Salud pública: hay que proteger a los más vulnerables

Indicadores y decisiones. El Ejecutivo peruano, en su programa de reactivación económica, ha privilegiado a los grupos de poder. Resultado de ello es un sistema sanitario colapsado, miles de fallecidos e infectados por el nuevo coronavirus.

Constancia. Médicos y demás profesionales de la salud se esfuerzan por salvar la vida de los infectados por la Covid-19.
Constancia. Médicos y demás profesionales de la salud se esfuerzan por salvar la vida de los infectados por la Covid-19.

Por: Arturo Mendieta Navarro

Desde que la pandemia empezó, distintos especialistas en el tema destacaron la importancia del tiempo en este nuevo evento histórico. Ningún país en el mundo podría contra este enemigo invisible y gigante a la vez. Tiempo para replegarse y prepararse. Tiempo para expandir el sistema de salud y postergar su colapso. Tiempo para evitar que la letalidad explote y las muertes se cuenten diariamente de mil en mil. Tiempo Para que la inminente catástrofe no sea aún mayor. Pero ¿cómo hacemos cuando hemos perdido tiempo por más de 30 años?

En la medida de sus posibilidades, el Perú postergó el colapso, pero dicha postergación fue diferenciada a nivel regional.

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Así como la amplia variedad de genomas secuenciados del virus, las montañas o curvas (de casos positivos, hospitalizados, muertes) también son variadas y responden a las estructuras socioeconómicas de cada país y territorio (pobreza, informalidad, etc.). En el Perú, la montaña de “muertes diarias” (línea roja del gráfico 1) no ha tenido una pendiente empinada todo el tiempo. Ha sido un camino de subidas y mesetas. De hecho, después del primer reporte de coronavirus en el país (6 de marzo), nos tomó 55 días llegar a una larga meseta, la más prolongada que hemos tenido hasta el momento.

Entre el 30 de abril y 14 de mayo (ver gráfico 1) anduvimos por un camino plano, con un promedio de 88 muertes diarias. Durante esas dos semanas, los números de muertes diarias se mantuvieron estables. Sin embargo, el 15 de mayo volvimos a subir. Caminar por esta parte de la montaña duele mucho, ya no hay espacio ni fuerzas para atender a los caídos.

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Dado el evidente colapso de todo el sistema de salud nacional de las últimas semanas, el promedio de fallecimientos diarios ha subido a 127 (entre el 15 y 26 de mayo), una clara señal de que la muerte está llegando con mayor facilidad.

Hasta la fecha, si bien nuestra particular montaña no conoce de descensos, tampoco conoce de crecimientos explosivos. Por el contrario, las velocidades van reduciéndose lentamente. En el gráfico 02 podemos apreciar la desaceleración semanal de las tasas de crecimiento en la curva de “muertes totales”. Hemos pasado de un crecimiento promedio, de 11.2% durante la tercera semana de abril, a un 3.8% en la cuarta semana de mayo. El número de muertes aumenta, pero no explota.

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Pero ¿cómo aproximarnos a la cantidad real de muertes producidas por Covid-19? El subregistro es un problema global. Todos los países del mundo, incluyendo a los más poderosos, tienen este problema. No parece ser un esfuerzo concertado por ocultar muertos (aunque siempre hay que dudar), se trataría, sobre todo, de la imposibilidad de determinar si estas muertes fueron producidas por Covid-19 o no. Recientes estudios internacionales estiman que el número de muertos por coronavirus es un 60% mayor que el reportado oficialmente a nivel global.

Con las cifras oficiales del Minsa, tenemos 115 muertes por millón de habitantes y una letalidad de 2.9%. Es decir, por cada 100 peruanos infectados, mueren 3. Ello, nos sitúa muy por debajo de la letalidad promedio mundial (6.2%). Pero evaluemos el peor escenario posible y veamos el exceso de mortalidad (número de muertes por encima del promedio histórico) (ver Tabla 1).

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De acuerdo con el Sinadef, entre el 16 de marzo y 25 de mayo de 2020, se registró un total de 3.468 muertes semanales a nivel nacional. Para los 3 años anteriores (2017-2019), en el mismo periodo de tiempo, el Sinadef registró un promedio de 1.991 muertes semanales. Sin embargo, de acuerdo con el INEI (2016-2018), el promedio de muertes semanales fue de 3.105. Utilizando ambas fuentes (Sinadef e INEI) para aproximarnos al número real de muertes entre el 2016 y 2019, obtenemos un promedio de 2.548 muertes semanales.

Por lo tanto, durante estas 10 semanas serían 9.201 muertes producidas durante esta pandemia por encima del promedio histórico, de las cuales 3.788 son atribuidas al Covid-19.

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Asumamos entonces que en realidad son 9.201 muertes por Covid-19, lo cual equivale a tener un subregistro del 143%. Con este escenario extremo, tendríamos una letalidad de 7% (similar a la del promedio mundial) y 279 muertes por cada millón de habitantes.

Para ponerlo en perspectiva, si tuviéramos la letalidad de países potencia como Bélgica (16%), Francia (16%) o Inglaterra (14%), hoy debiéramos tener entre 18 y 30 mil muertos (entre oficiales y sospechosos). Incluso en el escenario más extremo, Perú tendría menos muertos por millón de habitantes (279) que Italia (545), Suecia (409), Holanda (342) o EEUU (304). Ello sin considerar que la mayoría de países también aumentaría sus tasas de letalidad y sus muertes por millón de habitantes si nivelaran su nivel de subregistro.

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El llamativo desempeño nacional cambia radicalmente si miramos a las regiones (ver gráfico 03). Particularmente, las regiones del norte y del oriente colapsaron varias semanas atrás y sus letalidades explotaron como las europeas. En resumen, la muerte llegó antes y con mayor facilidad a los territorios alejados de la capital. Las persistentes brechas y los diferentes niveles de desprotección y abandono que existen en las regiones no son novedosas. Por el contrario, nos demuestran (una vez más) el carácter abandónico de nuestro Estado centralizado y limeño.

Además de abandónico, el Estado peruano siempre fue pequeño, lo redujo más el neoliberalismo de las últimas décadas. ¡Ese martillazo sí chancó! Lo incapacitó para proteger a sus ciudadanos. Más pequeño aún es el sector de Salud: fragmentado, con presupuestos, salarios, e infraestructuras deleznables. Ni que decir de las regiones y sus direcciones de salud casi invisibles. ¡Una gradiente de pequeñeces!

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Con un sistema de salud liliputiense, de los más abandonados del continente, con un sistema que NO es sistema, la pregunta que surge es, ¿cómo se ha podido contener un mayor desborde de muertes? Epidemiólogos e infectólogos, las voces más autorizadas, destacan, por un lado, el rol de la cuarentena para retrasar el colapso y expandir el sistema hospitalario. Por otro lado, el rápido aprendizaje del personal de salud para hacer frente a la enfermedad. Preguntémonos sino, ¿de dónde salen las miles de altas médicas diarias? ¿O cómo se redujo la mortalidad en UCI? El sector Salud hizo lo que pudo, gracias al coraje de sus trabajadores que, pese a todo, resisten con grandeza.

Es irónico, sin embargo, que los sectores más grandazos del Estado no hayan respondido con similar grandeza. El todo poderoso MEF responde, como siempre, con indolencia. Cuando más se necesitaba fortalecer el confinamiento, a través de bonos verdaderamente universales que hubiesen permitido financiar la cuarentena de los más pobres y vulnerables, prefirió invertir fuerzas en proteger a los de siempre: AFP, Confiep, los patrones del Perú (ver columnas de Francisco Durand).

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Como sabemos, el gobierno ha salido a endeudarse para financiar los gastos de esta pandemia, además ha dejado de percibir ingresos debido a la reducción en la recaudación. Si el problema es obtener fondos, se tiene que implementar un impuesto a la riqueza. El sustento técnico existe. En una crisis, el stock de riqueza (el patrimonio y valor económico acumulado) no se ve tan afectado como los ingresos (flujos semanales, mensuales). Urge un impuesto a los millonarios que existen en el Perú (ver Sánchez y Castillo). Recursos importantes para ampliar la capacidad sanitaria, para no volver a abandonar a los de siempre, para una salud pública de verdad.

Las tensiones entre la salud pública y la economía son azuzadas por los voceros y representantes de los grandazos. Ellos se mueven a través de múltiples caretas, haciendo un ejercicio irresponsable de su poder y boicoteando las políticas de salud pública que tanto cuestan construir e implementar. Dos ejemplos. El más reciente es el que vimos a través de recetas de política de algunos economistas diciendo: “la cuarentena no sirve, los martillazos no chancan, hagamos delivery”. Todo lo opuesto a las recomendaciones dadas por los verdaderos expertos. ¿Cómo lo debemos interpretar?: ¡La economía es primero! “No queda de otra” .

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Otro ejemplo, la ley de octógonos de advertencia (para identificar alimentos que se exceden en sodio, azúcar y grasas) encontró mucha resistencia en varios congresistas de la República. Una ley del 2013 que se implementó en el 2019. ¿Por qué evitar que la población esté informada? ¿Operadores de los intereses económicos de los grandazos? Las consecuencias las sufrimos ahora. Como ya se ha demostrado, comorbilidades como la obesidad y diabetes juegan en pared con el coronavirus, son cómplices de las decenas de miles de muertes a nivel mundial. El capitalismo de las grandes industrias alimentarias que inundan nuestras mesas de basura, ¿qué grado de responsabilidad tienen en esta pandemia?

Entonces, que no nos engañen. El sistema de salud no debe ser el único llamado a ser reformado. Esta refundación debe encargarse de disolver viejas alianzas entre las principales instituciones del Estado y los patrones del país. Tampoco engañémonos nosotros mismos, no es la “cultura combi y su bajo nivel cultural”, ni “la falta de apego a las reglas”, como algunos discursos racistas y clasistas sugieren. Es, sobre todo, la historia del abandono, la cultura del boicot, lobista y corrupta promovida por los grandazos y sus voceros. Que las crisis sea una oportunidad de cambio verdadero, no para seguir detenidos en el tiempo.

Bibliografía

I Se ha utilizado una media móvil de 7 días, es decir, el promedio de muertes diarias cada 7 días, para poder capturar posibles retrasos en la data del Minsa.

II Elaboración propia. Fuente: Minsa

III Elaboración propia. Fuente: Minsa

IV https://www.ft.com/content/6bd88b7d-3386-4543-b2e9-0d5c6fac846c

V Exceso de mortalidad: la diferencia entre el total de muertes producidas por todas las causas durante la pandemia y el promedio histórico de años anteriores.

VI Sistema Informático Nacional de Defunciones

VII INEI (2019). Perú. Natalidad, Mortalidad y Nupcialidad 2018.

VIII La diferencia entre el numero de defunciones entre estas dos fuentes refleja un subregistro de la cantidad real de muertes por parte del Sinadef para años anteriores. Por lo tanto, para aproximarnos a la cantidad real de muertes semanales durante el 16 de marzo y 25 de mayo (2016-2019), he utilizado ambas fuentes.

IX Elaboración propia. Fuente: Minsa

X Alarco, G., Castillo, C. y Leiva, F. (2019). Riqueza y desigualdad en el Perú. Lima: Oxfam América.

XI http://www.otramirada.pe/redistribuci%C3%B3nen-tiempos-de-pandemia-pertinencia-de-un-impuesto-solidario-la-riqueza

XII https://www.youtube.com/watch?v=0WNd3vq8SlY&t=656s

XIII http://hacerperu.pe/y-ahora-que-el-martillo-no-chanco-que-hacemos/

XIV https://piuravirtual.com/2020/05/perdimos-la-batalla-y-perderemos-la-guerra/

XV Manifestado por una periodista peruana https://www.youtube.com/watch?v=V3BOC9CvKTA

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