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Las deudas después del duelo: cuando las facturas no perdonan la pérdida

¿Dónde queda la salud mental de una familia cuando a la pérdida de un ser querido se suma una cuenta impagable con un centro de salud? En muchos casos, el estrés y la depresión los acechan constantemente.

(Foto: composición LR)
(Foto: composición LR)
Alexis Revollé

La emergencia sanitaria en nuestro país se desató hace poco más de cinco meses, pero por momentos da la sensación de que llevamos una eternidad soportando sus consecuencias. Las historias parecen infinitas: personas que no encuentran una cama UCI, familias enteras infectadas con el virus, padres desesperados que no pueden ver a sus niños hospitalizados, jóvenes que esperan horas para llenar un balón de oxígeno y salvar a sus madres. Un círculo de abatimiento que se repite cada día y que por desgracia encuentra, en los casos más trágicos, un mismo desenlace: la muerte.

Pero, ¿qué sucede cuando a la pérdida de un ser querido se suma una segunda angustia, un segundo dolor que queda como saldo de lo acontecido? Los últimos meses nos mostraron lo caro que ha salido abandonar la sanidad pública durante décadas. En los hospitales falta espacio y sobra demanda por atención. Las clínicas también se han saturado. Y pese a los acuerdos con el Gobierno, los centros de salud privados continuaron cobrando miles de soles por albergar a pacientes COVID-19. Cientos de familias llevaron allí a sus parientes enfermos, con la expectativa de salvarlos o al menos de recibir esperanza. Y muchos se recuperaron, pero otros, lamentablemente, perdieron la vida. Entonces surge un escenario fatídico para los deudos, una preocupación doble: sobrellevar el dolor de la pérdida y, a la vez, el estrés de una cuenta impagable.

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Cómo no recordar a Jacqueline Minaya, a quien la Clínica Jesús del Norte seguía reclamando más de 40.000 soles incluso luego de que su padre fuera víctima mortal de la pandemia tras ingresar a dicho nosocomio. O a la familia Yactayo, cuyo pariente fue desatendido y pereció en el mismo centro de salud, motivos que no impidieron una exorbitante deuda de 80.000 soles. O a Melissa Zamudio, que denunció a la Clínica San Pablo porque le solicitaba un pago de 70.000 soles a cambio de entregarle el cadáver de su familiar fallecido por COVID-19. Los tres casos fueron reportados solo en los últimos dos meses, y formaron parte de una serie de relatos que mostraron el drama en que puede convertirse el acceso a la salud en el Perú.

¿Qué pasa después?

Muchas veces, la cobertura suele terminar allí, en la denuncia, en el hecho desafortunado y la indignación colectiva que puede originar. Para las familias afectadas, en cambio, aquel es solo el punto de partida de una batalla emocional sumamente complicada. El nuevo coronavirus no solo transformó para siempre la forma en que las sociedades se transportan o desarrollan sus actividades laborales. También parece haber reconfigurado nuestra manera de vinculamos con la muerte.

“La persona que ha perdido un ser querido por la pandemia de la COVID-19 refiere que es una muerte diferente a las que todos debemos atravesar en la vida, como la muerte de un padre. Ahora sucede que están muriendo hermanos o hijos, inclusive, y está sucediendo de una manera imprevista. Ya no hay tiempo para el ritual en la agonía. Cuando un ser humano enferma, la familia se va preparando poco a poco en su lecho de agonía, al ver que se va deteriorando y al acompañarlo en su dolor, y luego llega el momento del adiós. Pero cuando se da una muerte por un accidente, o en este caso rápida por el virus, hay un dolor inesperado”, señala Carlos Bromley, psiquiatra y miembro de la Dirección de Salud Mental del Minsa.

Un dolor invisible. O al menos distante para las familias que, con impotencia, deben asumir que uno de sus integrantes se encuentra totalmente aislado, a pocos o varios kilómetros de casa, y apenas se le puede ver u oír a través del teléfono. Una lejanía que duele, desde luego, y que asimismo simboliza un tipo de pérdida que recién estamos conociendo. En ella, el contacto se hace imposible y la disposición para asimilar la partida implica un esfuerzo muy grande.

Los especialistas en salud mental coinciden en que el panorama actual plantea innumerables desafíos en el siempre inevitable trance de perder a un ser querido. Sin duda, desde el momento en que aparece la enfermedad ya se desata una angustia, pero es después de un eventual deceso que esa misma sensación puede devenir en una desesperación muchas veces agudizada por los propios protocolos de seguridad que exige la emergencia sanitaria.

“A veces no se conoce cómo es el escenario dentro de un hospital, el alto nivel de infección que puede haber alrededor de una persona que ha fallecido por COVID-19. Y en muchas ocasiones el nerviosismo de los profesionales de primera línea hace que no tengan el tiempo para explicar a un familiar desesperado que no puede ver a su ser querido. Y cuando salen [los fallecidos], salen envueltos en un plástico que hace que las personas entren en duda de si será su pariente. Con todo eso también hay que lidiar”, precisa al respecto el psicólogo Manuel Saravia.

Al acecho de las facturas

Pese a las miles de muertes —en el Perú superamos las 27.000, según el Ministerio de Salud— y a la paralización de cientos de actividades que provoca la pandemia, algo sigue en movimiento: el dinero. Las facturas no perdonan ni conocen del virus. Las reglas son inclementes e indican que, si el paciente se atendió en una clínica, entonces hay que pagar. ¿Quién paga? A inicios de este mes, se dio a conocer que hasta el 31 de julio solo cinco pacientes habían sido atendidos bajo el convenio entre el Estado y los nosocomios privados. El resto corre por cuenta de las familias, que en muchos casos no vuelven a ver a sus parientes.

“Los problemas económicos generan un nivel de estrés muy alto. Y el estrés, en la medida que se va acumulando y haciendo sostenible en el tiempo, se convierte en depresión. Entonces, por una parte tenemos el duelo de la pérdida humana de ese ser querido que ha partido en una forma terrible, en soledad, aislamiento, y sumado a eso personas que no solo se quedaron sin familiar, sino que se quedaron empobrecidas. Probablemente muchas perdieron casa, autos, ahorros, y aún así tienen deudas impagables”, explica Saravia.

En efecto, una situación de esas características amenaza con deteriorar la salud mental de los deudos. Ese pago pendiente con la clínica, a veces asumido en medio de la desesperación, termina por agudizar el pesar de un duelo inusual, provocado por la irrupción de una enfermedad insólita. El resultado puede significar un duro golpe a la estabilidad emocional de quien debe soportar la partida.

“La persona de por sí queda afectada por lo que llamamos un duelo frustro. Si a esto, que genera depresión o mucha tristeza, le agregamos los problemas que quedan como producto de la muerte, sobre todo deudas económicas, aparece una gran ansiedad. Las consecuencias de estos dos fenómenos juntos son reacciones ansioso depresivas. Y son reacciones porque las personas que padecen esto, lo padecen como consecuencia de la pérdida del ser amado y la deuda consecuente a esta”, apunta Bromley.

¿Qué tan peligroso es este estado? Lo suficiente como para poner en riesgo el desarrollo y hasta la integridad de quien lo sufre. “Son reacciones bastante intensas que pueden llegar a casos de quedarse uno inhabilitado por un tiempo y no poder llevar una vida normal. Uno se deprime, se aísla, ya no es capaz de realizar las actividades que normalmente hacía. Y, en casos extremos, la depresión puede llevar al suicidio”, añade el psiquiatra.

Otras formas de estar juntos

“Culturalmente somos kinestésicos, estamos acostumbrados al contacto, al apretón de manos, a dar golpecitos en el hombro. Pero este virus nos ha venido a cambiar todas esas posibilidades de expresión”, enfatiza Saravia. Si ya no podemos estar juntos como antes, ¿cómo recomponer los lazos afectivos durante la pandemia de COVID-19? Sin duda, se trata de un desafío que, de afrontarse adecuadamente, puede ayudar a encarar momentos como el duelo.

Para el psicólogo, en estas circunstancias lo usual es recurrir a otros modos de exteriorización de nuestras emociones. La comunicación cumple aquí un rol fundamental, potenciada en la actualidad por canales como Zoom o Whatsapp, que permiten una videollamada familiar para mantener los lazos pese a la distancia.

“Por lo general, la forma en que se está manejando [el duelo] es de manera virtual. Las misas virtuales, hacer grupos de Zoom y llorar juntos, o poder hablar como si estuviéramos en un velatorio presencial, pero en un grupo de Zoom. El dolor compartido, si bien no soluciona, sí reconforta. También se recomienda, si no se tiene la manera virtual o de ver al paciente, poner una foto o escribirle una carta a la persona que ha partido. Esa es una forma de descargar este dolor”, añade.

Nuevos aprendizajes que, al fin y al cabo, comenzaron a formar parte de la cotidianeidad de algunos peruanos, en un país con brechas muy grandes que aún debe acceso a internet a buena parte de su población. Mientras tanto, y a pesar de las diferencias, queda la labor de sembrar un futuro en común luego de tantas víctimas. Pero dicho objetivo significa, sobre todo, construir una memoria nacional sobre lo ocurrido durante la crisis sanitaria.

De acuerdo a Bromley, por ahora esa tarea es impensable. “Cuando uno sabe que algo ya terminó, puede reconstruir de una manera no tan dramática los hechos. Pero ahora estamos en pleno problema. Entonces, nuestra memoria individual, familiar o colectiva, se va armando en base a estos pedazos de vida que estamos dejando de lado”, sostiene el especialista del Minsa.