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Mujeres revolucionan danzas folklóricas derribando estereotipos de género

A Andrea Chuiman le dijeron que bailar macha caporal no era “muy femenino”; a Killary de Andamarca, que solo los hombres eran danzantes de tijeras. Lejos de rendirse, decidieron luchar contra estas concepciones machistas.

Estas danzantes que rompieron con los estereotipos de género ahora cuentan con proyectos para que más mujeres y niñas se sumen a cumplir sus sueños como bailarinas folklóricas. Foto: composición LR/difusión
Estas danzantes que rompieron con los estereotipos de género ahora cuentan con proyectos para que más mujeres y niñas se sumen a cumplir sus sueños como bailarinas folklóricas. Foto: composición LR/difusión
Gloria Purizaca

Iris Quispe es una joven ayacuchana de 27 años, conocida como Killary de Andamarca. Cuando Killary baila, no cree en nadie, ni siquiera en viejas tradiciones machistas que determinaban que solo los hombres podían ser danzantes de tijeras, una expresión cultural declarada patrimonio de la humanidad y que por años fue un campo dominado solo por varones.

Andrea Chuiman decidió tomar el mismo camino que Killary, pero en el baile de los caporales. Ella decidió no seguir con el personaje de la ‘chola’ —rol tradicional asignado a las mujeres en este baile—, sino como ‘machita’, figura femenina que realiza los mismos pasos que los varones.

Así, ambas decidieron romper los roles de género —conjunto de papeles y expectativas creados por la sociedad para marcar diferencias respecto a cómo ser, cómo sentir y cómo actuar— que dictaban que el género femenino no podía llevar a cabo estas expresiones artísticas por el solo hecho de ser mujeres.

Tanto la danza de tijeras como los caporales son bailes folklóricos que fueron ocupados por años solo por hombres. Sin embargo, diferentes mujeres continúan abriendo camino en estas expresiones artísticas. Foto: composición LR/cortesía

Sacerdotisa de las tijeras

Iris Carmela Quispe Calle viene de una familia de músicos y bailarines. Desde muy pequeña ya imitaba los pasos de los danzantes de tijeras que se presentaban en las fiestas patronales del pueblo de Andamarca, Ayacucho. A los 15 años, decidió que su nombre artístico sería Killary, que significa luz de luna o luna brillante.

“Cuando bailo ya no soy Iris, soy Killary de Andamarca, me transformo. Cuando Killary baila no cree en nadie”, contó a La República la también investigadora, artista textil, que ha confeccionado algunas piezas para Kayfex, y parte del elenco de baile de Renata Flores.

La danza de tijeras es originaria de la región chanka del Perú, lo que hoy comprende Huancavelica, Ayacucho, Apurímac y la zona sur de Arequipa. Más que un baile, esta expresión es un ritual de conexión entre los seres humanos con la tierra, el agua, la naturaleza; es unirse a las energías del universo mediante la música y la danza, por lo que las y los bailarines son considerados sacerdotisas o sacerdotes andinos.

Iris bailaba con sus hermanos Daniel y Juandavid, el danzaq (danzante) Puka Kichka de Andamarca. Su familia siempre la apoyó, pero sus inicios los dio con el maestro Qoronto de Andamarca.

Las warmi danzaq (mujeres que bailan) de Ayacucho ahora brindan talleres a más mujeres que sientan el llamado de la danza de tijeras. Foto: cortesía

Algunos danzantes y personas del público aún se sorprenden cuando la ven danzar. “Fue complejo aprender porque antes no había muchas niñas o mujeres, era raro. Al inicio, me sentía cohibida pero después me acostumbré”, expresó Iris.

Sin embargo, luego de muchos años, empezó a investigar cada vez más sobre la presencia femenina en este campo artístico y conoció a las tres primeras mujeres danzantes de tijeras de Ayacucho: Ana Isabel Rojas García (Llullu Killa de Chipao), Sonia Lopéz Ancco (Perlita de Santa Rosa de Chipao) y Fanny Ramos Yalli (Estrellita de Matara).

Narraron que para ellas era aún más complicado acceder a este mundo en la década de los 90, pues en ese entonces eran criticadas por utilizar pantalones y no faldas. “Los maestros que aceptaban enseñarnos lo tenían que hacer a escondidas”, detalló Isabel Rojas García en el conversatorio Ayacucho lee.

“Ellas han abierto camino, pero hay otro tema que es que algunas organizaciones de danzantes de tijeras no le dan espacio a las mujeres”, apunta Iris. Ante ello, se creó Warmikunapas Yachanmi, un grupo de seis warmi danzaqs (mujeres danzantes) que buscan difundir y motivar a más niñas y mujeres a introducirse a la danza de tijeras.

“Esto no es para ti, mejor sigue otro camino. Hasta me han dicho que cómo voy a ser danzante de tijeras si solo es para hombres”, recuerda. Pero esos comentarios machistas fueron un impulso para que Killary y sus compañeras luchen por sacar adelante esta iniciativa. “Para mí la danza de tijeras es mi alma. Nadie tiene el derecho a apagar tu luz, tus tijeras. Si una baila es porque te nace del corazón, porque lo sientes”, cuenta.

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Mujer caporal

Andrea Chuiman Córdova es una actriz que tiene un cascabel en vez de un corazón de tanto amor que siente por los caporales. Ella es bailarina profesional del Ballet Folklórico Nacional del Ministerio de Cultura y en el 2019 creó, junto a otras bailarinas, el Proyecto de Empoderamiento Femenino Machita Mujer Caporal.

El baile de los caporales se basa en el personaje del capataz que está a cargo de los esclavos en la zona del altiplano. Los hermanos Estrada Pacheco de Bolivia juntaron diferentes herencias de la saya, de la tuntuna y el tundique para crear esta danza a fines de los años 60. Nació como un baile de solo varones, pero un par de años después apareció el personaje femenino al que llamaron ‘cholita’, también conocida como ‘negra’ o ‘zamba’, quienes son interpretadas por mujeres que llevan como traje polleras cortas.

Si bien Chuiman asegura que no está en desacuerdo con ese personaje, critica que este sea visto como “un complemento” o “adorno”. “Es un personaje más delicado, más frágil. Es percibida como el prototipo de mujer que se entrega al varón”, detalla. La macha caporal es todo lo contrario.

El personaje de machita nace cuando Lidia Estrada Pacheco decide en 1974 dejar la falda para vestir los pantalones y realizar los movimientos de los hombres. La actitud del caporal es la del ganador que tiene destreza, agilidad y siempre con la voz en alto.

“Acá, nosotras somos las ganadoras. La macha emite su voz: grita, habla, transmite fuerza, y no baila en función al hombre”, enfatiza Andrea.

"La macha baila por y para ella", cuenta Andrea Chuiman. Foto: cortesía

Fue en la década de los 90 cuando la figura de la macha aparece por primera vez en Perú. En la festividad de la Virgen de la Candelaria. Josefina Mamani, danzante peruana, se juntó con otras tres compañeras y salieron a bailar como ‘machitas’.

Luego de esa presentación, las mujeres recibieron a cambio ataques, insultos, e incluso golpes por parte del público. “Lo asocian (las personas) al lesbianismo, como si fuera un insulto”, lamenta Andrea. No obstante, el personaje de la machita empezó a llamar la atención y no fue hasta el 2015 cuando Chuiman interpretó a este personaje en el Gran Teatro Nacional.

Las bailarinas lo tomaron como un reto. “¿Por qué un hombre sí puede hacer esas patadas, arrodillarse, y nosotras no?”, se preguntaron. Y fue allí que Andrea descubrió que ese era el personaje que quería interpretar.

Afirma también que el mundo folklórico es muy machista, por lo que sacar un proyecto para empoderar a las mujeres y niñas por medio de un personaje como la macha era impensable. No obstante, ese fue el impulso para que nazca el Proyecto de Empoderamiento Femenino Machita Mujer Caporal, integrado por Andrea Chuiman, Fiorella Coras, Lola Santillana, Pamela Borja, Daniela Castañeda, Laura Santa Cruz, Suly Vilcañaupa y Josefina Mamani.

Pese a que algunas personas le comentaron que ese baile no era “muy femenino”, Andrea siente que interpretando a la macha no tiene que mover su cuerpo bajo la forma impuesta que supone la feminidad. Cuando interpreta a esta mujer caporal se reencuentra consigo misma: con un corazón libre que se puso las botas de los caporales, hizo resonar fuerte los cascabeles y enfrentó los obstáculos de una sociedad machista que aún piensa que las niñas, adolescentes y mujeres deben cumplir con roles de género que ya no tienen cabida.

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