#MeToo, Weinstein y Plácido

01 Mar 2020 | 11:51 h
Claudia Cisneros: “La buena noticia ahora es que va forjándose el cambio gracias a la otra gran lección de estos casos: las voces mancomunadas”.
Claudia Cisneros: “La buena noticia ahora es que va forjándose el cambio gracias a la otra gran lección de estos casos: las voces mancomunadas”.

Los recientes casos de Harvey Weinstein y Plácido Domingo dejan claro que empieza a verse el viraje cultural en el tratamiento de la violencia contra las mujeres. Dejan claro que las acciones de los agresores, por poderosos que sean, tienen consecuencias.

Estos casos también son importantes porque expanden el entendimiento de la agresión contra las mujeres. Agresión ya no es entendida solo como pegarle a una mujer conocida o desconocida. Tampoco es solo la penetración, sino todo el espectro de abusos y agresiones sexuales que van desde la presión de recibir un beso, presión para el coito, o presión para someterse a acciones sexuales, manoseos, etc.

Es la primera vez, además, que se toma en consideración la asimetría de poder entre los acusados hombres y las mujeres denunciantes. En el caso de Weinstein sus principales víctimas reconocieron haber tenido relaciones sexuales con él después de los ataques. Con una de ellas incluso tuvo una relación íntima que duró años. En el caso de Plácido las 20 mujeres en las que basó su investigación el Gremio de Artistas Musicales USA fueron sus conocidas.

Esto es sumamente importante porque pone en dimensión y valida el tema central tras todas las formas de violencia contra la mujer: poder y control. En casos de alto perfil como los de Weinstein y Domingo, la asimetría se da de inicio porque son hombres con poder en sus rubros que lo usan para obtener lo que desean sin pensar o importarles cómo coactan a las mujeres.

Tan sedimentado está su rol de hombre-poder, que se les hace difícil reconocer sus excesos y buscan desviar su responsabilidad señalando a su víctima. Sea por intentar salvar su reputación (otra vez intentan ejercer poder) y/o por real inconsciencia e incomprensión de lo que las mujeres reclaman, los acusados entran en negación; sumando una nueva humillación a la víctima y obstruyendo el camino de sanación del opresor.

Tras oír el veredicto del jurado Weinstein desconcertado decía: “Soy inocente. ¿Cómo puede estar pasando esto en EEUU?”. Plácido había negado las acusaciones hasta horas antes de conocerse que el Gremio lo sancionaría suspendiéndolo 18 meses, obligándolo a disculparse y a tomar clases de reeducación sexual, además del pago de US$ 500,000 (y cancelaciones de fechas). Entonces dijo que tras 6 meses de reflexión había entendido, que pedía disculpas a las víctimas y se hacía totalmente responsable de sus acciones. Hubiera sido un caso excepcional y modélico, excepto que días más tarde se retractó asegurando que él nunca había sido agresivo con nadie. Traducción: lamento que te hayas sentido así, no que yo te haya hecho aquello. Negación.

Hay aún mucho por explorar sobre la negación del abusador y sobre el espectro de sanciones acorde al tipo de agresión en un mundo en el que 1 de 3 mujeres será víctima de violencia sexual y/o física por su pareja o conocido (OMS).

La buena noticia ahora es que va forjándose el cambio gracias a la otra gran lección de estos casos: las voces mancomunadas. Las mujeres que de forma colectiva rompieron el miedo y el silencio. Es un triunfo de lo colectivo que forjó el #MeToo y que da esperanza y combustible para seguir luchando por el horizonte de entendimiento común -entre hombres y mujeres- de qué no está permitido más y por qué es tiempo de revisión individual, social y cultural. En lo político, la lucha es por apurar políticas públicas que acompañen el necesario e ineludible cambio.

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