Hombre y naturaleza o verdades de perogrullo

01 Mar 2020 | 16:38 h

Detrás de la falta de prevención o mitigación ante los embates de la naturaleza, casi siempre encontramos al hombre, como autoridad o funcionario, siendo el responsable.

Eduardo Ugarte y Chocano

Periodista

Detrás de lo que llamamos desastres naturales, la mayoría de veces encontramos al hombre como causante antes que a la naturaleza; pues, al ocupar con viviendas el cauce de un río, una torrentera, las faldas de un cerro o un volcán, se está sujeto a que las aguas, los huaicos, los lahares o erupciones las destruyan; dado que estos lugares ya tienen un comportamiento natural que impide una ocupación humana sin riesgo.

Detrás de la falta de prevención o mitigación ante los embates de la naturaleza, casi siempre encontramos al hombre, como autoridad o funcionario; quien, por populismo, sordera, falta de capacidad técnica o conocimiento, habrá prometido títulos a quienes ocuparon zonas de advertido riesgo, hecho obras y dado servicios para consolidarlas, o no habrá sabido destinar el presupuesto suficiente para prevenir desastres.

PUEDES VER: Cultura y lengua materna

Sin embargo, también detrás de las advertencias está el hombre: como especialista y como repositorio de memoria, pues basta atender los informes —no solo advertencias verbales o periodísticas— del Instituto Geológico Minero y Metalúrgico, Ingemmet, para saber que habitamos una Arequipa de zonas críticas, que carece de un ordenamiento territorial que describa nuestra morfología y reordene su modo de habitarla.

Del hombre con memoria, es decir, no solo del hombre que sabe (Homo sapiens), sino del hombre que sabe que sabe (Homo sapiens sapiens) como tal debemos recordar lo tantas veces repetido de que “el agua vuelve siempre a su camino”. Incluso de nuestra experiencia personal, conocemos que es histórica la queja de la falta de prevención y la ausencia de planes que mitiguen las consecuencias de las lluvias. Es urgente corregirnos.

COLOFÓN. En los años 50, íbamos hasta Pozo Negro a recoger “paja de cortadera” para hacer cometas. Era una pequeña quebrada, lecho de un ocasional río con un pozo construido como la leyenda de su nombre. La existencia de la citada caña era evidencia indiscutible de ser un cauce. A ninguno —aún niños— se nos hubiera ocurrido que fuera lugar seguro para una vivienda; pero crecemos, ocupamos el espacio, creemos transformarlo y desviar la naturaleza a nuestro favor.