Juan Carlos Celis: “La sobremedicación podría estar matando a mucha gente”

Desde su experiencia en Iquitos, el médico infectólogo hace un repaso de todo lo aprendido. Además, considera que parte de que Perú sea el país con mayor mortalidad por COVID-19 se debe a la sobremedicación.

(Foto: composición LR)
(Foto: composición LR)
Alexis Revollé

En julio, la Dirección de Salud Regional (Diresa) de Loreto lo anunciaba en un informe: Iquitos se había convertido en el epicentro de infección de la COVID-19. Allí, siete de cada diez ciudadanos se habían contagiado. La estadística sorprendió al país entero y puso de manifiesto la urgencia por un cambio en el modelo de lucha contra el virus. El médico infectólogo Juan Carlos Celis estuvo allí desde marzo, cuando estalló la emergencia sanitaria. Presenció la llegada y ha analizado el avance del coronavirus. Por ello lleva unos meses redoblando esfuerzos para difundir las lecciones que ha dejado la pandemia en la capital loretana. En esta entrevista con La República, hace un repaso por todo lo aprendido: fases de la enfermedad, fármacos nocivos, comportamiento de la población, manejo de síntomas y, por supuesto, no deja de mencionar al que considera uno de los más importantes enemigos a vencer: la sobremedicación en la que incurren miles de personas por falta de conocimiento.

En sus apariciones públicas ha sido muy incisivo con el tema de la sobremedicación. ¿Qué tan grave es esta práctica según lo que ha observado?

Hay un tema sobre la medicación en dos niveles. El primero es que hay un grupo de medicamentos que la comunidad está usando sin haber sido recomendados. No están en ninguna guía ni protocolo del Minsa, pero es una tradición en el Perú utilizar estos famosos “triples” para tratar problemas de garganta. Consisten en inyecciones de metamizol, megacilina y, el peor de todos, dexametasona. Entonces, como este coronavirus también puede producir los problemas de garganta y se parece a una gripe en las primeras semanas, la gente iba, y va todavía, a ponerse estos inyectables en las farmacias.

¿Cuánto daño puede producir el consumo de estos fármacos?

Nosotros ya demostramos, y hay literatura sobre eso, que ese famoso “triple” empeora el pronóstico si se toma en los primeros cinco a siete días de la enfermedad. De todas maneras esto empuja al paciente a una neumonía más complicada de la que normalmente debería ser. Es un tema grave la sobremedicación. No solamente es la ivermectina. La gente toma todo lo que encuentra. Toma lo que ha recomendado el Ministerio [de Salud], las plantas que le han dicho por ahí y le agregan la receta del Whatsapp. Ese problema no lo está viendo nadie, y nosotros consideramos que eso puede estar matando a mucha gente.

Ha explicado, además, que esto podría empeorar a quienes, en principio, deberían superar la enfermedad sin problemas, como los jóvenes.

Los pocos jóvenes que yo veo internados son aquellos que se han aplicado estos inyectables de dexametasona. Alguien les recomienda que lo apliquen o inclusive hay médicos un poco confundidos que lo recetan en una etapa temprana. Eso lo único que hace es que este joven que debería estar con una neumonía viral leve, termine hospitalizado en formas graves. Es un tema bien delicado, y para mí es una emergencia de salud pública. El presidente debe salir a decirlo, con mensajes más agresivos y más intensos, porque hay gente que se está matando con esto.

¿Cómo explicar a la población que debe asumir con calma un resultado positivo para COVID-19 cuando, de acuerdo al Minsa, estamos próximos a las 30.000 muertes?

La población tiene que saber para no estar asustada. Es algo que hemos ido aprendiendo desde marzo, cuando vimos los primeros casos. Hay una primera fase que llamamos virémica, donde el virus ingresa y se comporta exactamente como una gripe o hasta menos. Esta fase dura entre cinco y siete días. Entre el 95% y el 98% se van a curar terminando esta fase. La gente tiene que saber que la gran mayoría se va a curar sin necesidad de sobremedicación; que, de 100 personas, 95 no van a pasar a más. Ese dato es bien importante, porque los pacientes a veces se sienten un poco abandonados.

¿Y qué pasa con los otros cinco?

Ahí viene la otra enseñanza. Un grupo, entre 2% y 5%, va a pasar a la segunda fase, que llamamos pulmonar. Muchas veces me preguntan: ¿cómo sé yo que estoy pasando a la segunda fase? Ahí les digo que deben conseguir un “termómetro de coronavirus”, que es el pulsoxímetro u oxímetro de pulso. Este aparatito dice quién está realmente pasando a la segunda. Hay mucha gente asustada o desesperada, que hasta porque les duele el pecho o la espalda ya siente que está haciendo una pulmonía o que pueden morir. Jóvenes de 30 años que piensan que van a morir porque les aprieta el pecho. Pero cuando tienen el pulsoxímetro a la mano uno puede seguirlos sin necesidad de examinarlos, darles la tranquilidad preguntando cuánto están saturando y vigilar a esta población. Hay familias enteras que se curan como [si se tratara de] una gripe.

¿Qué está haciendo la gente al no tener esta información?

Cuando se han enterado de que tienen coronavirus, la gente se ha medicado, se ha hecho exámenes, se ha hecho tomografías innecesariamente. Eso genera un costo que ha tenido un efecto sobre la economía de las familias, sobre la salud mental, porque ha provocado ansiedad. Ahora ya sabemos que lo más importante es que consigan su pulsoxímetro.

Llegado este punto, ¿considera que ya todas las familias deberían tener un pulsoxímetro en casa?

Por supuesto. Se ha vuelto una herramienta inclusive para los médicos, que no estábamos acostumbrados a andar con esto. Nosotros lo descubrimos durante la pandemia. Por eso es que los mensajes de Iquitos son claves. No solo estamos sacando datos de los libros, también hay un aprendizaje en la realidad con el tiempo. Por eso nos preguntamos por qué no hay una preocupación masiva por trasladar ese conocimiento a la población. Yo pienso que ese trabajo se ha descuidado mucho.

¿En cuánto tiempo un paciente puede saber que superó la primera fase?

Yo siempre lo pongo en dos escenarios. Algunos pacientes me preguntan: ¿qué pasa si al octavo día estoy bien o mi saturación está bien? A ellos les digo que si entre el día 10 o 12 la saturación no baja, ya ganaron, después de ese día ya no pueden hacer neumonía. Eso los tranquiliza y es importante. Hasta por teléfono les puedes decir eso. En cambio, el otro grupo, mayores de 60, los obesos, los hipertensos, van a bajar su saturación a partir del día 6 o 7. Ahí yo les digo que van a necesitar oxígeno porque están desarrollando una neumonía por COVID-19. Recién ese es el momento en que debe empezar el consumo de medicamentos.

Ese es otro asunto del que se ha discutido mucho. Desde su experiencia, ¿cuáles son los medicamentos que han tenido éxito luego de varios meses de aprendizaje?

Sabemos que funcionan tres cosas: el oxígeno, que debe ser considerado un medicamento porque mucha gente se va a sanar gracias a él; la enoxaparina para evitar coágulos en los pulmones; y recién ahí, cuando el paciente necesita oxígeno, se puede administrar la dexametasona. Por eso es importante saber eso, porque si no ordenas el dato la gente va a seguir agarrando la dexametasona, que la tomó por años para la faringitis, y la va a tomar durante la primera semana. Mientras se diga información como esta, estoy seguro de que algunas vidas más se podrán salvar.

Considerando que los hospitales están saturados, ¿qué tan recomendable es que estos fármacos sean administrados por la propia familia, es decir, sin que el paciente vaya a un centro médico?

Nunca deberíamos administrar en casa medicamentos que requieren el cuidado de un médico, como la enoxaparina o la dexametasona. Pero siempre hay que aterrizar, y la realidad no es así. Ahorita tú preguntas en Tacna, Puno o en Lima mismo, y muchos médicos están tratando a sus pacientes vía teleconsulta, les monitorean con el pulsoxímetro y, si desatura, la familia contrata una enfermera para que guíe el tratamiento. Así, hay muchas familias que están saliendo solas del problema. Está sucediendo, y por eso hay que hacer recomendaciones para ellos.

¿Por qué cree que, pese a lo que está relatando a partir de lo sucedido en Iquitos, los propios profesionales de la salud parecen ignorar todo ese aprendizaje? En Lima, por ejemplo, se sigue recetando la ivermectina.

Ahí hay carne para los periodistas que quieran investigar. Nosotros estamos sorprendidos de la resistencia férrea dentro de un grupo del Minsa a retirar esos medicamentos que no ayudan en nada. Incluso hay una de ellas, que es la hidroxicloroquina, que hasta ahora no la retiran de la guía y sigue tomando la gente, que no solamente no ayuda sino que además tiene efectos adversos importantes. A un paciente hospitalizado con oxígeno, si se la dan, empeora. Falta una comunicación por parte del Ministerio diciendo: nos equivocamos con la hidroxicloroquina. Nosotros somos uno de los pocos países en América Latina que sigue usando este grupo de medicamentos. Otros países retrocedieron. Hasta Estados Unidos, con Trump, dejó la ivermectina.

¿A qué conclusiones han llegado respecto a la ivermectina?

Si tú le preguntas a la gente, te vas a encontrar con algo grave. Algunos médicos recetan una dosis de ivermectina. Pero el paciente, cuando se siente mal, cuando tiene un dolor de espalda, piensa que como le dieron uno y se sintió bien, vuelve a tomarlo. Tengo pacientes que han tomado cuatro o cinco dosis de ivermectina, y ahí sí ya empieza el problema. Hacen tremores, tiembla, se siente agitado y hasta tiene visión borrosa. Ahí se puede ver la desesperación de la gente. En Iquitos, ya nos convencimos de que no funciona. Yo no lo uso y recomiendo que no se agregue. Esta información ya casi es un medicamento, porque la gente te agradece, te dice que le ha tranquilizado.

Y mientras todo eso pasa nos convertimos en el país con mayor mortalidad por COVID-19.

Las causas de muertes son muchas: la informalidad, la corrupción, la falta de medios, los hospitales. Pero yo creo que ahí tenemos una de las razones de por qué estamos en el primer lugar. En este exceso de mortalidad que tenemos, alguna parte, ha contribuido esa sobremedicación y ese ensañamiento que hemos tenido con esos medicamentos que no ayudan y más bien confunden.

Hablaba hace un momento sobre el dolor de espalda en los pacientes. Además de la confusión en los medicamentos, ¿hay también mucha desinformación en cuanto a los síntomas?

Hay síntomas que sí son relacionados al COVID-19, pero se interpretan mal. Por ejemplo, cuando tú desarrollas coronavirus, de todas maneras se mete con tus pulmones. Probablemente no vas a hacer una neumonía, pero tiene una predilección por la capa del pulmón que se llama pleura. Y esa zona, cuando se afecta, duele. Entonces el paciente, así tenga 20 o 60 años, pasados cinco días va a tener un dolor de espalda. Y ese dolor es como el dolor de cabeza en la gripe. Yo les digo a los pacientes: no pasa nada, no es signo de alarma. Pero si tú sientes dolor en la espalda, ya piensas que se te ha llenado de líquido el pulmón. También hay otra sensación, además del dolor en pecho o espalda, que es medio extraño, como una presión que es una mezcla de ansiedad con el efecto del virus. Muchos pacientes me preguntan y me dicen: doctor, yo siento como si algo me va a pasar. Yo les digo que eso no tiene nada que ver con recaídas y les pregunto en cuánto va su saturación. Por lo general, ese dolorcito es como una cicatriz, un efecto de poscovid.

Usted viene compartiendo una serie de mensajes en internet para hacer eco de las lecciones que ha dejado la pandemia en Iquitos. En su canal de Youtube, incluso, responde las consultas de algunos usuarios con consejos de salud. ¿Qué lo motivó a comenzar con todo ello?

Había necesidad. Al comienzo sí hubo temor de exponerse, pero queríamos compartir datos. Después de nosotros, empezó [el contagio] en Tarapoto, y había la necesidad de compartir todo esto que estamos hablando. Entonces empecé haciendo una foto y un audio para mis amigos y familiares. Mi idea siempre era: hay que informar esto. Compartí el video y empecé a ver lo que te he contado, que la gente se tranquilizaba, me decían que se entendía bien. Lo colgaron en Facebook y tuvo un impacto increíble porque en Tarapoto estaba estallando. Ahí entendí que esta información había que compartirla más. Después, el más reciente, el de Puno [grabado en una charla para la Municipalidad de dicha ciudad], lo di con un lenguaje para la comunidad, no pensé en médicos ni en alumnos. Pensé en una persona que no sabe nada de medicina. Creo que ahí está la clave. Hasta a mí me impresiona cómo ha pegado.