme compromiso que en adelante las decisiones en materia educativa sean técnicas. Que esa sea la política. El Congreso debe poner de su parte.

También debemos cuidarnos de los tercos personalismos. Resulta imposible tener logros importantes en materia pública si la orientación del Ministerio es de enfrentamiento por principio con la Comisión de Educación, pero tampoco es viable perseguir el consenso per se con quienes han dado evidencia de defender intereses particulares contrarios a la calidad. Hay ejes innegociables por vital que sea aprobar una ley.

Y, finalmente, acerquemos más Educación y Cultura, manteniendo ambos ministerios. Que la educación básica y la superior ponga más énfasis en acercar a los alumnos a la interculturalidad y a nuestro patrimonio. Que los estudiantes aprendan más en museos, lean más en bibliotecas públicas, conozcan los archivos. Si es verdad que educar es formar ciudadanos comprometidos con el bien común; qué mejor manera de conseguirlo.