Cura para el virus. Médicos de diversas partes del mundo aún tantean qué medicamento usar.
Cura para el virus. Médicos de diversas partes del mundo aún tantean qué medicamento usar.

¿Un viejo tratamiento para un nuevo virus?

Polémico tratamiento. Cloroquina e hidroxicloroquina, dos fármacos usados para curar a pacientes con malaria, paludismo o que sufren reuma y artritis, se presentan como los más eficaces para combatir el nuevo coronavirus. Médicos peruanos recomiendan su uso, pese a que aún no hay “un tratamiento farmacológico aprobado contra el Sars-Cov-2”.

La República
26 Mar 2020 | 8:37 h

Por: Alexandra Ampuero y Roberto Ochoa B.

Todo empezó cuando científicos chinos anunciaron que las pruebas con cloroquinina (un médicamento muy común para pacientes afectados de malaria) realizadas in vitro, es decir, en laboratorio, demostraron que arrasaba con el COVID-19. El tratamiento ya había sido ensayado con éxito el 2005, pero en chimpancés y con el coronavirus de turno, de esos que cada cierto tiempo aparecen en China por la mala costumbre de consumir animales silvestres.

Esta vez las pruebas se hicieron en células humanas y el resultado fue alentador: el COVID-19 moría al contacto con la cloroquina.

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El problema es que, si bien la cloroquina sivió para inhibir al nuevo coronavirus, los médicos saben que resulta tóxico para el hígado. “No sólo provoca daños hepáticos -nos dice el Dr. Ciro Maguiña-, tampoco es recomendable para hipertensos y pacientes con males cardiacos”.

En eso estaban los chinos cuando llegaron noticias de un laboratorio francés donde se aplicaba dosis de hidroxicloroquina -más seguro y menos tóxica que la cloroquina- mezclado con Azitromicina, un viejo antibiótico muy usado para neumonías y problemas bronquiales. La buena noticia se originó por un ensayo con 36 pacientes en Francia (ver gráfico) donde aquellos infectados con el COVID-19 que recibieron la dosis de hidroxicloroquina más Azitromicina se recuperaron en menos de cuatro días.

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Para los científicos, sacar conclusiones con una muestra de solo 36 pacientes es poco menos que una herejía, pero en la actual pandemia provocada por el COVID-19 es casi un milagro. De inmediato, el propio Donald Trump ofreció una rueda de prensa donde leyó un discurso que, en resumen, otorgaba a este tratamiento con el binomio de medicamentos un estatus de remedio nacional, pese a que la todopoderosa FDA (entidad federal que regula los alimentos y las medicinas en todo EEUU) no se atreve a dar el visto bueno para su uso.

El paladín de este tratamiento es el Dr. Didier Raoult, director del Instituto Mediterráneo de Infecciones y experto de renombre internacional en enfermedades infecciosas contagiosas. En un reportaje publicado en el diario Clarín, Raoult considera que “un tratamiento contra la malaria, basado en 600 mgs de hidroxicloroquina cada 12 horas, y un comprimido de azitromicina por día, pueden derrotar la pandemia. El gobierno francés autorizó los ensayos clínicos en varios centros hospitalarios de Francia y el alcalde de Niza, Christian Strossi, contagiado, ordenó comenzar a aplicarlo en su ciudad”.

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La azitromicina es un antibiótico clásico en el tratamiento de las infecciones respiratorias de origen bacteriano. Es decir, en las neumonías o en las bronquitis causadas por bacterias. También un efecto antiinflamatorio y se usa porque los pacientes infectados de COVID-19 tienen un alto riesgo de infecciones bacterianas asociadas.

Ahora sabemos que Roualt inició sus investigaciones con un ensayo clínico realizado en diez hospitales chinos para evaluar la eficacia de la cloroquina en los tratamientos asociados al Covid-19. “La capacidad antiviral y antiinflamatoria de la cloroquina podría tener una eficacia potencial para tratar a pacientes afectados con neumonía provocada por el COVID-19”, declaró a la periodista de Clarín.

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“Raoult fue autorizado a fines de febrero a comenzar ensayos clínicos en 24 pacientes con coronavirus Covid 9 en Francia con extraordinarios resultados. Fue invitado a ser miembro del comité de 11 especialistas asesores del presidente Emmanuel Macron”, agrega el revelador reportaje.

Sin embargo, el Dr. Maguiña, experto en Epidemiología, se muestra cauto con este trata-miento. “No se puede aplicar a todos los pacientes afectados de COVID-19. La hidroxicloroquina se receta a pacientes con reuma o artritis, pero antes se debe realizar un electrocardiograma porque provoca arritmias. Algo similar sucede con la azitromicina”.

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Para Maguiña, lo bueno de este tratamiento es que ambos medicamentos abundan en las farmacias y son relativamente baratos.

Lo curioso es que el tratamiento tiene un antecedente natural en el árbol de la quina que decora nuestro escudo patrio.

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Lo cierto es que tanto la cloroquina como la hidroxicloroquina son medicamentos sintéticos, de laboratorio, que surgieron precisamente cuan- do la demanda de quinina (un fármaco extraído de la corteza de la quina) usado en Europa y Estados Unidos prácticamente exterminó el árbol andino. Y si no fue completamente exterminado fue porque los científicos en los años 40 del siglo pasado elaboraron medicamentos sintéticos como la cloroquina. Es una situación similar a la del caucho: su uso masivo provocó una sobreexplotación en la Amazonía con genocidio de por medio, hasta que en plena Primera Guerra Mundial los científicos lograron elaborar un caucho sintético que evitó el exterminio del árbol amazónico y detuvo la esclavización de nativos.

El debate en Perú

Así las cosas, un grupo de médicos peruanos recomendó el uso del polémico tratamiento para combatir el coronavirus. A través de un comunicado emitido el 23 de marzo, la Sociedad Peruana de Enfermedades Infecciosas y Tropicales (SPEIT) recomienda “considerar” el uso de cloroquina e hidroxicloroquina en el tratamiento contra la enfermedad que produce el COVID-19. A pesar de reconocer que “no existe un tratamiento farmacológico aprobado contra el Sars-Cov-2”, este grupo de médicos manifiesta sentirse avalado porque “existe evidencia de estudios in vitro que sugieren” su eficacia.

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Sin embargo, el infectólogo Ciro Maguiña, también miembro del SPEIT, confiesa que el acuerdo no goza de unanimidad. Él confirma que “no hay un estudio sólido y contundente, científicamente”. El vicedecano del Colegio Médico reconoce que, aunque el uso de este fármaco “ha sido favorable en algunos países”, “los diseños no están científicamente validados porque son solo reportes de casos, de experiencias que en algunos pacientes han ido bien”.

No es el único miembro de la comunidad médica con esa postura. El neumólogo Carlos Iberico, de EsSalud, indica que “para hacer una recomendación, abierta y definitiva, tiene que haber evidencia de un gran número de pacientes, entre tres mil y cinco mil; eso hasta el momento no existe”. No obstante, admite que “es lo único que hay: todos los hospitales están asumiendo ese tratamiento como la única posibilidad de poder ayudar al paciente”.

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A los dos médicos afirman que la cloroquina e hidroxicloroquina son fármacos ya conocidos, y a diferencia de otras que se han puesto sobre el tape- te, son más fáciles de manejar por vía oral. “Son las más prometedoras”, afirma Maguiña.

Como toda droga farmacéutica, se corre un riesgo al administrarla. En principio, está contraindicada para personas hipertensas y con deficiencias hepática o renal. El doctor Iberico coincide con Maguiña en que es vital realizar al paciente un electrocardiograma previo: “la recomendación es hacerlo antes de empezar el tratamiento para ver su valor cardiaco”.

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A más alto valor, mayor riesgo de arritmia cardiaca corre el paciente. Y “aún así el valor sea bajo y se le dé el tratamiento, se tienen que hacer controles cada 24 y 48 horas para confirmar que el virus no se está prolongando”, afirma el neumólogo.

A criterio del médico

Ambos médicos coinciden en que el gobierno no va a poder hacer una recomendación oficial del medicamento porque no hay evidencia suficiente. “Va a depender del manejo de cada médico con el paciente”, afirma Iberico. Maguiña comenta que en otros países ya se está administrando este medicamento. China, Francia y Estados Unidos son algunos de ellos. “Se están haciendo en el mundo varios ensayos clínicos y distintas combinaciones, pero eso va a demorar”, dice Maguiña, “por eso, por ahora la decisión de aplicar este fármaco se está dejando a criterio del médico”.

Queda en el paciente “asumir el riesgo de aceptar un medicamento que no está absolutamente demostrado”, sostiene Iberico. Maguiña añade que “el paciente puede firmar un consentimiento informado”. Agrega que la sociedad científica “debe cumplir con advertir de las bondades y desventajas que tienen estas drogas”.

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Ya la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha hecho un llamado a la prudencia. Ha aclarado que a pesar de que hay “indicios de que la cloroquina podría ser útil, actualmente no existe ningún tratamiento que haya demostrado ser efectivo contra el COVID-19”. La propia Administración de Alimentos y Medicamentos en Estados Unidos especificó que “necesitaba más estudios al respecto antes de poder sacar verdaderas conclusiones”.

En el Perú, el Instituto de Evaluación de Tecnologías en Salud e Investigación de EsSalud ya realizó un reporte al respecto, el pasado 21 de marzo. La Subdirección de evaluación de productos farmacéuticos y otras tecnologías sanitarias ratificó que “no se dispone de evidencia científica a la fecha que permita recomendar el uso de cloroquina en pacientes con COVID-19”.

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Lo mismo resuelve sobre el oseltamivir, atazanavir, tocilizumab, interferon y el ritonavir, fármacos sobre los que también se estuvo especulando para frenar las complicaciones del coronavirus.

La República trató de comunicarse en varias oportunidades con el presidente de la SPEIT, el infectólogo y profesor de la Universidad Cayetano Heredia, Eddie Angles, pero no se obtuvo respuesta.

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