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El derecho a morir, no a matar

Eutanasia y pena de muerte: dignidad versus demagogia.

Augusto Álvarez Rodrich.
10 Mar 2020 | 7:27 h

La agenda pública peruana suele desechar lo valioso para las personas a favor de la demagogia de los políticos, como hoy ocurre cuando no se atiende el pedido de la psicóloga Ana Estrada de tener una muerte digna, mientras el presidente Martín Vizcarra recurre al recurso gastado e inviable de la pena de muerte para violadores y pedófilos.

Anteayer, TV Perú le solicitó al presidente Vizcarra, durante una actividad oficial, su opinión sobre la instalación de la pena de muerte para esos delitos y, en vez de responder como estadista serio que mira la historia, lo hizo como presidente angustiado por la quincena y la encuesta que viene.

“Hay que evaluarlo. No quiero adelantar una opinión, hay que analizar todas las opciones que haya y veremos lo que sea efectivo”, fue la respuesta del presidente Vizcarra que busca enganchar con la indignación de la ciudadanía por los crecientes feminicidios y violación de menores, pero que es lamentable pues él debe saber de la inviabilidad jurídica del instrumento de matar a una persona como consecuencia de un proceso judicial con el fin de erradicar esos delitos.

Promover la pena de muerte es un recurso propio de presidentes que necesitan más aprobación ciudadana. En cambio, encarar de manera responsable la eutanasia, como un derecho a morir con dignidad, no es una causa tan popular, pero debiera ser atendida como corresponde al pedido que hace Ana Estrada, quien sufre una enfermedad degenerativa muscular:

“No me quiero morir. Más que nunca amo la vida y por sobre todas las cosas de este mundo amo la libertad de elegir. Esta búsqueda por la muerte se convirtió, paradójicamente, en una motivación para vivir (…). Esas heridas supurarán pus y olerán podrido y el tejido se va a necrosar. Pero eso será solo el comienzo de sendas infecciones y más medios invasivos y amputaciones y no moriré. Ese infierno seré eterno y mi mente estará completamente lúcida para vivir cada dolor en una cama de hospital sola y queriendo morir. Yo no quiero morir de forma clandestina. De esa manera triste, trágica, terrible.

Defendamos el derecho de Ana a morir con dignidad; rechacemos a políticos que, como el presidente y muchos otros, quieren matar por popularidad.

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