Heroísmo de los niños vacuna

20 Abr 2020 | 13:11 h

Recién en 1803 el rey Carlos IV de España, a quien la viruela le arrebató un hijo, dispone una expedición marítima hacia América y Filipinas para vacunar gratuitamente a toda la población.

Eduardo Ugarte

Periodista

Por el pediatra Carlos Dávila Flores (ver revista La Ciudad Nº 31). Sabemos que la aplicación de vacunas a través de anticuerpos de la sangre de los contagiados, como se busca ahora contra el COVID-19, tiene historia iniciada hace siglos en China e India, de donde pasó a medio oriente, y que una de ellas en occidente –la más dramática– llegó a nuestra ciudad.

La viruela se expande en América desde 1518 con el desembarco de europeos, matando millones de nativos indefensos. Recién en 1803 el rey Carlos IV de España –a quien la viruela le arrebató un hijo– dispone una expedición marítima hacia América y Filipinas “para vacunar gratuitamente a toda la población, enseñar a preparar la vacuna en ultramar y organizar juntas municipales de vacunación para llevar un registro.”

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La expedición la dirigen Francisco Xavier Balmis y José Salvany, y parte de La Coruña el 30 de septiembre de 1803 en la corbeta María Pita, en la empresa de salud pública –como señala Dávila– más extraordinaria de la humanidad, cuya aplicación, con valor social, sanitario y universalidad es epopeya nunca superada, con altura dramática en los portadores de la vacuna: 22 niños de la Casa de Expósitos (abandonados) de La Coruña que en su sangre la llevaban.

La vacuna se mantenía por inoculaciones de brazo a brazo entre los niños en toda la travesía y se guardaba una carga de suero entre placas de vidrio selladas. Balmis registraba cómo se vacunaba y conservaba el suero: primer manual de vacunas del mundo. Al llegar la expedición a Venezuela se divide, y la que se dirige a Santafé de Bogotá, Perú y Buenos Aires queda cargo de José Salvany, quien muere en Arequipa en 1808. (El que suscribe no ha ubicado aún el sitio de entierro para reconocerle valor en la historia de la salud pública).

De estos niños héroes (de 3 a 9 años), de los que literalmente se sacaba la vacuna, diez tenían nombre y apellido, doce solo uno o dos nombres, como Tomás Melitón y Juan Antonio que murieron; algunos fueron a la Escuela Patriótica (1806) o los adoptaron en México. De los catorce que regresaron a España, seis fueron a la escuela, cinco pudieron trabajar y el resto catalogado de “estúpido” por malas costumbres marineras: lenguaje grosero y alcoholismo.

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