Carla Granados: “Usar la metáfora de la guerra es perder el horizonte”

En las últimas semanas, los altos funcionarios del Estado vienen utilizando la retórica belicista para hablar del coronavirus. ¿Qué tan efectivo puede ser? ¿Nos une o en realidad nos confronta?

Granados viene recorriendo el país entrevistando a soldados de tropa que defendieron al Estado durante el conflicto armado interno, y que hoy se encuentran en un absoluto abandono.
Granados viene recorriendo el país entrevistando a soldados de tropa que defendieron al Estado durante el conflicto armado interno, y que hoy se encuentran en un absoluto abandono.
Renzo Gómez

Comando de operaciones Covid-19, personal de salud en la primera línea de combate, soldados y enemigos. La académica Carla Granados, quien sirvió durante siete años al Ejército como historiadora militar, nos brinda mayores luces sobre estos términos adoptados por el gobierno.

Carla Granados es historiadora y doctorante en Antropología Social del Institut des Hautes Etudes de l’ Amérique Latine (IHEAL)- Université Sorbonne Nouvelle Paris III. Además especialista en los estudios de memoria de los veteranos de guerra en el Perú.

¿No seguir las medidas para evitar los contagios es cometer traición a la patria?

Es un asunto muy delicado referirse bajo esos términos. Este empleo de la metáfora de la guerra no solo ha empezado a evidenciarse aquí sino en otros países, y se ha cuestionado porque no estamos frente a un enemigo armado. Eso podría tener repercusiones peligrosas en una sociedad como la nuestra que es de alta conflictividad social. Estamos frente a una crisis donde se evidencia, más bien, un progresivo desmantelamiento de la precarización del sistema de salud pública.

Diría que estamos aplicando esta metáfora para guiar la atención hacia otro lado entonces…

A ver, la metáfora es comprensible en el lenguaje militar, porque el personal militar está preparado para una guerra. Pero llama la atención que las autoridades civiles se apropien del lenguaje militar. Eso es un punto quiebre en cómo se está manejando la comunicación pública acerca de las medidas del Estado. Eso podría tener secuelas a nivel de la subjetividad social. Es más asertivo apelar a la responsabilidad ciudadana que el crear esta idea de que los peruanos somos enemigos y soldados a la vez, apropiándonos del lenguaje militarizado. Estamos en un nivel que aún podemos renunciar a ello, y lo digo especialmente a partir del discurso de la doctora Mazzetti en Arequipa.

Hay que sumarle que tenemos una tendencia a la cultura autoritaria.

A eso iba con la subjetividad social. Antes de la cuarentena y de la declaratoria del Estado de Emergencia había varios conflictos sociales activos. Es más, veníamos de una oleada a nivel de América Latina. El asunto está en cómo hacemos para convivir socialmente con una actitud responsable, en paz, y con solidaridad, porque las circunstancias así lo ameritan. Usar la metáfora de la guerra es perder el horizonte.

Hace unos días 500 ciudadanos apurimeños, huancavelicanos, huancaínos salieron caminando de Lima, porque no tenían cómo afrontar la cuarentena. No tenían qué comer. ¿Por qué en lugar de verlos como víctimas no pocas personas los condenaron en el debate público?

A ver, esta idea de los disciplinados e indisciplinados pasa por una calificación muchas veces racista y peyorativa respecto a la posición donde te encuentras para juzgar a los demás ciudadanos. Lo que ha revelado esta crisis es que todavía siguen vigentes estos conflictos a nivel interno en relación a los pobres y los ricos, los limeños y los provincianos, los blancos sobre los cholos y los indígenas. Los medios de comunicación deben explicar las razones por las cuales todavía seguimos fragmentados en diversos niveles, y dependiendo de esa fragmentación juzgamos al otro.

Se ha producido una especie de confrontación entre los limeños de Lima Centro por así decirlo con los de Lima Norte o Este…

Se han despertado fracturas. Estos términos racistas se emplearon en el conflicto armado interno. No olvidemos que el conflicto costó la vida de más de 69 mil peruanos, y que la mayoría de ellos fueron de origen andino o amazónico. Si bien son cerca de 20 años desde que se declaró culminado el conflicto, podemos afirmar que la guerra no culmina cuando se deponen las armas ni cuando se desmoviliza a los actores armados. La tarea más difícil para la reconstrucción nacional es la desmovilización subjetiva. Todavía no hemos logrado como sociedad desmantelar el lenguaje de la diferencia, el lenguaje de la militarización. Y, de hecho, mucho de los juzgamientos que tienden a la homogenización tienen que ver con esta herencia de cómo nos vemos a nosotros mismos. La crisis lo está revelando.

¿Qué consecuencias podría traer el hecho de que se haya eximido de responsabilidad penal a los militares que causen lesiones o muerte durante los patrullajes para vigilar el aislamiento social obligatorio?

Dado que conflictos convencionales están cambiando de forma, desde el año 2000 las fuerzas armadas han emprendido un nuevo proceso de profesionalización para adaptarse a nuevas nuevas misiones. Esta crisis es una gran oportunidad para emprender estos grandes proyectos de transformación de las fuerzas armadas y la policía nacional. La ciudadanía tiene que comprender que ya no tiene que ver al militar o a la policía como el represor sino que son elementos que han asumido nuevas misiones para la seguridad pública.

¿Pero no cree que es válido que un ciudadano se preocupe, pues podría dar carta abierta a los abusos?

Lo que se ha hecho ahora es militarizar la seguridad, pero no ha habido un protocolo previo y un paradigma de atención. Si bien falta mucho para la profesionalización hay un esfuerzo en ambas instituciones. Hay que tomar en cuenta el agotamiento de las fuerzas del orden. No hay el suficiente contingente para turnarse. Y han sido expuestos a contagios, evidenciando el desmantelamiento de los hospitales militares y policiales. Ellos también están entrampados en esta crisis. Repito: no es una guerra sino una crisis sanitaria que tiene responsables y que los ha vuelto a colocar en escena, pero ambas instituciones no van a resolver el problema de la falta de autoridad y la crisis sanitaria en 30 días. Son la cara visible del Estado, pero hay que ser más justos más allá de los apasionamientos.